—Es una revisión —dijo—. De la vida. Y entonces el ángel me ordenó regresar, y lo hice.
—¿Puede describir su regreso?
—Regresé.
Ella empezó a apreciar al señor Sage.
—Durante su ECM, ¿recuerda haber oído algo?
—No. El señor Mandrake dijo que se suponía que debería haber habido un sonido cuando entré en el túnel, pero no lo oí tampoco —dijo, quejándose exactamente igual que alguien que protesta porque el postre tiene que venir con la comida, tal como decía el menú.
Las otras entrevistas fueron mejores, aunque ninguna de ellas aportó muchos detalles sobre el modo de su regreso o el sonido.
La señora Isakson no pudo describir el sonido.
—¿Está segura de que era un sonido? —preguntó Joanna.
—¿Qué quiere decir?
—¿Podría haber sido el silencio después de un sonido lo que oyó en vez del sonido mismo? —preguntó Joanna, sabiendo que era una pregunta con pistas, pero incapaz de pensar en otra forma de preguntar lo que necesitaba saber, y su sugerencia no tuvo ningún efecto sobre la señora Isakson.
—No, era decididamente un sonido. Lo oí al entrar en el túnel. Era un golpeteo. O un gemido. En realidad no lo recuerdo porque me alegré tantísimo de ver a mi madre… —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Parecía tan bien y tan feliz, no como la última vez que la vi. Se quedó tan delgada al final, y tan amarilla.
Un comentario clásico. Siempre se describía a los parientes muertos como más sanos que cuando estaban en su lecho de muerte, con el peso o los miembros o las facultades que habían perdido en vida restaurados.
—Estaba de pie en la luz, tendiéndome los brazos —dijo la señora Isakson.
—¿Puede describir la luz?
—Era preciosa —dijo ella, levantando la cabeza y abriendo las manos—. Tan brillante.
—¿Puede describir el túnel?
—Estaba muy oscuro —dijo, vacilante—. Me recordó un pasillo. Más o menos.
—¿Le pareció familiar?
—No —respondió rápidamente. Bueno, eso era todo, se dijo Joanna. Comprobó sus notas, tratando de ver si se le había olvidado preguntar algo.
—Tuve la sensación —comentó pensativa la señora Isakson— de que dondequiera que estuviese, estaba muy muy lejos.
“Tiene razón”, pensó Joanna, recordando el pasillo. Estaba muy muy lejos. A eso se refería Greg Menotti cuando dijo que estaba demasiado lejos para que su novia llegara.
“Le mentí a Richard —pensó Joanna—. Le dije que sólo había tenido tres incidentes, pero fueron cuatro.” Se había olvidado de Greg murmurando “cincuenta y ocho”. Cuando lo dijo, ella tuvo la misma sensación de que casi sabía de qué estaba hablando. “Y eso no pudo haber sido sobreestimulación del lóbulo temporal —pensó—. Ni siquiera me había sometido al tratamiento. Ni siquiera había conocido a Richard.”
—Gracias por su colaboración —le dijo a la señora Isakson, apagando la minigrabadora. Se guardó en el bolsillo la libreta y el permiso de la señora Isakson, se despidió y salió de la habitación. Y se topó con el señor Mandrake.
—Doctora Lander —dijo; parecía sorprendido de verla y molesto porque le había ganado a la hora de llegar a una paciente—. ¿Estaba viendo a la señora Isakson?
—Sí, acabamos de terminar —respondió ella, y se encaminó rápidamente pasillo abajo.
—Espere —dijo él, cortándole la huida—. Hay varias cosas que quiero discutir con usted.
“Por favor, que no haya descubierto que me he sometido al tratamiento”, rezó Joanna, mirando ansiosamente los ascensores del fondo del pasillo, pero él la había arrinconado entre un carrito de suministros y la puerta abierta de la habitación de la señora Isakson.
—Siento curiosidad por saber cómo progresa su investigación y la del doctor Wright.
“Apuesto a que sí —pensó ella—, sobre todo ahora que ha perdido a todos sus espías.”
—He de confesar que me sentí decepcionado cuando me dijo que estaba trabajando con el doctor Wright. Si hubiera sabido que estaba interesada en colaborar, le habría pedido que me ayudara, pero siempre me ha dado la impresión de que prefería trabajar sola.
El ascensor trinó levemente y Joanna lo miró, rezando para que saliera alguien conocido. Cualquiera. Incluso el señor Wojakowski.
—¡Y haber elegido un proyecto tan dudoso! ¡Intentar reproducir una experiencia metafísica por medios físicos!
El ascensor se abrió y salió un hombre regordete con un gran crisantemo en una maceta.
—Todo lo que cualquiera de esos supuestos experimentos ha podido producir son unas cuantas luces o una sensación de flotar. En ninguno ha visto nadie ángeles o el espíritu de los difuntos. ¿Ha visto a la señora Davenport?
“¿Es que ha muerto?—pensó Joanna, sobresaltada, y luego divertida—. Lo que me hacía falta, ver a la señora Davenport de pie al final del túnel.”
El señor Mandrake estaba esperando que respondiera.
—¿Sigue la señora Davenport en el hospital? —preguntó Joanna—. Creía que se había marchado a casa. El sacudió la cabeza.
—Ha desarrollado varios síntomas cuyas causas los doctores no han podido localizar y ha tenido que quedarse para someterse a pruebas adicionales —dijo—. Como resultado, he podido entrevistarla varias veces, y cada vez ha recordado detalles adicionales sobre su experiencia.
“Apuesto a que sí”, pensó Joanna, apoyando la cabeza contra la pared.
—Sé que considera usted que las entrevistas deberían ser realizadas lo más cerca posible del acontecimiento —dijo él—, pero he descubierto que la memoria de los pacientes mejora con el tiempo. Ayer mismo la señora Davenport recordó que el Ángel de Luz levantó la mano y dijo “Contempla”, y vio que la Muerte no era la Muerte, sino sólo un tránsito.
—¿Un tránsito? —exclamó Joanna, y lo lamentó al momento, pero el señor Mandrake no pareció darse cuenta.
—Un tránsito al Otro Lado —respondió él—, que le fue revelado a la señora Davenport en toda su gloria. Y mientras contemplaba las bellezas de la próxima vida, los secretos del pasado y el futuro le fueron revelados, y comprendió los secretos del cosmos.
—¿Dijo cuáles eran esos secretos?
—dijo que las simples palabras eran incapaces de expresarlos —replicó el señor Mandrake, con aspecto irritado—. ¿Puede producir el doctor Wright una revelación como ésa en su laboratorio? Por supuesto que no. Una revelación semejante sólo puede venir de Dios.
“O del lóbulo temporal —pensó Joanna—. Tiene razón. Son todos síntomas del lóbulo temporal.”
—”Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que sueños en tu filosofía” —entonó el señor Mandrake, y Joanna decidió que era una frase tan buena para hacer mutis como otra cualquiera.
—Tengo que ver a otro paciente, en la seis-oeste —dijo. Lo esquivó y se encaminó al ascensor. Cuando éste llegó, pulsó el ocho, y, en cuanto subió un piso, el cinco. “Eso debería mantener al señor Mandrake ocupado durante un rato”, pensó, mientras se bajaba en la quinta planta. Y, esperaba, también dejaría en paz a la pobre señora Isakson. Se dirigió hacia las escaleras.
—Hola, Doc —la llamó una voz.
“Es culpa mía —pensó—, cuidado con lo que pides.”
—¿Qué está haciendo usted aquí, señor Wojakowski? —dijo ella, intentando sonreír.
—Un amiguete mío se cayó y se rompió la cadera —respondió él alegremente—. Iba a su clase de cerámica y un momento después estaba tumbado de espaldas. Eso me recuerda aquella vez en el mar de Coral, cuando nos golpeó una carga de profundidad. Bud Roop y yo estábamos en el hangar de cubierta reparando la magneto de un Wildcat cuando golpeó, y una de las hélices salió volando y se llevó por delante la mitad de la cabeza del bueno de Bud. ¡Bam! —Hizo un movimiento cortante con la mano—. Así de fácil. En un momento estaba vivo mascando chicle y hablándome (siempre mascaba chicle Blackjack, no lo he visto desde hace años) y al siguiente había perdido media cabeza. Ni siquiera supo qué le había golpeado. —Sacudió la cabeza—. No es mala forma de irse, supongo. Mejor que a mi amigo de ahí —señaló con el pulgar en dirección al pasillo—. Cáncer, fallo cardíaco generalizado y ahora esto de la cadera. Prefiero con diferencia una bomba japo, pero uno no puede elegir, ¿no?