La mujer con el pelo suelto le habló al hombre de la barba. Joanna avanzó otro paso, casi hasta la puerta, tratando de oír.
—Estoy seguro de que no es nada —dijo el hombre de la barba.
Joanna dirigió una ansiosa mirada hacia el pasillo. Eso era lo que había dicho la última vez el hombre. Y la mujer había dicho: “Hace mucho frío.” Y la ECM se terminó. Si iba a probar su teoría de que el pasillo era el camino de vuelta, que regresar al túnel sería el fin de la ECM, tenía que hacerlo ahora, antes de que la ECM terminara por su cuenta, pero quería quedarse y oír de qué estaban hablando.
“Es una pista sobre dónde están”, pensó, vacilando, un pie preparado, dispuesta a correr, tratando de decidir. Como Cenicienta en el baile, con el reloj a punto de dar la medianoche, se dijo, y entonces cuando miró de nuevo a las mujeres con sus largos vestidos blancos, advirtió que eso debía de ser, un baile. Por eso la mano de la mujer era blanca, porque llevaba guantes blancos, y el chisporroteo al retirar la mano eran las joyas de un brazalete. Y el joven iba vestido con una chaqueta blanca, adecuada para la cena. Se protegió los ojos de la luz, tratando de ver cómo iba vestido el hombre de la barba blanca.
—Hace mucho frío —dijo la joven, y Joanna le dirigió una última mirada llena de frustración; luego se dio la vuelta y corrió pasillo abajo. Y llegó al laboratorio.
—Quiero que me hables de tu regreso —dijo Richard en cuanto Tish terminó de observarla y de retirar los electrodos y la intravenosa.
—¿Fue…? —dijo él, y se interrumpió—. Háblame de tu regreso. Ella le dijo lo que había hecho.
—¿Por qué? ¿Fue distinto en los escáneres?
—Radicalmente —dijo él, complacido, y se dirigió a la consola, como si hubiera terminado.
—Espera, tengo que contarte el resto de la ECM —dijo Joanna—. Vi otro de los elementos nucleares esta vez. Angeles.
—¿Ángeles? —dijo Tish—. ¿De veras?
—No. Eran figuras vestidas todas de blanco, o con “atuendos níveos”, como diría el señor Mandrake.
—¿Tenían alas? —preguntó Tish.
—No. No eran ángeles. Eran personas. Iban vestidas con largas túnicas blancas, y había luz a su alrededor —dijo Joanna—. Siempre había pensado que la gente veía algo que consideraba ángeles y que les añadía las tradicionales túnicas blancas y los halos porque así les habían descrito a los ángeles en la escuela dominical. Pero ahora me pregunto si no es al revés, que ven la ropa blanca y la luz rodeándolos y eso los hace pensar que son ángeles.
—¿Le hablaron? —preguntó Tish.
—No, no parecían saber que yo estaba allí —contestó Joanna. Le contó a Richard lo que había dicho la mujer.
—Pudiste oírlos hablar —dijo él.
—Sí, y no era la comunicación telepática de la que hablan algunos. Estaban hablando, y pude oír parte de lo que decían, y parte no, porque estaban demasiado lejos.
—O porque carecía de contenido —dijo Richard—, como el ruido o la sensación de reconocimiento.
“No —pensó Joanna, mientras tecleaba esa tarde en el ordenador su testimonio—, porque no sé lo que decían, y sé dónde está el túnel. Estoy segura.”
Un lugar con números en las puertas y una puerta al fondo, donde había gente de pie, vestida de blanco. ¿Una fiesta? ¿Una boda? Eso explicaría la preponderancia del blanco. ¿Pero por qué no dejaban de preguntarse “¿Qué ha ocurrido”? ¿Había dejado colgado el novio a la novia? ¿Y por qué iban también los hombres vestidos de blanco? ¿Cuándo fue la última vez que viste a un puñado de hombres y mujeres vestidos de blanco, de pie y quejándose del frío?
“Durante una emergencia en el hospital”, pensó. Los hospitales están llenos de gente vestida de blanco, y allí era donde la mayoría de los pacientes experimentaban sus ECM. La enorme mayoría experimentaban su ECM en la sala de urgencias, rodeados de médicos y enfermeras, con el código de alarma zumbando y un residente inclinado sobre el paciente inconsciente, iluminándole los ojos con una lucecita y preguntando “¿Qué le ha pasado?”. Tenía todo el sentido del mundo.
Excepto que el personal de urgencias no vestía de blanco, vestía de verde o de azul o de rosa, y las salas de trauma no estaban numeradas C8, CIO, C12. C. ¿Qué significaba la C?
“Confabulación —pensó—. Deja de pensar en eso. Ponte a trabajar”, cosa que resultó más sencilla de lo que pensaba. El torrente de ECM continuó, y durante varios días Joanna los entrevistó diligentemente a todos, aunque no fueron nada útiles. Fueron sin excepción incapaces de describir lo que habían experimentado, como si la inefabilidad hubiera contagiado cada aspecto de su ECM: el tiempo que estuvieron allí, la forma de su regreso, las cosas que habían visto, incluidos los ángeles.
—Parecían ángeles —dijo irritado el señor Torres cuando Joanna le pidió que describiera las figuras que había visto de pie ante la luz, y cuando le pidió que fuera más específico, le espetó—: ¿Es que no ha visto nunca a un ángel?
“Tengo que hablar con alguien inteligente”, pensó Joanna, y bajó a Urgencias, pero estaban cargados de trabajo.
—Choque frontal entre un autobús de la iglesia y una furgoneta —informó Vielle brevemente mientras corría a recibir una camilla que traían los enfermeros—. Te llamaré.
—Olvídense de éste —dijo el residente—. Está muerto.
Muerto al llegar. ¿Al llegar adonde?, se preguntó Joanna, y subió a ver a la señora Woollam. Le había prometido volver a visitarla, y quería preguntarle si había visto alguna vez a gente en el jardín o en las escaleras.
La señora Woollam no estaba, y era evidente que no la habían llevado a hacerle pruebas a alguna parte. La cama estaba perfectamente hecha, con una manta doblada al pie y una bata de hospital encima. “Se le debe de haber acabado la cobertura del seguro”, pensó Joanna, decepcionada, y se dirigió al puesto de las enfermeras.
—¿Han traslado a la señora Woollam a otra habitación, o se ha marchado a casa? —le preguntó a una enfermera que no conocía.
La enfermera alzó la cabeza, sobresaltada, y luego se tranquilizó al ver la placa de identificación hospitalaria de Joanna, y Joanna supo instantáneamente lo que iba a decir.
—La señora Woollam murió esta mañana temprano. “Espero que no tuviera miedo”, pensó Joanna, recordando cómo aferraba su Biblia contra su frágil pecho como si fuera un escudo.
—Se fue tranquilamente, mientras leía su Biblia —estaba diciendo la enfermera—. Tenía una expresión pacífica.
“Bien”, pensó Joanna, y deseó que estuviera en el jardín hermoso, hermosísimo. Volvió a la puerta de su habitación y se quedó allí, imaginando a la señora Woollam tendida, el pelo blanco sobre la almohada, la Biblia abierta caída de sus frágiles manos.
“Espero que todo sea verdad —pensó Joanna—, la luz y los ángeles y la brillante figura de Cristo. Por su bien, espero que todo sea verdad.” Regresó al laboratorio. Pero Richard estaba ocupado trabajando con los escaneos de la señora Troudtheim, y tenía que transcribir todas aquellas cintas y le quedaban por entrevistar dos personas que habían experimentado ECM. Tomó algunas cintas vírgenes de su despacho y bajó a ver a la señora Pekish.
Era tan poco comunicativa como el señor Sage, lo cual fue una bendición. El esfuerzo por arrancarle las respuestas le impedía pensar en la señora Woollam, sola en algún lugar en la oscuridad. Sola no, se corrigió. La señora Woollam estaba segura de que Jesús estaría con ella.