—Mire, esto es el mástil del radar, y esto es el puente —señaló el señor Wojakowski—. Pues bien, el tipo parece que se va a romper el cuello, tan rápido baja de la torreta, y sostiene un papel en la mano derecha.
Dobló la foto y se la guardó con cuidado en la cartera.
—Tendría que haber sabido que pasaba algo… lo único que había allá arriba era la cabina de radio… pero ni siquiera se me ocurrió. Me quedé allí, esperando a ver si se rompía el cuello, y como no lo hizo, bajé a cambiarme de ropa, y entonces los oí anunciar por los altavoces que los japos habían bombardeado Pearl Harbor, y supe que lo que debía llevar en la mano era un telegrama. —Sacudió la cabeza admirado de su propia lentitud—. Tuve esa misma sensación en el túnel, esperando que sucediera algo, sin saber qué ni cuándo.
Miró expectante a Joanna, pero ella no lo estaba escuchando. Intentaba recordar qué había dicho aquel primer día, cuando le preguntó por su edad. Le había dicho que se había enrolado el día después de Pearl Harbor, estaba segura de ello.
—Algunos de los tipos no lo creyeron, ni siquiera aunque lo anunciaron por los altavoces —dijo el señor Wojakowski—. Woody Pikeman entra y dice: “¿Quién es el gracioso?”, refiriéndose al anuncio. “El emperador Hirohito”, le digo yo.
—Señor Wojakowski —dijo Joanna—, acabo de recordar que tengo una reunión. —Se levantó y desconectó la minigrabadora—. Si no le importa…
—Claro, Doc. ¿Quiere que vuelva más tarde?
—Sí. No. No sé cuánto tiempo durará la reunión. —Recogió la grabadora y su cuaderno de notas.
—Tengo muchas más cosas que contarle.
—Lo llamaré y fijaremos otro momento para que termine su declaración —dijo ella con firmeza.
—Cuando quiera, Doc —dijo él, y salió. En cuanto se marchó, Joanna descolgó el teléfono con intención de llamar a Richard, pero luego cambió de opinión. Necesitaba comprobar las transcripciones antes de hacer una acusación.
Colgó y se quedó allí de pie, tratando de recordar qué había dicho exactamente el señor Wojakowski sobre su reclutamiento. Ella apenas había escuchado sus historias de guerra, pero estaba segura de que había dicho que se alistó el día después de Pearl. Nadie sabía dónde estaba Pearl Harbor, excepto su hermana, que había visto un noticiario en el cine la noche antes.
Bajó a su despacho. No había transcrito todavía aquella declaración. Rebuscó en la caja de zapatos hasta encontrar la cinta adecuada, la puso en la grabadora y avanzó hacia la mitad.
—Bueno, después de llegar a Rabaul… Demasiado lejos. Rebobinó.
—Murió sin darse cuenta… Más adelante.
—Las tiras cómicas… Ahí estaba.
—La vecina de dos puertas más abajo, sin aliento, va y dice: “¡Los japos acaban de bombardear Pearl Harbor!”
Joanna hizo avanzar la cinta. La hermana, el noticiario, Desesperados.
—Y al día siguiente, fui al centro de reclutamiento de la Marina y me alisté.
Se llevó la mano a la boca, pensando: “Oh, Dios mío, se lo ha inventado.” ¿Pero qué? ¿O había inventado ambas versiones? No importaba. Si esta parte de su testimonio era inventada, eso significaba que sus descripciones de las ECM eran mutiles.
A menos que le hubiera contado que se enroló después de Pearl Harbor para ocultar su verdadera edad. Ella había pensado la primera vez que lo vio que tenía que tener casi ochenta años. Podría haber inventado la historia para ocultar su edad y luego, en el apasionamiento de describir la ECM, se le había olvidado y le había dicho la verdad. Si sólo era una cuestión de mentir respecto a la edad, todo lo demás que les había contado podría ser cierto,.
¿Pero cómo podían estar seguros? Pensó en sus otras historias sobre la fuente de soda, el hundimiento del Hammann con todos a bordo en dos minutos, su alegre rescate por el Yorktown milagrosamente resucitado, las banderas ondeando, los marineros lanzando sus gorros blancos al aire. Todo había parecido absolutamente creíble. Pero también lo habían parecido sus dos versiones del siete de diciembre de 1941.
Necesitaba algún tipo de confirmación externa. Podía llamar a la biblioteca y preguntar dónde estaba el Yorktown aquel siete de diciembre, pero eso no demostraría que el señor Wojakowski hubiera estado allí. Supuso que podría llamar al Departamento de Veteranos o a la Marina y descubrir si un tal Edward Wojakowski había servido en el Yorktown, pero eso requeriría tiempo, y probablemente un montón de papeleo burocrático. Tenía que averiguarlo ahora, antes de que Richard volviera a someterlo a la prueba.
Hojeó las transcripciones, buscando algo que pudiera ser verificable de manera independiente. El artillero… ¿cómo se llamaba? Allí estaba, Jo-Jo Powers. Se había estrellado colocando su bomba en la cubierta. No, eso podría haber aparecido en un libro, o una película. Había una película llamada Midway, ¿no? Recordó haberla visto en la sección de acción del Blockbuster. Entonces, nada de Midway. ¿Y cuando estrelló su avión en el mar de Coral? La historia estaba llena de datos que podían ser verificados independientemente… fechas y acontecimientos y nombres de lugares.
Repasó las transcripciones, buscando el testimonio del rescate. Allí estaba. Había estrellado su avión en el mar de Coral, nadado hasta Malakula, unos nativos amigos lo habían llevado a escondidas a otra isla, se dirigió en una canoa hecha con un tronco hueco a Port Moresby. El Yorktown, mientras tanto, había regresado a duras penas a Pearl Harbor para ser reparado, lo hicieron en tres días, y navegó de vuelta a Midway.
Necesitaba un mapa. ¿Quién podría tener uno en el hospital? “Maisie”, se dijo, recordando el mapa de la cubierta de uno de sus libros de desastres, y anotó los detalles.
Mar de Coral, Malakula, Vanikalo. Anotó también las fechas, por si el hundimiento del Yorktown estaba considerado un desastre, y bajó corriendo a la cuarta planta.
Maisie estaba apoyada contra las almohadas, mirando un vídeo.
—Pollyanna —le dijo a Joanna, disgustada—. Lo único que hace es decirle a la gente que esté alegre. Es vomitivo. —Apuntó con el mando a distancia a Hayley Mills, que llevaba un vestido blanco y un gran cinturón azul, y apagó el vídeo.
—Más tarde se cae de un árbol —dijo Joanna.
—¿De verdad? —preguntó Maisie, enderezándose—. ¿Quieres oír una cosa guay del incendio del circo de Hartford? Los Wallenda Voladores, una familia de acróbatas, estaban en la cuerda floja, y oyeron a la banda tocar la canción del pato, y…
—Ahora no. Maisie, necesito un mapa de las islas del océano Pacífico. ¿Tienes uno en tus libros de desastres?
—Aja —dijo la niña, levantándose de la cama.
—Quédate ahí. Yo lo traeré. ¿Sabes en qué libro está?
—Creo que en Los peores desastres de todos los tiempos. En la parte que habla del Krakatoa. Es el libro que tiene en la portada el Andrea Doria.
Joanna lo sacó de la mochila y lo acercó a la cama, y Maisie empezó a buscar.
—El Krakatoa fue el mayor volcán que ha existido jamás. Hizo que hubiera puestas de sol rojas por todo el mundo. Rojo sangre. Aquí está.
Joanna se inclinó sobre su hombro. Había un mapa, sí, pero no era más que un recuadrito celeste con los contornos de la India y Australia en negro y una estrella roja que indicaba “Krakatoa”.
—Tenías un libro con un mapa en la portada.
—Sí, Desastres del mundo —dijo Maisie—. Pero tampoco es muy bueno. —Se quitó las mantas de encima—. Creo que hay uno en Terremotos y volcanes.