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—Más o menos me di la vuelta. ¿Quieres que te lo demuestre? —preguntó, y empezó a retirar las mantas.

—No, estás toda conectada. Toma —dijo, agarrando un osito de peluche rosa—, demuéstramelo con esto.

Maisie hizo que el osito diera media vuelta.

—Yo estaba allí —dijo, sujetando el osito de frente—, y miré alrededor —hizo volverse al oso en un círculo hasta que quedó de espaldas a ella—, y entonces regresé.

“Estaba mirando el túnel cuando regresó”, pensó Joanna. Si era un túnel.

—¿Caminaste hacia aquí antes de volver? —preguntó, haciendo la demostración con el oso.

—Aja, porque no sabía qué podía haber allí dentro. “Un tigre”, pensó Joanna.

—¿Qué crees que podía haber?

—No lo sé —respondió Maisie, apoyándose cansada contra las almohadas, y ésa fue la señal para Joanna.

Apagó la grabadora y se levantó.

—Es hora de descansar, chavalina.

—Espera, no puedes marcharte todavía —dijo Maisie—. No te he hablado de cómo era la niebla. Ni del volcán Santa Helena.

—¿El Santa Helena? Creí que estabas leyendo sobre el Vesubio.

—Los dos son volcanes —dijo Maisie—. ¿Sabes que en el Santa Helena había un tipo que vivía encima del volcán, y la gente le decía que no podía quedarse allí, que iba a estallar, pero él no quiso hacerles caso? Cuando estalló, no pudieron encontrar su cuerpo.

“Tengo que contarle esa historia a Vielle”, pensó Joanna.

—Vale, ya me has hablado del Santa Helena —dijo—. Ahora tienes que descansar. Barbara dijo que no debo cansarte.

—Pero no te he hablado del Vesubio. Hubo un montón de terremotos y luego cesaron; a eso de la una, un montón de humo y todo se volvió oscuro, y la gente no sabía qué pasaba, y de pronto empezaron a caer rocas y cenizas, y la gente se protegió bajo esos porches…

—Columnatas —dijo Joanna.

—Columnatas, pero no sirvió de nada, y luego…

—Puedes contármelo mañana.

—… y todos trataron de recoger sus cosas y escapar de la ciudad. Una mujer tenía un brazalete de oro y …

—Puedes contármelo mañana, cuando hayas descansado. Ponte la cánula del oxígeno.

Se dirigió hacia la puerta. Pero no llegó a salir.

—¿Cuándo vas a venir? —exigió saber Maisie.

—Mañana —dijo—. Te lo prometo.

Y subió a su despacho. A medio camino se topó con Tish.

—Le pregunté al doctor Wright si podíamos adelantar su sesión a la una, y él me dijo que se lo preguntara —dijo la enfermera—. Tengo cita con el dentista.

“O con un ligue”, pensó Joanna.

—Claro. ¿Está en el laboratorio?

—No, acaba de salir a ver a la doctora Jamison —dijo Tish—, pero dijo que volvería a mediodía. ¿No le vuelve loca que esté tan ausente?

“Ausente”, pensó Joanna. Algo de estar ausente de algo terrible que estaba pasando.

—Claro que no la vuelve loca —dijo Tish, disgustada—, porque es usted exactamente igual. ¿Ha oído algo de lo que acabo de decir?

—Sí —dijo Joanna—. A la una.

—Y me dijo también que le preguntara si había podido localizar a la señora Haighton. La señora Haighton.

—Intentaré localizarla ahora —dijo Joanna, y se dirigió a su oficina para pasar lo que quedaba de la mañana dejando mensajes infructuosos a la señora Haighton y contemplando su yedra suiza, y tratando de recordar dónde había visto el túnel.

Algo relacionado con estar ausente y con la bata de laboratorio de Richard y la manera en que el suelo se encontraba con la puerta. Y cohortes resplandeciendo en púrpura y oro. Y el instituto. Tenía suelos de madera. Vio mentalmente el largo pasillo del primer piso, el suelo de madera pulida. Había una puerta al fondo de aquel pasillo. El despacho del jefe de estudios, donde Ricky Inshaw se pasaba la mitad del tiempo. ¿Era eso lo que estaba recordando, el instituto? ¿Junto con la hermosa imagen de un juicio a cargo de una figura autoritaria?

Tenía sentido. Aquellos pasillos eran largos y estaban flanqueados por puertas numeradas. La bata del laboratorio podría ser la del profesor de química… ¿cómo se llamaba? Señor Hobert. Y el sonido podría ser el timbre de clase, que sonaba a la vez como un zumbido y un timbrazo, y la puerta del despacho del jefe de estudios…

Pero no era la puerta de un despacho. La puerta del túnel daba al exterior. “Tengo que abrir esa puerta y ver qué hay fuera —pensó Joanna—. Cuando lo haga, sabré dónde está.”

Y a la una y cuarto, mientras dormitaba con los auriculares y la mascarilla y esperaba que la ditetamina surtiera efecto, pensó: “La puerta, la respuesta está más allá de la puerta…”

Y apareció en el túnel. La puerta estaba cerrada. Sólo una finísima rendija de luz asomaba al pie de la puerta. Joanna avanzó palpando el oscuro túnel hacia la puerta, con una mano apoyada en la pared.

La rendija de luz era demasiado estrecha para proyectar ninguna sombra, y no pudo oír ningún murmullo de voces. El túnel estaba completamente en silencio, como la habitación de Coma Carl cuando se apagó el calefactor. No, no era un calefactor. Otro sonido suave y firme que no advertías hasta que se había parado.

—… parado —dijo suavemente una voz desde el otro lado de la puerta, y Joanna esperó, prestando atención.

Silencio. Joanna se quedó en la oscuridad un largo minuto, y luego empezó a avanzar otra vez hacia la puerta, pensando: “¿Y si está cerrada con llave?” Pero no lo estaba. El pomo giró con facilidad, y ella abrió la puerta para dar entrada a un chorro de luz deslumbrante. La golpeó con fuerza casi física, y retrocedió, alzando la mano para protegerse el rostro.

—¿Qué ha ocurrido? —dijo una asustada voz femenina, y Joanna supuso por un momento que se refería a la luz y que había estallado sobre todos ellos como una bomba al abrir ella la puerta.

—Estoy seguro de que no es nada, señorita —dijo una voz de hombre.

Cuando los ojos de Joanna se fueron aclimatando vio al hombre de la chaqueta blanca. Estaba hablando con la mujer que tenía el pelo suelto hasta la espalda.

—He oído un ruido rarísimo —dijo ella.

“Ruido”, pensó Joanna. Entonces era un sonido, después de todo.

El hombre de la chaqueta blanca dijo algo, pero Joanna no consiguió oír qué, ni lo que respondía la mujer. Avanzó hasta la puerta, y al instante vio a la gente con más claridad. La joven llevaba un abrigo sobre el vestido blanco y la chaqueta blanca del hombre tenía botones dorados en la parte delantera. La mujer de los guantes blancos llevaba una capa corta de piel blanca.

—Sí, señorita —dijo el hombre, y Joanna pensó: “Es un criado. Y esa chaqueta blanca es un uniforme.”

—Sonó como una tela al rasgarse —dijo la mujer joven, y se acercó al hombre de la barba blanca—. ¿Lo ha oído usted?

—No —respondió él.

Y la mujer del pelo recogido inquinó:

—¿Cree que habrá habido un accidente?

Se llevó a la garganta la mano enguantada de blanco, sujetándose la capa de piel, como si tuviera frío, y Joanna pensó que eso era porque estaban fuera, y trató de mirar alrededor, pero tenían la luz de espaldas y no pudo ver más que la pared blanca contra la que se apoyaban. Miró al suelo. Era de madera, como el suelo del pasillo, pero sin pulir. “Una especie de porche —pensó—, o un patio.”

—Hace mucho frío —dijo la mujer joven, acurrucándose en su abrigo. “No me extraña que tenga frío”, pensó Joanna, mirando su vestido bajo el abrigo abierto. Confeccionado con fina muselina, demasiado fina para aquel clima, le caía hasta los pies como un camisón.