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El se pasó la mano por el pelo.

—Creo que… debería someterme al experimento.

—¿Qué? —dijo Joanna—. No puedes.

—¿Por qué no? Uno: nos dará un conjunto de escaneos más y una descripción más con la que contar. Como poco seré tan buen observador como el señor Sage —dijo él, contando los motivos con los dedos—. Dos: no soy ni un espía ni un lunático. Y tres: podría someterme ahora, hoy, en vez de esperar la autorización.

—¿Por qué no tendrías que tener autorización?

—Porque es mi proyecto, así que sería considerado autoexperimentación. Como Louis Pasteur. O el doctor Werner Forssman…

—O el doctor Jekyll —dijo Joanna—. Eso sí que pondría en peligro la credibilidad del proyecto. El doctor Foxx experimentó consigo mismo, ¿no?

—No voy a anunciar de pronto que he descubierto el alma —dijo Richard—, y hay una tradición larga y legítima de autoexperimentación: Walter Reed, Jean Borel, el investigador de trasplantes, J. S. Haldane. Todos ellos experimentaron consigo mismos exactamente por el mismo motivo, porque no pudieron encontrar sujetos dispuestos y cualificados.

—¿Pero quién supervisaría la consola? Tendrías que entrenar a alguien para que controlara la dosis y los escaneos. Tish no puede hacerlo.

—Tú podrías…

—Ni hablar. ¿Y si algo sale mal? Es una idea terrible.

—Es mejor que quedarnos sentados durante las próximas seis semanas intentando sacarle dos palabras al señor Sage y esperando a que nos corten el presupuesto. ¿O tienes una idea mejor?

—No —dijo ella con tristeza—. Sí. Podrías experimentar conmigo.

—¿Contigo? —dijo él, asombrado.

—Sí. Si uno de nosotros va a someterse al experimento, yo soy la elección lógica. Uno: no voy a necesitar autorización tampoco, porque soy parte del experimento. Dos: no voy a ver una luz brillante y a asumir que es Jesús. Tres: el señor Mandrake no puede convertirme —dijo ella, contando los motivos con los dedos igual que había hecho él.

Cuatro: no soy indispensable durante las sesiones como lo eres tú. Lo único que hago es acercar mi grabadora. Puedo conectarla fácilmente antes de someterme a la prueba. O podría hacerlo Tish. O tú mismo.

—Pero ¿y después? La entrevista…

—Cinco —ella mostró el pulgar—, no necesito que me entreviste nadie. Ya sé lo que quiero saber. Y estoy segura de que puedo hacerlo mejor que “estaba oscuro” o “me sentí en paz”. Podría describir lo que viera, las sensaciones que experimentara.

—Podrías ser más específica —dijo él, pensativo. Era una idea tentadora. En vez de sonsacar respuestas a observadores no formados, Joanna sabría qué había que buscar, cómo describirlo. Podría decirle si lo que veía eran visiones superpuestas o una alucinación y lo que querían decir los sujetos cuando insistían en que no era un sueño.

Más que eso, reconocería las sensaciones por lo que eran. Sabría que ciertos efectos eran debidos a la estimulación del lóbulo temporal o a las endorfinas, y podría suministrar una valiosa información sobre el proceso que causaba las sensaciones. Sabría…

Y ése era el problema.

—No funcionará —dijo él—. Tú misma dijiste que un sujeto no debería tener ideas preconcebidas sobre lo que va a experimentar. Has entrevistado a más de cien personas. Has leído todos los libros. ¿Cómo sabes que tu experiencia no estará totalmente deformada por ellos?

—Es una posibilidad. Por otro lado, tendría la ventaja de estar en guardia. Si me encontrara en un lugar cerrado y oscuro no supondría automáticamente que es un túnel, y si viera una figura irradiando luz, decididamente no daría por supuesto que es un ángel. La miraría, la miraría con atención, y luego te diría lo que he visto, sin tener que esperar a que me preguntaras.

Richard alzó las manos, rindiéndose.

—Me has convencido. Si uno de nosotros fuera a someterse a la prueba, tú eres la mejor, pero ninguno de nosotros va a hacerlo. Todavía nos quedan cuatro voluntarios, y lo que deberíamos estar haciendo es concentrándonos en cómo hacer que sean más efectivos.

—O presentes.

—Exacto. Quiero que llames a la señora Haighton y la traigas para una sesión.

—Ni siquiera la he entrevistado todavía —dijo Joanna, vacilante.

—Hazlo por teléfono si es necesario. Dile cuánto la necesitamos. Mientras tanto, yo trabajaré con la señora Troudtheim.

—¿Qué hay del señor Sage?

—Conseguiremos una palanca —dijo él, y le sonrió.

Joanna salió para llamar a la señora Haighton, y él volvió a comparar los datos de la señora Troudtheim con los escaneos de otros sujetos justo antes del estado ECM, buscando diferencias, pero eran idénticos. Joanna había dicho que algunos pacientes no tenían ECM. Se preguntó cuáles.

Bajó a su despacho a preguntárselo. Ella salía, con el abrigo puesto.

—¿Adónde vas?

—Al Club de Campo de Wilshire —dijo con aire afectado y aristocrático—. No pude conseguir que la señora Haighton se pusiera al teléfono, pero su criada me dijo que iba al Rastrillo de Primavera de la Hermandad Juvenil, sea lo que demonios sea, así que voy a ver si la pillo allí.

—¿Rastrillo de Primavera? ¡Pero si estamos en pleno invierno!

—Lo sé —dijo Joanna, poniéndose los guantes—. Llamó Vielle. Dice que está nevando. Volveré a tiempo para la sesión de la señora Troudtheim.

Se encaminó hacia el ascensor.

—Espera un momento —dijo Richard—. Tengo que hacerte una pregunta sobre los pacientes que tienen ECM y los que no. ¿Hay una pauta?

—Ninguna digna de confianza —contestó ella, pulsando el botón—. Las ECM suelen darse en ciertos tipos de muerte: ataques al corazón, ahogamientos, accidentes de coche, complicaciones en el parto… pero es posible que sea porque los pacientes con ese tipo de traumas pueden ser revividos mejor que los pacientes con, digamos, una embolia o heridas traumáticas internas.

El ascensor se abrió.

—¿Y los pacientes que no tienen ECM tienden a fallecer por otras causas?

Ella asintió.

—Pero naturalmente no sabemos si no han tenido una ECM, o si la han tenido pero simplemente no la recuerdan —dijo ella, y entró en el ascensor—. No olvides que antes de las técnicas para grabar el sueño REM se creía que algunas personas no soñaban.

La puerta se cerró. “Ataques al corazón, ahogamientos, accidentes de coche”, pensó Richard, mirando la puerta sin verla. Todos hechos traumáticos, con un alto nivel de epinefrina. Y cortisol.

Volvió al laboratorio y recuperó el análisis de la señora Troudtheim y comprobó el nivel de cortisol. Era alto, pero no más que el de Amelia Tanaka durante su cuarta sesión, en la que había estado inconsciente durante casi cinco minutos. La epinefrina era ligeramente inferior, pero no más baja que la del señor Sage, y éste no había tenido problemas para conseguir el estado ECM, aunque fuera enloquecedoramente vago a la hora de describirlo.

Tal vez el problema estuviera en la escasez de centros receptores. Repasó los escaneos de la señora Troudtheim y empezó a examinarlos, concentrándose en el hipocampo. Actividad amarilla en los bordes del hipocampo, donde había mayor número de centros receptores de cortisol. Avanzó las imágenes y luego fue hacia atrás, comprobando las zonas de actividad. El hipocampo anterior pasaba de amarillo a naranja y luego a rojo. Retrocedió otro paso, contemplando los bordes y luego examinó los centros receptores de epinefrina en el…

Contempló la pantalla, pulsó “alto”, retrocedió tres imágenes y luego avanzó hasta la anterior. Contempló de nuevo la pantalla, la dividió y recuperó la imagen estándar y la del escáner de Amelia Tanaka.

No había posibilidad de error.

—Bueno, al menos sé que no es falta de epinefrina —murmuró, porque lo que estaba contemplando era inequívocamente el cerebro en estado ECM.