—Quiero saber la verdad —dijo Maisie.
—La verdad es que no lo sé —respondió Joanna—. Creo que probablemente nada. Cuando el corazón deja de latir, el cuerpo deja de enviar oxígeno al cerebro y las células cerebrales empiezan a morir, ; cuando mueren, ya no puedes pensar, y es como quedarte dormido apagar una luz.
—Como desconectar a C3PO —dijo Maisie ansiosa.
—Sí, igual que eso —dijo Joanna, pensando que si aquella conversación estaba inquietando o asustando a Maisie desde luego no se notaba.
—¿Estaría oscuro?
—No. No sería nada.
—Y ni siquiera sabes que estás muerto.
—No, ni siquiera sabes que estás muerto —dijo Joanna, y por algún motivo pensó en Lavoisier.
—¿Por qué dices que probablemente no pasa nada? ¿Por qué probablemente?
—Porque nadie lo sabe con certeza. Ninguna persona muerta ha vuelto jamás para contarnos cómo es la muerte.
—El señor Mandrake dice que lo sabe. —Maisie hizo una mueca—. Cuando vino a verme la otra vez, dijo que sabía exactamente qué pasa después de que te mueras.
—Bueno, pues no lo sabe. Maisie asintió sabiamente.
—Dice que todas las personas que conoces y han muerto están allí esperándote, y que luego todos vais al cielo. Creo que eso es lo que quiere que sea verdad. Pero querer que algo sea verdad no hace que sea verdad. Como Campanita.
—No —dijo Joanna—. Pero querer que algo sea verdad no implica tampoco necesariamente que no lo sea.
—Entonces podría haber un cielo.
—Podría —dijo Joanna—. Nadie lo sabe.
—Excepto las personas que han muerto. Y no pueden decírnoslo. “No —pensó Joanna—, no pueden decírnoslo. A pesar de los mejores esfuerzos míos y de Richard.”
—Entonces todo el mundo tiene que averiguarlo por sí mismo —dijo Maisie—, y nadie te acompaña. ¿No?
“No —pensó Joanna—. Ojalá pudiera, pequeña. Odio pensar que tengas que hacer el viaje sola. Pero todo el mundo tiene que morir solo, no” importa lo que diga el señor Mandrake.”
—No —dijo.
—A menos que sea un desastre —dijo Maisie—. Entonces un puñado de gente muere a la vez. Como en el incendio del circo de Hartford. No pudieron escapar porque las jaulas de los animales, ya sabes, los tigres y los leones, estaban en medio, y todos siguieron empujando y murieron aplastados excepto los que inca… inha… —frunció el ceño, buscando la palabra.
—Los que inhalaron el humo —dijo Joanna.
—Todo listo —dijo alegremente la madre de Maisie, que llegaba con una silla de ruedas—. En cuanto la enfermera te traiga el alta, podemos irnos. —Empezó a ayudar a Maisie a sentarse en la silla.
—Yo también tengo que irme —dijo Joanna—. Adiós, chavalina. Sé buena.
Volvió al laboratorio. Barbara estaba en el puesto de enfermeras cumplimentando papeleo. Joanna miró al fondo del pasillo para asegurarse de que Maisie y su madre siguieran dentro de la habitación.
—La madre de Maisie dice que está mejor —le preguntó a Barbara—. ¿Es verdad?
—Eso depende de cómo definas “mejor” —respondió Barbara— Su estado básico no ha cambiado, pero su corazón funciona un poquito mejor, y la inderona parece que está estabilizando su ritmo cardíaco aunque no sé cuánto tiempo podrán mantenerlo. Los efectos secundarios son bastante malos: daños en el hígado y en el riñón, pero sí, su madre está diciendo la verdad para variar. Está mejor.
—Bien —dijo Joanna, aliviada—. No habrás visto al señor Mandrake en esta planta, ¿verdad?
—No.
—Tanto mejor —dijo Joanna. Dio un golpe al mostrador con ambas manos—. Te veré luego.
—Oh, vaya, sigue usted aquí —dijo la madre de Maisie, acercándose al puesto de las enfermeras—. Sólo quería darle las gracias por pasar tanto tiempo con Maisie. Le encantan las visitas, pero muchos insisten en hablar de cosas deprimentes, de enfermedades y… la trastornan. Pero le encanta que la visite usted. No sé de qué hablan, pero siempre está muy contenta después de sus visitas.
11
Jesús… Jesús… Jesús…
Joanna no consiguió ver a la señora Woollam hasta pasadas las tres. El señor Pearsall llegó tarde, y su entrevista (que estuvo bien) fue interrumpida por una llamada de la señora Haighton, quien al parecer llamaba desde su feria de artesanía, porque no paraba de gritar a una tal Ashley y una tal Felicia, que por lo visto colgaban cosas.
—Esta semana es imposible —le dijo a Joanna—, pero la semana que viene… espere un momento, déjeme ver mi agenda… podría ser… oh, no, está demasiado alto por ese lado.
El señor Pearsall esperaba pacientemente, y Joanna sabía que lo adecuado sería decirle a la señora Haighton que llamara más tarde, pero tenía la sensación de que, si lo hacía, nunca volvería a saber de ella.
—¿A qué horas estará disponible el lunes que viene? —le preguntó Joanna, sonriendo a modo de disculpa al señor Pearsall.
—El lunes, déjeme ver… hace falta más cuerda… no, por la tarde no podrá ser, y, veamos, ¿qué hay por la mañana? Tengo una reunión de la AAUW a las diez. ¿Le vendría bien a las doce menos cuarto?
—Sí —dijo Joanna, aunque ya había citado ala señora Troudtheim a las once. Incluso teniendo en cuenta las citas con el dentista de la señora Troudtheim, podría hacerle un hueco con más facilidad que a la señora Haighton—. Las doce menos cuarto estará bien.
—Doce menos cuarto —dijo la señora Haighton—. Oh, no, estaba mirando el miércoles, no el lunes. No puedo el lunes, por lo que veo.
—¿Y el martes?
Joanna pasó los diez minutos siguientes escuchando una letanía de reuniones de la señora Haighton, intercalada con instrucciones a una tal Felicia, antes de finalmente acordar hacerle un hueco el viernes entre el consejo de la biblioteca y la clase de yoga.
—Aunque estoy casi segura de que tenía otra cosa que hacer ese día.
Joanna colgó antes de que tuviera oportunidad de recordar qué era y continuó interrogando al señor Pearsall, que nunca había sido operado y, mucho menos, había experimentado una cercanía a la muerte.
—Nunca me han extirpado el apéndice, ni las amígdalas. Ni tampoco a nadie de mi familia. Mi padre tiene setenta y cuatro años y jamás ha pasado un día enfermo.
El señor Pearsall nunca había visto al señor Mandrake ni había leído sus libros, y cuando Joanna le preguntó si creía en el espiritismo, él dijo, levemente escandalizado:
—Esto es una investigación médica, ¿no?
—Sí —respondió Joanna, y lo dejó marchar. Todavía tenía que concertar la cita, y tuvo que contarle a Richard su encuentro con el señor Mandrake.
—Cree que vas a intentar estropear su investigación —le dijo.
—Es verdad. ¿Qué le pareció que trabajaras conmigo?
—Escapé antes de que pudiera decírmelo —dijo Joanna—. Imagino que tratará de convencerme de lo contrario. Si puede pillarme —añadió—. Voy a la Unidad de cuidados cardíacos a ver un caso de ECM. Si llama el señor Mandrake, dile que he ido a ver a Maisie.
—Creí que le habían dado el alta.
—Así es —dijo Joanna, y bajó a la Unidad de cuidados cardíacos, sólo para descubrir que la señora Woollam ya había sito trasladada a una habitación normal.
Para cuando llegó a la habitación, eran las cuatro y cuarto pasadas. La señora Woollan llevaba ingresada más de siete horas. Mandrake había tenido tiempo no sólo de echarla a perder para entrevistas posteriores, sino de convertirla en otra señora Davenport. A menos que la señora Woollam no pudiera recibir visitas, en cuyo caso tampoco ella podría verla.