Abrió la puerta y entró. Supo antes de dar cinco pasos que tampoco era aquél. El suelo estaba alicatado con cuadritos negros y blancos, como un tablero de ajedrez, y su ángulo de encuentro con la puerta era perfectamente recto. “Pero también lo era el del túnel —pensó, retrocediendo para mirar al fondo del pasillo. No se curvaba—. ¿Por qué pienso que se curvaba? La perspectiva hacía que las filas de losas blancas y negras parecieran estrecharse al fondo, por lo que el pasillo se veía más largo de lo que en realidad era. ¿Cómo el túnel? Parecía imposiblemente largo, ¿pero podía deberse a alguna ilusión óptica?” Se agachó y observó el lugar donde la puerta y las losas se encontraban. ¿Era algo de las planchas de madera que se estrechaban por causa de la perspectiva, haciendo que el suelo pareciera curvarse? No, no se curvaba.
—¿Has perdido algo? —dijo alguien, alzándose sobre ella. Joanna alzó la vista. Era Barbara.
—Sólo la cabeza —dijo Joanna, y se levantó, sacudiéndose las manos—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Barbara mostró dos latas de Pepsi y una barra de Snickers.
—Las máquinas expendedoras de nuestra ala están estropeadas. Esto es la cena. Me alegro de haberme encontrado contigo. Quería decirte que Maisie Nellis entró de nuevo en parada esta tarde…
—¿Se encuentra bien? —interrumpió Joanna.
Barbara asintió, y el corazón de Joanna volvió a latir de nuevo.
—Sólo estuvo inconsciente unos segundos, y no parecía que hubiera ningún daño importante. Te dejé un mensaje en el contestador.
—No he estado en mi despacho desde esta mañana temprano.
—Me lo suponía —dijo Barbara—. Te habría llamado por el busca si hubiera sido algo malo.
“Tenía el busca apagado”, pensó Joanna, sintiéndose culpable.
—De todas formas, Maisie está en la UCI, y quiere verte. Tengo que regresar —dijo, girando la mano con la que sujetaba las dos Pepsis para ver el reloj.
—Te acompaño —dijo Joanna, abriéndole la puerta del pasillo—. ¿Puede recibir visitas?
—Si todavía está despierta.
—¿Qué hora es? —preguntó Joanna, mirando el reloj mientras recorrían el pasillo. Las nueve menos cuarto. Había estado recorriendo obsesivamente todo el hospital durante casi dos horas, ajena a todo y a todos, mientras Maisie…
La sensación de casi saber la asaltó bruscamente, de manera casi enfermiza, y miró instintivamente al suelo, al fondo del pasillo, pero allí no había ninguna puerta, sólo una hilera de teléfonos. Y no era eso. Tenía que ver con lo que estaba pensando, con lo de ser ajena a lo que estaba ocurriendo y tener el busca desconectado y…
—¿Estás bien? —preguntó Barbara, mirándola preocupada, y Joanna se dio cuenta de que se había detenido en seco, la mano en el estómago—. Maisie está bien, de verdad. No quería asustarte. Sé lo mucho que la aprecias. Está bien. Cuando me marché, le estaba contando a Paula historias sobre el Vesubio. Apuesto a que tampoco has cenado. Toma.
Barbara abrió una de las Pepsis y se la tendió.
—El nivel de azúcar en tu sangre es probablemente todavía más bajo que el mío. Tendrían que pegarle fuego a esa cafetería.
Desapareció tan súbitamente como había llegado, y si hubiese ido en aquel momento al laboratorio, las huellas sin duda habrían aparecido en su TPIR, tan fuerte había sido. Pero ya había dejado tirada a Maisie una vez aquel día. No iba a hacerlo de nuevo.
Dio un agradecido sorbo a la Pepsi.
—Tienes razón —dijo—. No he probado nada desde esta mañana.
Se sintió mejor de inmediato. Tal vez sólo tenía un nivel muy bajo de azúcar en la sangre, reflexionó mientras se dirigía a Pediatría; eso y la preocupación por Maisie.
Y desde luego había motivos para preocuparse.
—Los doctores no pueden mantenerla estable —le dijo Barbara en el ascensor—. Le han suministrado antiarrítmicos más y más fuertes, y todos tienen serias contraindicaciones para el hígado y los riñones, pero parece que nada le hace efecto. Excepto en la mente de la señora Nellis, donde todo es maravilloso, Maisie mejora día a día y sus paradas son sólo un pequeño chispazo. Así lo llamó —dijo, disgustada—. Un pequeño chispazo.
“Cosa que en el Yorktown debió ser un Zero japonés —se dijo Joanna, pensando en el señor Wojakowski—. O un torpedo.”
Subió a la UCI. Maisie estaba dormida, con un tubo de oxígeno en la nariz y electrodos conectados al pecho, la intravenosa enganchada a casi tantas bolsas como la señora Grant. Joanna entró de puntillas en la habitación en penumbra y se quedó mirándola unos minutos. No hacía falta que se preguntara esta vez de dónde procedía la sensación de temor. Porque una cosa era simular la muerte y otra muy distinta estar mirándola a la cara.
“¿Qué viste, pequeña, cuando entraste en parada? —le preguntó Joanna en silencio—. ¿Una puerta parcialmente abierta, gente de blanco diciendo: “¿Qué ha pasado?”, diciendo: “Hace frío”? Espero que vieras un lugar hermoso, todo dorado y blanco, con música celestial sonando, como la señora Grant. No, no como la señora Grant. Como la señora Woollam. Un jardín, todo verde y blanco.”
Joanna permaneció a oscuras largo rato y luego volvió a su despacho.
—Estaré por aquí hasta al menos las once —le dijo a Barbara—. Llámame por el busca.
Se dedicó a transcribir entrevistas hasta casi después de medianoche, esperando que el busca o el teléfono sonaran.
Pero por la mañana Maisie estaba tan animada como siempre.
—Vuelvo a mi habitación normal mañana. Odio estas máscaras de oxígeno —le dijo a Joanna—. No se te quedan en la nariz. ¿Dónde estuviste ayer? Creía que dijiste que ibas a contarme lo que viste en tu ECM para que no se te olvidara o tabularas cosas.
—¿Qué viste tú? —preguntó Joanna.
—Nada —dijo Maisie, disgustada—. Sólo niebla, como la última vez. Sólo que un poco más fina. Seguí sin ver nada. Aunque oí algo.
—¿Qué fue?
Maisie arrugó la cara en un gesto de concentración.
—Creo que fue una explosión.
—Una explosión.
—Sí, como un volcán en erupción o una bomba o algo. ¡Boom! —gritó, alzando las manos.
—Con cuidado —dijo Joanna, mirando la vía en el brazo de Maisie. Maisie la miró con indiferencia.
—Fue una gran explosión.
—Pero has dicho que creías que fue una gran explosión. ¿Qué quieres decir con eso?
—No pude oírla exactamente —dijo Maisie—. Estaba ese ruido, y luego aparecí en ese lugar de niebla, pero cuando intenté pensar en qué clase de ruido era, no pude recordarlo. Pero estoy bastante segura de que fue una explosión.
“Como un volcán en erupción”, pensó Joanna, y casualmente estaba leyendo sobre el Vesubio justo antes de entrar en parada. Pero Maisie seguía siendo un sujeto mejor que todos los que había entrevistado últimamente.
—¿Qué sucedió entonces?
—Nada. Sólo niebla. Y entonces regresé a mi habitación.
—¿Puedes hablarme del regreso? ¿Cómo fue?
—Rápido —dijo Maisie—. En un momento estaba intentando ver qué había en la niebla y al siguiente volví, así de fácil, y el tipo de la unidad de urgencias frotaba las palas y decía “apartaos”. Me alegro de haber regresado cuando lo hice. Odio que usen las palas.
—¿Entonces no te dieron la descarga? —preguntó Joanna, pensando que tenía que consultarlo con Barbara.
—No, porque el tipo dijo: “Buena chica, has vuelto por tu cuenta.”
—Dijiste que estabas mirando la niebla —dijo Joanna—. ¿Puedes contarme exactamente qué hiciste?