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—Lo siento —se disculpó Joanna después de que el señor Wojakowski se marchara por fin—. No quise arriesgarme a volver a preguntarle.

—Lástima que su testimonio de la ECM no sea tan detallado como esa historia del rescate del Yorktown —dijo Richard.

—La verdad es que nos ha contado bastante. El hecho de que recordara el ataque de los Zeros indica que sintió algún temor, aunque dijo que no.

—También recordó el mejor día de su vida —dijo Richard—. Comentó que la luz era más brillante que la última vez. ¿Dijo algo Amelia Tanaka comparando el brillo o el resplandor de sus ECM?

—No lo recuerdo. Puedo cotejar sus descripciones —dijo ella, y se levantó como para ir a su despacho.

—No lo necesito ahora mismo. Estaba sólo divagando. Los niveles de endorfinas del señor Wojakowski fueron elevados esta vez, y he pensado que podrían estar produciendo el efecto de la luz.

—”La luz se reflejaba en ellos y no pude ver una maldita cosa” —leyó Joanna sus notas—. No es eso lo que me sorprendió de su declaración. Lo que me sorprendió es que abrió la puerta.

—¿Abrió la puerta? —dijo Richard, preguntándose qué había de extraordinario en eso.

—Sí, es la primera vez que tengo noticias de que alguien que experimenta una ECM actúa con voluntad. Todos los testimonios que he oído tienen una visión pasiva, en la que el sujeto ve y experimenta cosas o recibe la acción de otras figuras, pero el señor Wojakowski no sólo abrió la puerta, sino que también se detuvo y prestó atención al sonido. —Se encaminó hacia la puerta— Comprobaré lo del brillo.

Volvió al cabo de menos de una hora para notificar que no había nada en las descripciones de Amelia comparando los resplandores.

—La he llamado y se lo he preguntado. Me ha dicho que la luz fue mucho más brillante en la primera sesión. También le he preguntado por la sensación de calor y amor que describió, y ha dicho que estuvo presente en las tres sesiones y fue más fuerte en la primera. Naturalmente, hay que tener en cuenta que han pasado más de diez días desde esa primera sesión, y cuatro desde la última, así que su memoria puede que no sea fiable.

Pero concordaba con los escaneos, que mostraban un nivel mucho más alto de endorfinas en la primera sesión que en la segunda, y el análisis de los neurotransmisores lo confirmó. Niveles más altos de endorfinas alfa y beta en el primero. No sólo eso, sino que en la primera había TRH y en la segunda no.

Él comparó los datos con los escaneos que acababan de obtener del señor Wojakowski. En ambos había NPK y endorfinas beta, y en mayores cantidades que en ninguna de las experiencias de Amelia. Cuando Joanna llegó para la sesión de la señora Troudtheim, Richard le preguntó si podía repasar las entrevistas que había hecho sobre las ECM en los dos últimos años, para ver qué decían sobre luces brillantes y sentimientos cálidos.

Ella ya lo había hecho.

—Parece que hay una correlación —dijo—. Es difícil asegurarlo con descripciones de segunda mano, sobre todo puesto que “brillante” es un término subjetivo, pero los sujetos que describen la sensación como “envolviéndome de amor y paz” o “una abrumadora sensación de seguridad” también describen una luz muy brillante, y a veces nada más que luz, como si el resplandor fuera tan deslumbrante que no les dejara ver nada.

—”No pude ver una maldita cosa” —dijo Richard, citando al señor Wojakowski—. Interesante. Tendremos que ver qué dice la señora Troudtheim al respecto.

Pero la señora Troudtheim no dijo nada. Y no fue “nuestra mejor observadora”, como dijo Joanna justo antes de que Tish le administrara la ditetamina. Fue una gran decepción.

No es que no fuera tan sensata y tan tranquila como Joanna había predicho.

Se desvistió y se subió a la mesa de reconocimiento sin decir nada, ella misma se colocó bien el antifaz cuando no cubrió del todo sus ojos, y contó lo que había experimentado con clara precisión.

El problema fue que no había ninguna experiencia que contar. No entró en estado ECM. En cambio, después de cinco minutos de sueño no-REM, la pauta del escáner cambió bruscamente a la de un cerebro consciente.

—¿Qué ha pasado? —le dijo Richard a Tish—. ¿Está bien la señora Troudtheim?

Joanna miró a la señora Troudtheim, alarmada.

—Las constantes vitales son normales —informó Tish.

—Está despierta —empezó a decir Richard, y la voz de la señora Troudtheim lo interrumpió.

—¿Están preparados para empezar?

Resultó, después de que Joanna la interrogara con sumo cuidado, que se había quedado adormilada un instante y “despertó” al sentir la mano de Tish en su muñeca, tomándole el pulso.

—Lo siento mucho —dijo—. Trataré de permanecer despierta la próxima vez.

—¿Recuerda el momento en el que se quedó dormida? —preguntó Joanna.

—No, estaba ahí tumbada, y todo estaba tan silencioso y oscuro… —dijo, haciendo claramente un esfuerzo por recordar—. No sé qué me pasó. No suelo quedarme adormilada de esa forma.

—¿Cambió la cualidad del silencio o la oscuridad en algún momento? ¿La despertó algo? ¿Un sonido?

Pero no sirvió de nada. La señora Troudtheim le había contado todo lo que recordaba.

—Con mucho gusto lo intentaré otra vez, y esta vez prometo mantenerme despierta —dijo.

Richard le explicó que no podían volver a someterla al experimento tan pronto.

—Eso no me descalifica, ¿no? —preguntó ella, preocupada.

—En absoluto —contestó Richard—. Normalmente al principio hay problemas con la dosis adecuada. Me gustaría programarle otra sesión esta semana. ¿Puede venir pasado mañana?

Eso le daría tiempo para examinar los escaneos y los datos y ver cuál era el problema. Probablemente la señora Troudtheim requería una dosis mayor para conseguir el estado ECM. Pero era una lástima. Le habría venido bien tener otro conjunto de escaneos para comparar los niveles de endorfinas.

—Se me acaba de ocurrir una cosa —dijo Joanna cuando la señora Troudtheim se hubo marchado—. La sometieron a cirugía bucal anteayer. ¿Podría haber interferido la anestesia con la ditetamina?

—No debería —dijo él, pero hizo que Joanna la llamara y le preguntara qué estaba tomando, y resultó ser novocaína de efecto a corto plazo y óxido nitroso, ninguno de los cuales debería haber permanecido en su sistema más de unas pocas horas, pero él comprobó de todas formas el análisis de sus neurotransmisores y luego recuperó el del señor Wojakowski y luego el del señor O’Reirdon.

Se pasó el resto del día analizando las endorfinas. Ambos análisis indicaban la presencia de endorfina beta. Las endorfinas beta estaban presentes en el escaneo del señor Wojakowski, pero no en el del señor O’Reirdon, Tish volvió a las cinco para recoger una bufanda que había olvidado y para preguntarle si quería ir a cenar a Conrad’s, “vamos a ir una pandilla”, dijo, pero Richard quería terminar con el resto de los análisis antes de la sesión de Amelia, así que le dijo que no.

—Tanto trabajo es malo —dijo Tish, y luego, al acercarse a las pantallas, preguntó—: ¿En cualquier caso, qué es lo que ve en esas cosas?

Buena pregunta. No había tampoco NPK en el análisis del señor O’Reirdon, y cuando comprobó el del señor Sage, no encontró ni rastros ni de endorfinas alfa. Sin embargo, indicaba la presencia de dimorfina. Y niveles altos de endorfinas beta, que debían de ser la clave.

Investigó un poco. En los experimentos de laboratorio, las endorfinas beta habían producido sensaciones de calor y euforia y sensaciones de luz y de ingravidez. Recuperó de nuevo el escaneo de la tercera sesión de Amelia, la siguiente al famoso “oh, no”, y examinó los centros receptores de endorfinas beta. Como esperaba, mostraban niveles inferiores de actividad. La mayoría de los centros registraban amarillo en vez de rojo, y dos eran de un amarillo verdoso. Además, varios centros receptores de cortisol, un neurotransmisor productor de miedo, estaban encendidos.