—No, no lo harías —dijo Vielle—, porque para empezar no dirías algo así. Sólo se habla de secretos y pistas en las películas. En los seis años que llevo en Urgencias, nunca he tenido un paciente cuyas últimas palabras fueran sobre un testamento o sobre quién es el asesino. Y eso incluye a las víctimas de asesinato.
—¿Cuáles son sus últimas palabras? —preguntó Richard con curiosidad.
—Obscenidades en su mayor parte, por desgracia. También “me duele el costado”, “no puedo respirar”, “denme la vuelta”. Joanna asintió.
—Eso es lo que le dijo Walt Whitman a su enfermera. Y Robert Kennedy dijo: “No me levanten.”
—Por si hablar con los pacientes sobre sus ECM no fuera bastante, en su tiempo libre Joanna investiga las últimas palabras de los famosos —explicó Vielle.
—Quería saber si hay similitudes entre lo que ellos dicen y lo que la gente informa en sus ECM.
—¿Y las hay? —preguntó Richard.
—A veces. Las últimas palabras de Thomas Edison fueron: “Qué hermoso es todo esto”, pero estaba sentado junto a una ventana. Puede que estuviera contemplando el paisaje. O tal vez no. John Wayne dijo: “¿Habéis visto ese destello de luz?” Pero Vielle tiene razón. La mayoría dicen cosas como: “Me duele la cabeza.”
—O “no me siento bien”, o “no puedo dormir”, o “tengo frío”. Joanna pensó en Amelia Tanaka pidiendo una manta.
—¿Dicen alguna vez “oh, no, oh, no, oh, no”? —preguntó. Vielle asintió.
—Bastantes, y muchos piden hielo —dijo, tomando un sorbo de Coca-Cola—. O agua. Joanna asintió.
—El general Grant pidió agua, y Marie Curie también. Y Lenin.
—Qué curioso —dijo Richard—. Uno espera que las últimas palabras de Lenin fueran “¡Trabajadores, levantaos!”, o algo por el estilo. Vielle sacudió la cabeza.
—La gente no tiene en mente las verdades eternas cuando se está muriendo. Está mucho más preocupada por lo que se trae entre manos.
—”Pon tus manos en mis hombros y no te resistas” —murmuró Joanna.
—¿Quién dijo eso? —preguntó Richard.
—W. S, Gilbert. Ya sabes, de Gilbert y Sullivan. Piratas de Penzance. Murió salvando a una niña de morir ahogada. Siempre he pensado que, si pudiera elegir, es así como me gustaría morir.
—¿Ahogada? —preguntó Vielle—. No, no quieras morir ahogada. Es una forma terrible de morir, créeme.
—Gilbert no se ahogó —dijo Joanna—. Tuvo un ataque al corazón. Quiero decir que me gustaría morir salvando la vida de otra persona.
—Yo quiero morir mientras duermo —dijo Vielle—. Aneurisma masivo. En casa. ¿Y tú, Richard?
—La verdad es que yo no quiero morirme —dijo Richard, y todos se rieron.
—Por desgracia, eso no es una opción —suspiró Vielle, rompiendo otra galletita en la espesa salsa—. Todos nos morimos tarde o temprano y no podemos elegir el modo. Tenemos que aceptar lo que nos llega. Tuvimos a un viejecillo esta tarde en Urgencias, fases finales de diabetes, ambos pies amputados, ciego, con el riñón hecho polvo, todo el cuerpo desmoronándose. Sus últimas palabras fueron, como era de esperar: “Déjenme en paz.”
—Ésas fueron también las últimas palabras de Lady Di —dijo Joanna.
—Creí que le había pedido a alguien que cuidara de sus hijos —comentó Richard.
—Me creo mejor la primera versión —dijo Vielle—. “Dile a Laura que la quiero” es para películas como Titanic. Los pacientes que tenemos en Urgencias rara vez dejan mensajes para nadie. Están demasiado ocupados concentrándose en lo que les pasa, aunque supongo que Joanna conoce a algunos famosos que enviaron últimos mensajes a sus seres queridos. ¿No, Joanna?
Joanna no prestaba atención. Mientras Vielle hablaba había vuelto a experimentar aquella sensación de que sabía lo que significaba “cincuenta y ocho”.
—¿No, Joanna?
—Oh. Sí. John Wayne y la reina Victoria y P. T. Barnum. Anne Bronté dijo: “Ten valor, Charlotte, ten valor.” Esta salsa no es una salsa. Nos va a hacer falta un cuchillo después de todo —dijo, y escapó a la cocina.
¿De qué estaban hablando que disparó esa sensación? ¿De Lady Di? ¿De la diabetes? No, debía de ser algo que repetía su conversación anterior. Joanna sacó un cuchillo del cajón y se quedó con él en la mano, tratando de reconstruir mentalmente la escena. Habían estado hablando de opciones de películas y…
—¿No puedes encontrar los cuchillos? —llamó Vielle desde el salón—. Están en el cajón superior, junto al lavaplatos.
—Lo sé. Ahora mismo voy.
¿Podría haber una película con el número cincuenta y ocho en el título? ¿O una canción? Vielle había mencionado “Dile a Laura que la quiero”…
—Joanna, ¡te estás perdiendo la película!
Aquello era ridículo. Greg Menotti no había intentado decir nada. Había repetido las palabras de la enfermera que indicaba su tensión sanguínea, y ella había creído que significaba algo por algún cincuenta y ocho en su memoria, un cincuenta y ocho que había disparado su conversación. Una frase de una película o un número de su pasado, la dirección de su abuela, el número de su taquilla en el instituto…
El instituto. Tenía algo que ver con el instituto…
—¡Joanna! —llamó Vielle.
—Si no vienes pronto —dijo Richard—, nuestras últimas palabras van a ser: “Joanna, nos morimos de ham… ¡aarghh!”
Todos untaron la salsa de queso con jamón picante en sus galletitas.
—Tal vez el mejor plan sería decidir por adelantado cuáles quieres que sean tu últimas palabras y memorizarlas, para estar preparado —dijo Joanna.
—¿Como qué? —preguntó Richard.
—No sé. Palabras sabias o algo.
—¿Como “Un penique ahorrado es un penique ganado”? —dijo Vielle—. Prefiero “me duele el costado”.
—¿Qué tal “Aquí está por fin, el hecho distinguido”? —sugirió Joanna—. Es lo que dijo Henry James antes de morir.
—No, esperad —dijo Richard—. Lo tengo. —Abrió los brazos para conseguir un efecto dramático—. “Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que sueños en tu filosofía.”
10
¡Agua! ¡Agua!
—Decididamente, le gustas —dijo Vielle cuando la llamó entre pacientes a la mañana siguiente—. ¿No te alegra que lo invitara anoche?
—Vielle, estoy ocupada…
—Es guapo, listo, divertido. Pero eso significa que va a haber un montón de competencia, así que vas a tener que ir de verdad a por él. Y lo primero que tienes que hacer es impedir que contrate a Tish.
—Es demasiado tarde —dijo Joanna—. La ha contratado esta mañana.
—¿Y tú le dejaste? —chilló Vielle—. Coquetea con todo lo que se mueve. ¿En qué estabas pensando?
En que, al contrario que Karen Goebel, la otra única solicitante para el puesto, Tish no era una espía del señor Mandrake. Y como el principal objetivo de Tish era ir detrás de Richard, probablemente no pondría en peligro sus posibilidades yéndose de la lengua con el señor Mandrake. Y era muy buena enfermera.