Hubo una pausa y luego Vielle jadeó:
—Oh, Dios mío, no me vas a creer quién acaba de entrar. ¿Te acuerdas de aquel policía tan guapo que vino a hablarnos del tipo de la pistola de clavos, el que se parece a Denzel Washington? Bueno, está aquí, y parece que va a asistir a la reunión. ¡Oficial Right, allá voy!
Joanna sonrió y pulsó “borrar” y “siguiente mensaje”.
—Hola, soy Kerri Jakes. ¿Que si me acuerdo del nombre de nuestro libro de lengua del instituto? ¿Bromeas? Casi no me acuerdo del instituto. ¿Para qué lo necesitas? No me digas que en realidad no te graduaste y van a examinarte otra vez. Pero no, no recuerdo el nombre del libro, y lo único que recuerdo de secundaria es a Randy Inman porque estaba coladita por él, y me pasaba por delante de la puerta de la clase del señor Briarley esperando a que saliera.
Kerri tenía razón. No recordaba el instituto. Joanna pulsó “siguiente mensaje”.
—Soy Elspeth Haighton. Estoy intentando contactar con la doctora Lander. La sesión que fijamos no va a poder ser. Tengo una reunión de la liga juvenil ese día. Por favor, llámeme y buscaremos otra techa.
“Difícilmente”, pensó Joanna, pero marcó el número de la señora Haighton. Comunicaba. ¿Cómo podía estar comunicando? Nunca estaba en casa. Siguió escuchando mensajes.
Había tres seguidos del señor Mandrake. Todos empezaban por: “Nunca responde usted a los mensajes de su busca, doctora Lander.” Quería hablar con ella sobre unos detalles sorprendentes que había recordado la señora Davenport.
—Son tan vividos y auténticos que no podrán dejar de convencerla de que lo que se experimenta a través de la ECM es, de hecho, real.
“Pero no lo es —pensó Joanna—, aunque tiene razón en que los detalles son vividos y auténticos.” Podía ver los lazos de encaje del camisón de la joven, la expresión asustada de su rostro, la luz de los apliques del pasillo. Pero eso no era el Titanic de verdad, a pesar de la realidad de la visión. Era otra cosa.
—… no sólo el tío Alvin de la señora Davenport, sino los espíritus de Julio César y Juana de Arco la esperaban para darle la bienvenida al Otro Lado —estaba diciendo el señor Mandrake.
Joanna borró el mensaje y siguió con el resto, saltándoselos y olvidándolos, excepto el del señor Wojakowski, que la había llamado para decirle que la investigación sobre audición iba a durar ocho semanas y después de eso estaría disponible de nuevo para el proyecto, pero en realidad para contarle la historia del hundimiento del Yorktown y los hombres colocando los zapatos en fila sobre la cubierta otra vez. Ese no se lo saltó. Lo borró y pulsó “siguiente mensaje”, preguntándose cuánto tardaría en terminar con todos los mensajes.
—Soy Kit Gardener. Estoy intentando contactar con Joanna Lander —dijo la voz de Kit—. Creo que he encontrado el libro.
Al fondo, la voz del señor Briarley decía: “¿Joanna? La novia.” Luego debió de alejarse del teléfono, porque Joanna sólo entendió parte de lo que dijo: “No era… la clave…”
—Es azul con letras doradas, y se llama Voces y Viajes —continuó Kit—. ¿Le suena eso de algo?
No le sonaba, pero el título empezaba por V, como Joanna recordaba.
—Estoy bastante segura de que es ése. Tiene un barco en la portada. El tío Pat —Kit bajó la voz— suele echar una cabezada entre las once y la una, y ésa sería una buena hora.
—La novia ha entrado en el salón —decía la voz del señor Briarley—. Roja es como una rosa. ¿Has visto mi libro de notas, Kit?
—Será mejor que me vaya —dijo Kit—. Adiós.
La máquina pitó indicando el final del mensaje.
Joanna miró el reloj. Las once y media. Recogió el bolso, las llaves y el abrigo y subió al laboratorio. Richard estaba ante la consola, la barbilla apoyada en la mano, contemplando los escaneos.
—Tengo que comprobar una cosa —dijo ella—. Volveré a la una. Él asintió sin darse la vuelta, y ella salió camino del ascensor.
—¡Espera! —Richard se acercó corriendo, y Joanna pensó, al verlo acercarse así: “Sí que es guapo”—. Quería hablar contigo antes de que llegue Tish. Creo que no deberíamos hablar del Titanic delante de ella. Si es que ves el Titanic, cosa que no creo. Voy a aumentar la dosis, lo cual debería cambiar los estímulos del lóbulo temporal, sobre todo el estímulo inicial, y creo que producirá una pauta de A+R completamente distinta.
—Pero por si lo veo, quieres que registre mi testimonio en mi despacho.
—O en la otra punta del laboratorio. Sé que tienes que grabarlo lo antes posible después de la ECM —dijo él. Parecía avergonzado—. No es que crea que Tish vaya a ir a contárselo al señor Mandrake, pero…
—Barcos mejores se han hundido —dijo Joanna.
—En este caso, literalmente —sonrió Richard—. ¿Has dicho que volverás a la una? Joanna asintió.
—Muy bien —dijo él, regresando al laboratorio—. ¿Tuviste ocasión de echarle un vistazo a esas ECM múltiples?
—Todavía no —contestó ella, pulsando el botón para bajar—. Empezaré con ellas en cuanto regrese. Oh, llamó la señora Haighton. No puede venir el jueves.
—Sabía que era demasiado bueno para ser cierto. Te veo a la una.
Richard le dijo adiós con la mano por encima del hombro. El ascensor se abrió. Joanna entró y se encontró cara a cara con Vielle. Iba con su traje hospitalario y su gorrita y llevaba fundas esterilizadas encima de los zapatos.
“Eso te pasa por no mirar por dónde vas”, pensó Joanna.
—Vielle, ¿qué estás haciendo aquí? No habrás tenido otro incidente, ¿verdad?
—¿Incidente?
—Sí, ya sabes, un loco drogado con picara tratando de apuñalar a la gente. Como el último incidente, que te olvidaste de contarme. Vielle, tienes que pedir el traslado…
—Lo sé, lo sé —dijo Vielle, agitando una mano—. Tendrás que soltarme el sermón en otro momento. Estoy en mi rato de descanso. Tengo que volver, y he subido a decirte tres cosas. ¿Vas a bajar? —preguntó, mirando el abrigo y el bolso de Joanna. Obviamente, iba a bajar.
—Sí —dijo, y pulsó para bajar—. ¿Qué tres cosas?
—Una, mañana por la noche vendrá bien para el picoteo si os va bien a Richard y a ti. Dos, la doctora Jamison estuvo en Urgencias el otro día, está trabajando con uno de los internos en algún proyecto, y no tienes nada de lo que preocuparte. Tiene sesenta años como poco. Y tres, descubrí lo que me preguntaste.
—¿Sobre la doctora Jamison? —dijo Joanna, confundida.
—No, sobre la película. Me preguntaste si había una escena con la gente en cubierta cuando los motores se pararon, ¿no? Pues no la hay. Hay una escena con gente asomando la cabeza por la puerta de los camarotes y mozos diciéndoles que suban a la cubierta de los botes…
El ascensor trinó y la puerta se abrió. “Bueno, está vacío, así que nadie nos escuchará”, pensó Joanna, entrando después de Vielle, que pulsó la planta baja.
—… y en otra escena, la madre de Kate Winslet y su espantoso prometido están de pie con los salvavidas junto a la Gran Escalera esperando que arríen su bote.
—Creí que habías dicho que tu reunión duró hasta las once y media —dijo Joanna, confundida. Sin duda Vielle no había salido después de la reunión a alquilar el vídeo.
—Y duró —dijo Vielle—. Te habría llamado anoche para contártelo, pero era demasiado tarde. Hay una escena en cubierta en que los pasajeros juegan con trozos de hielo, y otra donde sueltan vapor, y es tan ensordecedor que nadie oye nada, pero Heidi dice que no recuerda nada con gente de pie por ahí sin saber qué ha pasado.