Kit se apresuró a quitar los libros de uno de los sillones e indicó a Joanna que se sentara. Obedeció y él se sentó frente a ella. Kit se quedó de pie junto al sillón, todavía cauta.
Ahora que Joanna tuvo una oportunidad para mirar a Kit, se preguntó si era tan joven como había pensado al principio. Había leves ojeras bajo sus ojos, y arrugas de tristeza en torno a su boca. Tras ella, en una de las estanterías, había una foto suya con un puñado de libros delante del salón de actos de la universidad, y otra de ella y un joven. ¿El Kevin que el señor Briarley había creído que estaba en la puerta? Kit parecía diez kilos más sana en ambas fotos, y considerablemente más feliz. ¿Qué había pasado desde que las tomaron? ¿Anorexia? ¿Drogas? ¿Y por qué vivía allí? No imaginaba al señor Briarley como consejero de rehabilitación, pero claro, tampoco se lo imaginaba como tío de nadie. Y, además, estaba la extraña reacción de la muchacha cuando Joanna le dijo que trabajaba en el Mercy General.
—De verdad que se lo agradezco mucho —empezó a decir Joanna—. Tendría que haber llamado, pero no sabía su número de teléfono. Fui al instituto, esperando que todavía diera usted clases allí, y me dijeron que se había jubilado. ¿Cuándo se jubiló?
—Hace cuatro años —respondió Kit. El la miró con mala cara.
—Kit, no te quedes ahí —dijo—. Ofrécele a nuestra invitada algo…
—Té —dijo Kit, demasiado ansiosamente—. Señora Lander, ¿puedo ofrecerle una taza de té? ¿O de café?
—Oh, no, nada.
—Té —dijo el señor Briarley con firmeza—. “Y a veces acepta consejo —citó—, y a veces té.”
—El rizo robado —dijo Joanna, encantada de recordarlo—. Alexander Pope. Recuerdo que nos lo leyó usted en voz alta. Y La balada del viejo marinero de Coleridge. Esa era mi favorita. “Agua, agua por todas partes, y todas las tablas encogieron…” —dijo, y se detuvo, esperando que él dijera los dos versos siguientes.
—Coleridge —murmuró él—, un romántico sobrevalorado. Luego se volvió bruscamente hacia Kit y exclamó:
—¿Dónde está mi té?
Era el tono que se usa con un criado. Joanna lo miró, y luego a Kit, sorprendida, pero Kit dijo solamente:
—Ahora mismo lo traigo. Y se encaminó a la puerta.
—Y quiero el agua hervida —le advirtió el señor Briarley—, no calentada tibia en ese ridículo…
—Microondas —dijo Kit—. Sí, tío Pat.
—Y no tardes todo el día, Kit. Kit —repitió despectivo, volviéndose hacia Joanna—. ¿Qué clase de nombre es ése? Es una etiqueta para una caja llena de tintas de primeros auxilios, no un nombre de persona.
¿Qué estaba pasando?, se preguntó Joanna. ¿Había llegado en mitad de una discusión? Recordó que Kit se había mostrado reacia a dejarla pasar. La miró, esperando que pareciera molesta o furiosa, pero parecía cauta, o preocupada, como cuando abrió la puerta, reacciones inadecuadas para la situación.
—Vamos, Kit —dijo el señor Briarley, recalcando desagradablemente el nombre—. Quiero hablar con mi estudiante.
—Sólo será un minuto —dijo Kit con una última mirada de preocupación a Joanna, y desapareció.
“Espero que eso no haga que ahora se vuelva contra mí”, pensó Joanna, pero el señor Briarley le sonreía de modo benigno.
—Muy bien —dijo—. ¿Qué puedo hacer por usted? ¿Ha dicho que había estado en el instituto…?
—Sí, buscándolo.
—Ya no doy clases allí —dijo él con un tono extraño e inseguro, como si estuviera intentando convencerse a sí mismo—. “Ni carne ni pescado, ni dentro ni fuera.”
“Debe de echarlo de menos”, pensó ella.
—Está tan diferente que apenas lo reconocí. No sé si recuerda usted la clase en la que estuve, con Ricky Inman, y Candy Simons…
—Claro que me acuerdo —dijo él, casi beligerante.
—Bueno, como necesito preguntarle algo que dijo usted en clase sobre…
—El té sólo tardará un minuto —dijo Kit, apareciendo en la puerta con una bandeja. Se había puesto un par de zapatillas. Joanna despejó un puñado de libros de la mesita, y Kit depositó allí la bandeja—, He traído las tazas y los platos, y el azúcar —añadió, innecesariamente.
El señor Briarley miró irritado la bandeja.
—No has traído ninguna…
—Cucharilla —dijo Kit, corriendo a la cocina—. También he olvidado las servilletas.
—Y la leche —dijo el señor Briarley tras ella—. ¿Tan difícil es preparar una taza de té? Me equivoqué —le dijo cuando volvió, con una jarra y los cubiertos—. El nombre Kit te viene perfectamente. Como en Kit de inutilidades. ¿No le parece? —le preguntó a Joanna.
No era así como Joanna recordaba al señor Briarley. Había sido sarcástico, sí, y a veces incluso mordaz, pero nunca despectivo. Nunca habría humillado a Ricky Inman como acababa de hacerlo con Kit.
—Aquí está el té —dijo Kit, trayendo una tetera—. Tomas leche y azúcar, ¿verdad, tío Pat? —preguntó, sirviéndolos ya. Le tendió la taza.
Joanna termo que lucra a quejarse de la cantidad o, después de haber tomado un sorbo, de la temperatura. A pesar de las órdenes del señor Briarley, estaba claro que Kit había utilizado el microondas. El té apenas estaba tibio. Pero él pareció haber perdido interés en la bebida. Y en los defectos de Kit, y en su nombre. Se acomodó en su sillón, la taza y el plato sobre las rodillas, y contempló pensativo las filas de libros.
—Ha sido usted tan amable al venir a visitar al tío Pat —dijo Kit, retirándole la taza a medio beber como si la visita hubiera terminado ya.
—No he venido sólo de visita —le dijo Joanna al señor Briarley—. He venido a preguntarle por algo que dijo en clase de lengua, algo que enseñaba…
—Yo enseñaba muchas cosas. La definición de adverbio, el número de pies métricos de un verso blanco, la diferencia entre asonancia y aliteración… —dijo el señor Briarley—. Tendrá que ser más concreta.
Joanna sonrió.
—Era algo sobre el Titanic.
—¿El Titanic? —preguntó Kit bruscamente.
—Sí, no sé si lo leyó usted en clase o lo comentó —dijo Joanna—. Trabajo en el hospital Mercy General…
—¿Hospital? —dijo él. La taza temblequeó sobre el plato.
—Sí. Estoy trabajando en un proyecto relacionado con la memoria, y —Pudo ver por la expresión de su rostro que se estaba explicando mal—. Estoy trabajando con un neurólogo que…
—Tengo una memoria excelente —dijo el señor Briarley, mirando a Kit como si la considerara responsable de que Joanna estuviera allí.
—Seguro que sí —dijo Joanna—. De hecho, cuento con eso. He olvidado algo que usted nos leyó o nos enseñó, y espero que recuerde qué era. Tenía que ver con el Titanic. Una de las partes que recuerdo era que la gente subió a cubierta después de la colisión. Iban en pijama y no sabían qué había ocurrido. Los despertaron los motores al pararse.
Se inclinó hacia delante sosteniendo la taza y el platillo.
—¡Recuerda haber hablado de eso? ;O haber leído algo a la clase al respecto?
—Recuerdo —dijo él despectivamente— que apenas tenía tiempo para enseñar a Dickens y a Shakespeare, mucho menos un libro sobre el Titanic.
—No sé si era un libro. Puede que fuese un trabajo, o una clase…