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—No.

—Bueno, por cierto, me alegro de habérmela encontrado —dijo el señor Wojakowski, sonriendo—. Llevo intentando localizarla para preguntarle por el horario.

—Lo sé, señor Wojakowski. El caso es que…

—Porque tengo un problema. Le dije a un amigo mío de Aspen Gardens que me apuntaría con él a un cursillo de audición. Fue antes de apuntarme al suyo, y se me había olvidado, y ahora estoy apuntado a dos cosas a la vez. El suyo es muchísimo más interesante y no estoy tan mal del oído, excepto por un pequeño zumbido en uno. Lo tengo desde el mar de Coral, cuando aquella bomba alcanzó el ascensor número Dos y…

—Pero si ya había firmado antes —dijo Joanna, decidiendo que no podía esperar a tener otra oportunidad—, el estudio sobre audición tiene preferencia.

—No quiero dejarla tirada.

—No lo está haciendo.

—Es terrible dejar tirado a un amigo. ¿Le he contado lo de aquella vez que Ratsy Fogle le dijo a Art Blazaukas que le haría la guardia para que Art pudiera ver a aquella chica nativa de Maui?

—Sí —le dijo Joanna, pero no sirvió de nada. Tuvo que escuchar la historia entera, y la de Jo-Jo Powers antes de que finalmente la dejara marchar.

Se encaminó directamente a su despacho y se quedó allí, buscando ejemplos de revelaciones inefables y sabiduría absoluta hasta que llegó la hora de su sesión, y entonces se llevó la lista al laboratorio.

Richard estaba ante la consola, examinando los escaneos.

—¿Dónde has estado? —preguntó, sin apartar los ojos de la pantalla.

—Discutiendo de filosofía con el señor Mandrake —dijo ella. Le tendió las transcripciones y entró a ponerse la bata. Al verse en el espejo recordó que no le había hablado a Richard del incidente con Greg Menotti, y en cuanto salió, le dijo—: Richard, me preguntaste si había tenido algún otro incidente, aparte de…

—Hola a todos —dijo Tish al entrar, agitando un papel—. Noticias de la alturas.

Le tendió el papel a Richard.

—¿Qué es esto? —preguntó él.

—Estaba en su puerta.

—”Atención, a todo el personal hospitalario” —leyó Richard en voz alta—. “Ante la reciente serie de hechos relacionados con las drogas en Urgencias…” —Levantó la cabeza—. ¿Qué hechos?

—Dos tiroteos y un apuñalamiento —dijo Joanna.

—Y un ataque con una percha para intravenosas —añadió Tish mientras conectaba los cables de los electrodos al monitor.

—”… de hechos relacionados con las drogas en Urgencias” —continuó Richard—. “Se aconseja a todo el personal que tome las siguientes precauciones. Uno: presten atención a cuanto les rodea.”

—Oh, eso ayudará mucho cuando un pistolero drogado saque una semiautomática —dijo Tish.

—”Dos: no hagan ningún movimiento brusco. Tres: estén atentos a todas las salidas disponibles.”

—Cuatro: no trabajen en Urgencias —dijo Joanna.

—Y que lo diga —comentó Tish, sacando el equipo de intravenosas—. El consejo ha decidido contratar a un guardia de seguridad más. Creo que tendrían que haber contratado a unos diez. Estoy preparada ya, Joanna.

Joanna se tumbó en la mesa. Tish empezó a colocar los parches en la espalda y las piernas.

—”Cuatro” —dijo Richard, leyendo todavía—: “no intenten luchar o desarmar al paciente. Cinco”. —Hizo una pelota con el papel y lo tiró a la basura.

—Jenni Lyons me ha dicho que ha solicitado el traslado al Aurora Memorial —dijo Tish, anudando el tubo de goma en el brazo de Joanna—. Dice que allí al menos tienen detector de metales.

Sondeó el brazo de Joanna con el dedo, tratando de encontrar una vena.

“Tengo que sacar de allí a Vielle”, pensó Joanna mientras Tish conectaba los electrodos y le ponía los auriculares.

“Tengo que convencerla para que pida el traslado antes de que ocurra algo”, pensó, y apareció en el túnel, pero mucho más lejos de la puerta que antes, y esta vez la puerta estaba abierta. La luz dorada inundaba el pasillo hasta la mitad.

No vio sombras ni movimientos, como en otras ocasiones, ni oyó ninguna voz. Permaneció quieta, intentando percibir algún murmullo, y entonces pensó: “Lo has vuelto a hacer. Te has olvidado de prestar atención al sonido.”

Pero no era un sonido, o más bien, un cese de sonido. Era una sensación de haber oído un sonido producida por el lóbulo temporal. No había ningún sonido real.

Pero de pie en el pasillo, estaba segura de que lo había habido. Un sonido como… ¿qué? Un rugido. O algo cayendo. Sintió un fuerte impulso de darse la vuelta y mirar hacia lo oscuro del pasillo como si eso fuera a ayudarla a identificarlo.

“No —pensó, permaneciendo cuidadosamente quieta, sin volver siquiera la cabeza—, te enviará de vuelta al laboratorio. No hagas eso. No hasta que veas qué hay más allá de la puerta.” Y empezó a caminar hacia ella.

La luz pareció hacerse más brillante mientras se acercaba, iluminando las paredes y el suelo de madera, que todavía daba una impresión de longitud casi infinita. Las paredes eran blancas, igual que las puertas, y mientras se acercaba al fondo del pasillo, vio que estaban numeradas.

“¿Y si una de ellas es la cincuenta y ocho?”, pensó, apretando los puños, y continuó. “C8”, se leía en las puertas, las letras y los números dorados, “CIO, C12”. La luz continuaba haciéndose más brillante.

Esperaba que la luz se hiciera insoportablemente brillante mientras se acercaba, pero no fue así, y cuando se aproximó más a la puerta distinguió formas en ella. Figuras con túnicas blancas, irradiando luz dorada.

Ángeles.

18

Temo enormemente el viaje.

MARY TODD LINCOLN, en una carta escrita poco antes de su muerte.

El primer pensamiento de Joanna fue: “¡Angeles! El señor Mandrake se pondrá furioso.”

Su segundo pensamiento fue: “No, ángeles no. Personas.” Tenían la luz detrás, alrededor, recortándolas en dorado de manera que parecía irradiar de ellas, de su ropa blanca. Y no eran túnicas. Eran vestidos blancos con faldas que se arrastraban por el suelo. Vestidos anticuados.

“Los parientes muertos”, pensó Joanna, pero no estaban congregados en torno a la puerta, esperándola para darle la bienvenida al Otro Lado. Se movían, o permanecían en pequeños grupos de dos o tres, murmurando en voz baja entre sí. Joanna se acercó a la puerta, tratando de distinguir lo que decían.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó una joven con un largo vestido de cuello alto. El pelo le caía por la espalda casi hasta la cintura.

“Una pariente muerta hace mucho tiempo”, pensó Joanna, intentando ver al hombre con el que hablaba. Él habló, en voz demasiado baja para que Joanna la oyera. Entornó los ojos para tamizar la luz que lo rodeaba, como si eso fuera a hacer su voz más clara, y vio que llevaba una chaqueta blanca y tenía un rostro agradable. Un rostro desconocido. Igual que el de la mujer. Joanna nunca había visto a ninguno de los dos.

La joven dijo algo más y el hombre hizo una especie de reverencia y se acercó a otras dos personas, un hombre y una mujer, que esperaban juntos. Esta mujer también iba vestida de blanco, pero llevaba el pelo recogido en un moño en lo alto de la cabeza. Sus manos eran también blancas, y cuando las colocó sobre el brazo del caballero, destellaron, chispeando. El hombre lucía una barba blanca recortada que parecía sacada de un viejo álbum familiar, igual que el pelo de la mujer, pero sus rostros eran desconocidos. Si eran parientes muertos, se dijo Joanna, debían de ser parientes de otra.