—¿Las paredes eran altas? —preguntó Joanna. Maisie asintió.
—Muy altas a ambos lados. —Alzó los dos brazos para demostrarlo—. He pensado un poco en el regreso. Fue diferente de la otra vez. Esa vez no fue tan rápido. Lo anoté.
Joanna asintió.
—¿Puedo quedarme con este papel?
—Claro —dijo Maisie, y Joanna lo dobló y se lo guardó en el bolsillo—. Pero no puedes irte todavía, tengo montones de cosas más que contarte.
—Entonces come —dijo Joanna, señalando los huevos. Maisie tomó el tenedor.
—Están fríos.
—¿Y de quién es la culpa?
—¿Sabías que encontraron huevos cuando excavaron Pompeya? Los cubrió la ceniza y se convirtieron en piedra.
—Cuatro bocados —dijo Joanna, los brazos cruzados—. Y el zumo.
—Vale —dijo Maisie, y tragó cuatro bocados minúsculos, masticando laboriosamente.
—Y el zumo.
—Ya voy. Tengo que abrir la pajita primero.
“La reina de los retrasos”, pensó Joanna. Se acomodó en la silla y vio a Maisie pelar el envoltorio, meter la pajita en el zumo, sorber un poquito. Por fin, cuando Maisie acabó, sorbió para demostrar que estaba vacío.
—Había un perro encadenado, y no saben su nombre porque no llevaba chapa, ¿sabes? Bueno, pues había una niñita así.
—¿En Pompeya?
—No —dijo Maisie, indignada—. En el incendio del circo de Hartford. Tenía nueve años. Bueno, eso es lo que creen, nadie lo sabe, porque no saben quién era. Murió por el humo. No se quemó, y pusieron su foto en el periódico y en la radio y todo. Pero no vino nadie a por ella.
—¿Nunca? —dijo Joanna. Alguien habría tenido que acabar por identificarla. Un niño no podía desaparecer sin que nadie se diera cuenta pero Maisie sacudió la cabeza rubia.
—Aja. Tenían una sala grande donde ponían a todos los cadáveres, y las madres y los padres iban y los identificaban, pero a ésta no la identificó nadie. Y no sabían su nombre, así que tuvieron que ponerle un número.
Joanna de pronto tuvo miedo de preguntar. “Que no sea el cincuenta y ocho —pensó—. No me digas que fue el cincuenta y ocho.”
—1.565 —dijo Maisie—, porque ése era el número del cadáver. Tendría que haber llevado una chapita o el nombre en la ropa o algo, como el señor Astor.
—¿Quién? —preguntó Joanna, enderezándose.
—John Jacob Astor. Estaba en el Titanic. La cara se le aplastó cuando una de las chimeneas se le cayó encima, así que no pudieron saber quién era, pero llevaba las iniciales dentro de la camisa…
Se echó mano a la bata hospitalaria y se tiró del cuello para demostrarlo.
—J. J. A, así fue como pudieron saberlo.
—¿Sabes cosas del Titanic, Maisie?
—Por supuesto. Es el mejor desastre que ha sucedido jamás. Montones de niños murieron.
—Nunca te he oído mencionarlo.
—Eso es porque lo leí antes, cuando estaba en el otro hospital. Quise ver la peli, pero mi madre no me dejó ver el vídeo porque tenía… —se inclinó hacia delante y redujo la voz a un susurro—, S-E-X-O. Pero esa chica, Ashley, a la que le quitaron el apéndice, me dijo que no, que sólo era gente desnuda. Dijo que era muy guay, sobre todo cuando el barco se puso en vertical y todo el mundo empezó a caerse, todos los platos y los muebles y los pianos y lo demás, con un enorme estrépito. ¿Sabías que el Titanic tenía cinco pianos?
—Maisie… —dijo Joanna, lamentando haber sacado el tema.
—Lo sé todo sobre el tema —dijo Maisie, absorta—. Tenían todos esos perros. Un pequinés y un airedale y un pomeranio y un bulldog francés lindísimo, y sus dueños los llevaban a pasear por cubierta, sólo que la mayor parte del tiempo tenían que quedarse en la perrera de la bodega, a excepción de aquel pequeñito, Frou-Frou, que tenía que quedarse en el camarote…
—Maisie… —dijo Joanna, pero Maisie ni siquiera la escuchaba.
—… y cuando chocaron con el iceberg, un pasajero, no sé su nombre, bajó a la perrera y…
—Maisie.
—… soltó a todos los perros —terminó Maisie—. Pero todos se ahogaron.
—No puedes hablarme sobre el Titanic —dijo Joanna—. Estoy haciendo una investigación…
—¿Quieres que te ayude? La señora Sutterly podría traerme algunos libros, y sé montones de cosas ya. No chocó en realidad con el iceberg, sólo rozó con el costado. No fue un corte muy grave, pero los compartimientos estancos…
Tenía que detener aquello.
—El doctor Wright me dijo que encontraron el cadáver de un perro en Pompeya.
—Sí —dijo Maisie. Le habló de la cadena y de cómo trató de escapar de la ceniza—. El doctor Wright me dijo que todos los perros de Pompeya se llamaban Fido, pero no me lo creo. ¿Cómo habrían sabido entonces cuándo los llamaba su amo si todos tenían el mismo nombre?
—Creo que el doctor Wright estaba bromeando. ¿Sabes que Fido significa “fiel” en latín?
—No —dijo Maisie, encantada—. Ese habría sido un nombre bueno para el perro que encontraron.
Sacó el libro de debajo de las mantas y empezó a pasar páginas hasta encontrar otra de las ilustraciones.
—Este estaba intentando salvar a esta niñita. —Le mostró la imagen a Joanna. Los moldes de escayola del perro de largo hocico y la niñita yacían acurrucados contra una pared, los miembros entrelazados—. Pero no pudo. Los dos murieron.
Recuperó el libro.
—Tampoco tenía chapa —dijo y se lanzó de repente hacia el libro otra vez.
Joanna miró hacia la puerta. Maisie alzó las mantas para esconder el libro bajo ellas, pero se detuvo y lo dejó en la cama cuando vio entrar al celador negro.
—Hola, Eugene —dijo, recogiendo su bandeja y entregándosela.
—Hola, Eugene —dijo Joanna—. Tiene que dejar la bandeja. Maisie va a terminar los huevos primero.
—Tiene que recoger todas las bandejas al mismo tiempo —dijo Maisie.
—No, no importa —contestó Eugene, soltando la bandeja—. Puedo regresar por ella más tarde. —Le hizo un guiño a Joanna.
—Gracias —dijo Joanna. Eugene salió. Joanna se levantó—. Yo también tengo que irme.
—No puedes. Prometiste que ibas a quedarte todo el tiempo que quisiera. Tengo que enseñarte esta imagen.
Le enseñó al menos veinte fotos más antes de dejarla ir: ruinas excavadas, baños romanos reconstruidos, un brazalete de oro, un espejo de plata, dibujos de personas con togas blancas huyendo aterrorizadas de un volcán en erupción rojo y dorado, de gente acurrucándose en columnatas oscurecidas por la ceniza. “Y si no veo el Vesubio esta vez —pensó Joanna, camino de su despacho—, entonces la teoría de Richard tiene que estar equivocada.”
Abrió la puerta, entró y comprobó su contestador automático. La luz parpadeaba casi histérica.
—Tiene veintitrés mensajes —escuchó cuando pulsó el botón. “Y todos del señor Mandrake y ninguno de Kit ni de Kerri Jakes”, pensó Joanna, pulsando “play”.
Pues no. Tres eran de Maisie, uno de Richard y cuatro de Vielle, todos tratando de encontrarla la tarde anterior.
—Hola, recuerdas que tienes mi coche, ¿verdad? —empezaba el último de Vielle—. Me marcho ya. Cuando vuelvas, deja las llaves a la enfermera de recepción. Creo que voy a alquilar 60 segundos o Grand Theft Auto para nuestra próxima noche de picoteo.