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El suelo (si era un suelo) parecía duro y liso, como de losa o madera, pero su pie no produjo ningún sonido.

“Tal vez voy descalza —pensó. Paul McCartney iba descalzo en la cubierta de aquel álbum de Los Beatles, y por eso se sabía que había muerto. Pero Joanna no pudo sentir el suelo contra su piel, como habría notado de haber estado descalza—. Tal vez no tengo pies. O tal vez no puedo oír.” Sus pacientes hablaban de que el Ángel de Luz les hablaba, “pero con pensamientos, no con palabras”. Tal vez la ECM era sólo visual.

Pero recordó haber oído un sonido al llegar. Volvió la cabeza tratando de recordarlo. Había sido un sonido fuerte. Lo había oído claramente después de llegar. ¿O al atravesar? No, estaba en el laboratorio, y luego, bruscamente, allí.

Mientras pensaba en ello, tuvo la súbita sensación de que sabía dónde era “allí”, que era algún lugar familiar. No, ésa era la palabra equivocada. Algún lugar que reconocía, aunque el pasillo estuviera completamente oscuro.

“Es un lugar, un lugar real. Sé dónde está.” Y la luz apareció en el pasillo delante de ella. Se volvió a mirarla. Llenaba el corredor, cegadoramente brillante. Ahora vería dónde estaba, pero la luz era demasiado resplandeciente. Era como tratar de mirar directamente a unos faros. No se veía nada.

Faros. “¿Y si la luz al final del túnel resulta ser un tren que viene de frente?”, había dicho Vielle. Joanna miró instintivamente a sus pies, buscando raíles, pero la luz procedía de todas direcciones, y el resplandor era tan intenso desde abajo como desde delante, tan brillante que tuvo que cerrar los ojos para evitar el dolor que provocaba aquel brillo.

No era extraño que sus sujetos entornaran los ojos. Era como si alguien encendiera una luz en mitad de la noche, o te apuntara con una linterna a la cara. Pero tampoco eso, porque la luz era dorada.

Sus pacientes decían también eso (“era dorada”) y cuando ella preguntaba “¿no era blanca?”, contestaban, irritados: “No, era blanca y dorada.” Ahora sabía lo que querían decir. La luz era blanca, pero no el blanco verdoso de una luz fluorescente ni el blanco azulado de una luz de arco. Tenía un tono dorado, como una vela, sólo que mucho, mucho más brillante.

Alzó una mano para protegerse los ojos. La luz, aunque estaba por todas partes, procedía del fondo del pasillo. “Donde alguien abría una puerta —se dijo—. La luz viene de fuera, de más allá de la puerta.”

Empezó a caminar hacia el final del pasillo, entornando los ojos y, mientras caminaba, la luz pareció disminuir un poco. No, no era eso, el brillo era igual, pero ahora casi podía distinguir una figura recortada en la luz. Una figura de blanco.

“El Ángel de Luz del señor Mandrake”, pensó, caminando hacia ella; pero la figura no adquirió nitidez. No estaba segura de que fuera realmente una figura, ni de que fuera solamente un efecto de la luz.

Entornó los ojos, tratando de ver, y regresó al laboratorio.

—Lo hice —dijo, pero no se oyó ningún sonido, y pensó: “Debo de estar en el estado no-REM”, y se quedó dormida.

Despertó al oír que Richard la llamaba desde muy lejos. Eso era lo que quiso decir Greg Menotti con “demasiado lejos”, comprendió. “Todavía debo de estar cerca de donde fue la ECM.”

—¿Joanna? —dijo Richard, mucho más cerca, y ella abrió los ojos. Richard estaba inclinado sobre ella y Joanna pensó que Vielle tenía razón, que sí que era guapo, y se volvió a quedar dormida.

—Está despierta —dijo Tish—. ¿Dejo de grabar? Estaba sujetando la grabadora, y Joanna pensó: “Oh, Dios, espero no haber dicho en voz alta que es guapo.”

—¿He dicho algo?—preguntó. Richard se inclinó sobre ella, sonriendo.

—No creerás lo que has dicho. “Oh, no”, pensó Joanna.

—¿Qué?

 —dijo: “Estaba oscuro” —intervino Tish.

—Como todos los demás —dijo Richard.

—Estaba oscuro —dijo Joanna, tratando de sentarse—. Negro como boca de lobo, como en una cueva, sólo que no era una cueva, ni un túnel. Era un pasillo.

—No te sientes —dijo Richard—, y no intentes hablar hasta que pase el efecto del sedante. Joanna se tumbó.

—No, quiero describirlo antes de que se me olvide. ¿Está funcionando la grabadora? —le preguntó a Tish.

—Está en marcha —dijo Tish, entregándosela a Richard. Él se la acercó a la boca.

—Estaba en el laboratorio, y entonces aparecí en un pasillo.

—¿Nada intermedio? —preguntó Richard—. ¿Ninguna sensación de abandonar el cuerpo o de flotar sobre él?

—No hay que darle pistas al sujeto —le reprochó Joanna—. No, ninguna experiencia extracorporal. Me encontré de pronto en el pasillo.

—Sigues utilizando ese término, pasillo. ¿Qué quieres decir? ¿Un pasillo subterráneo?

—Estás dando pistas otra vez —dijo Joanna—. No, no era un pasillo subterráneo. Y no era uno de los pasillos que el soldado griego Ek siguió hasta los reinos de la otra vida. Era una especie de pasillo o corredor, y había una puerta al fondo.

Joanna describió el pasillo y la luz y la figura entrevista. Tish le tomó el pulso y lo anotó en una gráfica.

—Parecía una experiencia real en un sitio real —dijo Joanna—. No era un sueño o una visión superpuesta. No había ninguna sensación de que lo que estaba viendo estuviera superpuesto al lugar donde estaba en realidad, como san Pablo en el camino de Damasco o Bernadette en la cueva de Lourdes, que aunque vieron una luz cegadora o a la Virgen María, seguían conscientes de dónde estaban. No tenía conciencia ninguna de estar en el laboratorio, o tendida en la mesa. —Tish empezó a tomarle la tensión—. Sentía como si estuviera realmente allí, en un lugar real.

—¿Sabes qué tipo de lugar era? —preguntó Richard.

—No, pero tenía la sensación de que sabía dónde estaba.

—¿Lo reconociste?

—Sí. No. Tuve la sensación de que lo reconocía, pero no puedo…

—Sacudió la cabeza, frustrada. No era extraño que sus sujetos terminaran encogiéndose mansamente de hombros.

Tish volvió a tomarle el pulso y empezó a quitarle los electrodos de la cabeza.

—Reconocí el lugar, pero…

—¿Pero al mismo tiempo sabías que nunca habías estado allí?

 —dijo Richard—. ¿Tuviste una sensación de deja vu, de experimentar algo nuevo y sentir que lo habías experimentado antes?

—No —dijo ella, tratando de recordar la huidiza sensación. Le había parecido familiar, no, familiar no, pero sí tuvo la sensación de que la reconocía—. Tal vez. Puede que haya sido un deja vu —dijo, vacilante.

—Hay un fuerte indicador de la intervención del lóbulo temporal —dijo él, y no pudo evitar que la emoción asomara a su voz—. La sensación de deja, vu ha sido localizada claramente en el lóbulo temporal. Tish terminó de quitarle la intravenosa y retiró el equipo.

—¿Me necesitan para algo? —preguntó.

—Creo que no —dijo Richard, ausente—. Implicación del lóbulo temporal… ¿Tuviste una experiencia extracorporal?

—Estás dando pistas —dijo Joanna—. No. Estaba en el laboratorio y de pronto aparecí en el pasillo, con nada intermedio.

—¿Sentiste…? —Se interrumpió y empezó otra vez—. ¿Qué sensaciones experimentaste?

—La luz no me hizo sentirme cálida y segura, ni amada. Me sentí… tranquila. Supongo que se podría describir como en paz, pero era más bien… tranquilidad. No estaba asustada.

—Interesante. ¿Te sentiste despegada? ¿Sentiste que estabas separada de lo que estaba pasando, que lo que estaba pasando era irreal, como un sueño?

—No fue un sueño —dijo Joanna firmemente.

—Si no me necesitan para nada, me marcho —dijo Tish, y los dos la miraron, sorprendidos de que todavía estuviera allí—. ¿Me necesitarán mañana?