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—… y a veces las cosas que dice parecen indicar que está reviviendo hechos pasados.

“ A+R”, pensó Joanna.

—La mayoría de la gente que ha tenido experiencias cercanas a la muerte cuentan que se ha sentido cálida, a salvo y amada —dijo tranquilizadoramente—. El doctor Wright ha encontrado pruebas de niveles elevados de endorfinas, lo cual apoya esa teoría.

—Bien —dijo Kit, y luego sacudió la cabeza—. Lo que el tío Pat experimenta son casi siempre cosas inquietantes o aterradoras. Es como si no pudiera olvidarlas y no pudiera recordarlas al mismo tiempo, y las vive una y otra vez. Es como si intentara encontrarles sentido, aunque su recuerdo de ellas ha desaparecido. —Se llevó las manos a la cara un instante—. El libro dice que no hay que enfrentarse a él ni contradecirlo, pero tampoco hay que seguirle la corriente con respecto a la alucinación, lo cual es difícil.

—Parece muy difícil —dijo Joanna. Kit sonrió sin alegría.

—Pensaba que morirte de pronto es lo peor que te podía pasar, y ahora sé obviamente que no. —Se enderezó en su asiento—. Lo siento, usted no quiere oír todo esto. No pretendía ponerme así. Es que apenas puedo hablar con nadie sobre el asunto, y cuando lo hago… —Hizo una mueca—. Está claro que necesito salir más.

—Deberías venir a la noche del picoteo, mañana —dijo Joanna impulsivamente.

—¿Noche del picoteo?

—Sí. No es un acontecimiento organizado ni nada por el estilo, sólo un encuentro casual. Vienen el doctor Wright y mi amiga Vielle… Te encantará. Nos reunimos y vemos pelis en vídeo y comemos y charlamos. Sobre todo charlamos. Lo usamos como válvula de escape, y parece que te vendría bien. ¿Te gusta el cine?

—Sí. No he visto una peli desde hace mucho tiempo. El tío Pat confunde lo que ve en la pantalla con la realidad. Suele pasar con los enfermos de Alzheimer. Sería maravilloso ver una película, pero… —Sacudió la cabeza—. Gracias, pero me temo que no puedo.

—¿Es porque no tienes a nadie que se quede con él?

—Oh, no, mi madre viene cuando tengo que ir a comprar al supermercado, pero… —Estaba mirando la alacena, y Joanna adivinó en qué estaba pensando. Si el señor Briarley volvía a sacar todas las sartenes, su madre usaría el hecho como argumento para internarlo en una residencia.

—¿Has llamado alguna vez a Eldercare? —preguntó Joanna—. El Mercy General tiene un programa de gente que viene a casa. Son muy buenos. Conozco a una de las personas que trabajan en el programa. Si quieres la llamo.

—Pero si la noche del picoteo es mañana…

—Tienen un programa de emergencia de doce horas —dijo Joanna—. Saben que la gente que los llama suele estar apurada. Tienen voluntarios especializados en Alzheimer —dijo, pero Kit estaba sacudiendo ya la cabeza.

—Me parece maravilloso, pero siempre temo que pase algo mientras estoy fuera, y si llamo a casa para comprobarlo, consigo que se preocupe. Gracias por invitarme, pero será mejor que no.

—Deberías comprar un busca —dijo Joanna, sacando el suyo del bolsillo para enseñárselo—. O un teléfono móvil. Así podrán contactar contigo donde estés.

A menos que lo dejara en el coche mientras iba corriendo al supermercado, como la novia de Greg Menotti.

—Un teléfono móvil. No se me había ocurrido. Tendré que ver… ¿Cree que podrán venir mañana por la noche? Joanna asintió.

—Si quieres venir, puedo recogerte.

—No sé… ¿puedo llamarla mañana y decírselo?

—Claro.

—O antes, si encuentro el libro. Si el tío Pat se queda dormido un rato, bajaré al sótano y empezaré por los libros…

—Oh, has hecho galletas —dijo el señor Briarley, entrando en la cocina.

—Creía que te habías echado un rato, tío Pat.

—Lo hice, pero he oído voces y he supuesto que había venido Kevin. Oh, hola —le dijo a Joanna.

—Hola, señor Briarley.

—¿Quieres una taza de té? —preguntó Kit, buscando una taza y un plato de porcelana.

—No, estoy bastante cansado. Creo que iré a echarme. Encantado de conocerla —le dijo a Joanna, y echó a andar pasillo abajo.

—Ahora mismo vuelvo —dijo Kit, y corrió tras él. Joanna les oyó subiendo las escaleras, y luego la voz del señor Briarley que decía:

—Se nota al verlo. Es la viva imagen reflejada. “Será mejor que piense en regresar”, se dijo Joanna, y miró el reloj. Las doce y media.

—Oh, Dios mío —exclamó, y empezó a ponerse el abrigo. Salió al pasillo—. Kit —llamó desde el pie de las estrechas escaleras de madera, la mano en la barandilla—. Tengo que irme. Te llamaré mañana para lo del picoteo.

Kit se asomó en lo alto.

—Vale —dijo—. La llamaré si encuentro el libro. Joanna abrió la puerta principal. Cuando salía, oyó decir al señor Briarley:

—¿No vas a decirle adiós a Kevin?

¿Había un Kevin, se preguntó Joanna, mientras regresaba al hospital conduciendo todo lo deprisa que le permitía el tráfico, o era una de las alucinaciones de las que había hablado Kit? Recordó la foto de Kit y el joven rubio en la biblioteca. ¿No estuvo dispuesto o fue incapaz de lidiar con los cuidados que exigía un enfermo de Alzheimer, o Kid simplemente había renunciado a él, como había renunciado aparentemente al cine, a su educación, a su libertad?

“¿Y cómo acabó cuidando a su tío?”, se preguntó Joanna, saltándose un semáforo en ámbar. Su madre parecía la elección lógica para hacerlo, y estaba preocupada por cómo afectaba a Kit.

—Sin duda, es para preocuparse —murmuró Joanna.

Entró en el aparcamiento del hospital a todo gas. Había un misterio allí, pero, fuera cual fuese, ahora no tenía tiempo para resolverlo. Tenía que llegar arriba.

Era la una menos diez. Ni siquiera tuvo tiempo de tomar la ruta trasera. Tendría que usar el ascensor principal, y por favor, que no se encontrara con el señor Mandrake.

Tuvo suerte. Llegó a la sexta planta sin ver un alma conocida y corrió al laboratorio, quitándose el abrigo por el camino. Richard estaba ante la consola, Tish junto a la mesa de reconocimiento, conectando una bolsa de suero salino a la percha.

—… he encontrado un nuevo sitio para la Hora Feliz —la oyó decir Joanna mientras entraba.

—Lamento llegar tarde —dijo—. He descubierto algo interesante. El señor Briarley…

Richard le dirigió una mirada de advertencia y asintió en dirección a Tish, pero Joanna lo ignoró.

—Tiene Alzheimer, y su sobrina dice que tiene alucinaciones donde ve gente alrededor de su cama o de pie en la puerta.

—Interesante —dijo Richard—. El Alzheimer está causado por una falta de acetilcolina, aunque no en niveles elevados. ¿Dijo si tenía otros elementos de ECM?

 —dijo que parecía estar reviviendo acontecimientos pasados.

—La revisión de vida —dijo Richard—. Me pregunto…

—¿Podemos empezar? —preguntó Tish—. Tengo una cita con el oculista.

“Con el dentista”, corrigió mentalmente Joanna, pasando al vestidor.

Se puso la bata, se acercó a la mesa, se subió y se tendió en ella. Tish empezó a colocar las almohadillas de gomaespuma bajo sus brazos y piernas.

—¿Le gusta Tommy Lee Jones? —dijo, mirando a Richard—. Tiene una nueva película que me muero por ver.

Se situó al otro lado de Joanna y empezó a colocar los electrodos. Richard se acercó.

—¿Preparada? —le preguntó a Joanna. Ella asintió, lastrada por los electrodos.

—He ajustado la dosis, y voy a aumentar el tiempo que pases en sueño no-REM. No sé qué veremos.

“¿Qué será?”, se preguntó Joanna, viendo a Tish conectar la intravenosa.

—Me encantó en Volcano —dijo Tish, metiéndola en su sitio—. ¿La ha visto?