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El ascensor se abrió y Joanna prácticamente lo abordó de un salto, rezando para que la señora Davenport no la siguiera.

—Y esta misma mañana, oí a Alvin decir…

La puerta del ascensor al cerrarse la interrumpió antes de que pudiera comunicar el mensaje de Alvin. Joanna pulsó el cero y, en cuanto el ascensor se abrió, corrió a Urgencias, rezando para que nadie hubiera entrado en parada y Vielle no estuviera intentando reanimarlo.

No había sucedido nada de eso, y Vielle le estaba gritando a un interno.

—¿Quién te ha dado autorización para hacer eso?

—Yo… yo… nadie —tartamudeó el interno—. En la facultad…

—No estás en la facultad de medicina —replicó Vielle—. Estás en mi sala de Urgencias.

—Lo sé, pero él estaba… —Se detuvo y miró esperanzado a Joanna, como si ella pudiera rescatarlo.

—Lo siento —le dijo Joanna a Vielle—. ¿Puedes prestarme tu coche?

—Claro —dijo Vielle al instante, y al interno—: Quédate aquí. Y no toques nada.

Empezó a cruzar la sala de Urgencias.

—Tengo las llaves en la taquilla. ¿Qué ha pasado? Se murió, ¿eh?

—¿Quién? —dijo Joanna, siguiéndola al vestíbulo, y se dio cuenta demasiado tarde de que Vielle se refería al coche—. No. Mi coche está bien.

Respuesta equivocada. Vielle se volvió, la mano en la combinación de la taquilla, y la miró con el ceño fruncido.

—¿Entonces para qué necesitas el mío? Esto no tendrá nada que ver con la escena de Titanic que me pediste que viera, ¿verdad?

—Es que no quiero subir a mi despacho a recoger las llaves. El señor Mandrake anda suelto —dijo a la defensiva—, y no tengo ganas de encontrármelo.

—No te lo reprocho —dijo Vielle, y se volvió hacia la combinación. ¿A qué hora volverás? —preguntó, metiendo la mano en el bolso y sacando a continuación las llaves. Las dejó caer sobre la mano de Joanna—. Yo salgo a las siete.

—¿Dónde está tu coche?

—En la cara norte, segunda o tercera fila, no recuerdo. ¿Adonde vas?

—Regresaré dentro de una hora o así —dijo Joanna, y corrió hacia el aparcamiento.

El coche de Vielle estaba en la cuarta fila, al fondo, y dieron las tres y media antes de que Joanna lo localizara y se dirigiera a Englewood. “Se habrá marchado para cuando llegue”, pensó, pero el señor Briarley siempre se quedaba hasta más tarde que el resto de los profesores, y aunque no estuviera allí, podría conseguir su número de teléfono y su dirección en las oficinas. Y los lugares despertaban siempre un montón de recuerdos: sólo verse en su antigua clase de lengua podría ser suficiente para sacudir su memoria. “Era algo que dijo en una clase —pensó, girando al oeste en Hampden— o que nos leyó.”

Parecía que iba a nevar de un momento a otro. Joanna aparcó lo más cerca posible de la entrada que conducía a las clases de lengua y se acercó a la puerta. Estaba cerrada con llave. Un cartel impreso por ordenador pegado al cristal decía: “No se permiten las visitas al edificio sin autorización. Por favor, regístrese en la oficina principal.” Un diagrama con flechas indicaba cómo llegar hasta allí, lo que implicaba dar toda la vuelta al edificio.

Habían hecho un montón de cambios desde que Joanna estudió allí. Rodeó una larga ala con un nuevo auditorio al fondo y llegó, por fin, a la puerta principal. A uno de sus lados estaban las palabras Instituto Dry Creek, y un tigre con rayas púrpura y doradas saltando.

“Púrpura y dorado”, pensó Joanna, y de pronto recordó a Sarah Dix y Lisa Meinecke con sus uniformes de animadoras llegando tarde a clase y al señor Briarley soltando sus libros sobre la mesa y diciendo: “¿Dónde están los asirios?”

—¿Los asirios? —preguntaron Lisa y Sarah, mirándose intrigadas la una a la otra.

—Su cohorte. “Los asirios llegaron como un lobo al rebaño” —citó el señor Briarley, señalando sus falditas plisadas púrpura y doradas—. “Y sus cohortes brillaban en púrpura y dorado.”

“Sabía que tenía algo que ver con el instituto —pensó Joanna triunfal—. Richard está equivocado. No carece de contenido. Significa algo, y el señor Briarley sabe lo que es.” Abrió una de las puertas dobles y entró en un vestíbulo alfombrado, con escaleras de acero y madera que subían y bajaban uniendo tres niveles diferentes. Y un detector de metales.

Un guardia de seguridad uniformado estaba de pie al lado, leyendo Peligro inminente. Soltó el libro en cuanto Joanna entró, y conectó el detector.

—¿Puede decirme dónde puedo encontrar la oficina? —preguntó ella.

Él asintió e indicó su bolso. Joanna se lo tendió, pensando que a Urgencias le vendría bien un aparato así, y luego trató de imaginar a la gente de las ambulancias tratando de meter por allí una camilla de metal. Vale, tal vez no un detector de metales, pero algo.

El guardia abrió la cremallera de los compartimientos de su bolso, hurgó en ellos y se lo devolvió.

—Estoy buscando a un profesor que tuve cuando era estudiante aquí —dijo ella—. El señor Briarley.

El guardia le indicó más allá del detector.

—Suba esas escaleras y a la izquierda —dijo, señalando, y recogió su libro.

“¿El despacho del señor Briarley?”, se preguntó Joanna mientras subía las escaleras, pero naturalmente él se refería a la oficina. El frontal de vidrio no se parecía al abigarrado cubículo del despacho del director que recordaba, pero había un gran cartel pegado al cristal que decía: “Todas las visitas deben obtener un pase para entrar en el edificio.”

Joanna entró.

—¿Puedo ayudarla? —preguntó una mujer de mediana edad sentada ante un ordenador.

—Estoy buscando al señor Briarley —dijo Joanna, y al ver la expresión de incomprensión de la mujer, añadió—: Da clase aquí.

La mujer se acercó al mostrador y consultó una lista plastificada.

—No tenemos a ningún miembro en el claustro con ese nombre. Joanna ni siquiera había considerado esa posibilidad.

—¿Sabe usted si se ha mudado? ¿O jubilado? La mujer sacudió la cabeza.

—Sólo llevo un año trabajando aquí. Tal vez debería consultarlo con Administración.

—¿Y dónde está eso?

—En el 4522 de la calle Bannock. Pero cierran a las cuatro. Joanna consultó el reloj de pared colgado tras la cabeza de la mujer. Las cuatro menos cinco.

—¿Y algún profesor que estuviera cuando él estaba aquí? —preguntó Joanna, devanándose los sesos para recordar los nombres de sus otros profesores—. ¿Siguen aquí el señor Hobert o la señorita Husted?

¿Cuál era el apellido del profesor de educación física, aquel que todo el mundo odiaba? Un color. ¿Señor Green? ¿Señor Black?

—¿Y el señor Black?

La mujer consultó su lista.

—No. Lo siento.

—Un profesor de lengua, entonces. El señor Briarley enseñaba en el último curso. ¿Quién da esa clase ahora?

—La señora Forrestal, pero ya se ha marchado hoy.

—¿Puede darme su número de teléfono?

—No se nos permite dar esa información. Le sugiero que contacte con las oficinas de Administración. Abren a las diez —dijo, y regresó a su ordenador.

—Gracias —dijo Joanna, y salió al pasillo. “¿Y ahora qué?”, pensó, bajando las escaleras. La oficina de Administración estaba cerrada hasta el día siguiente a las diez, y sólo le dirían lo mismo, que no se les permitía dar información.

Bajó al vestíbulo. El guardia, inmerso en su novela, no levantó la cabeza. Tendría que volver mañana, durante las clases, y ver a la señora Forrestal… si en la oficina le daban un pase de visita. Y no había ninguna garantía de que la señora Forrestal supiera la dirección del señor Briarley. O de que estuviera dispuesta a dársela. Tenía que recorrer los pasillos y hablar con los profesores hasta encontrar a alguien que lo conociera.