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—¿Jo? —dijo Mandrake, complacido—. ¿Ésa es su cita? Encantadora muchacha. Ella y yo trabajamos juntos. El alma se le cayó a Richard a los pies.

—¿Trabajan ustedes juntos?

—Oh, sí. Hemos trabajado estrechamente en varios casos. “Tendría que haberlo supuesto”, pensó Richard.

—Naturalmente, nuestro énfasis es distinto —dijo Mandrake—. Yo estoy interesado en el aspecto de los mensajes de las ECM. Y tenemos métodos de entrevista distintos —añadió, frunciendo levemente el ceño—. ¿Tenía que encontrarse aquí con la doctora Lander? A menudo es difícil de localizar.

—La doctora Lander no es la persona con la que tengo la cita —dijo Richard. Se volvió hacia la enfermera encargada—. No. No necesito verla.

Mandrake volvió a agarrarle la mano.

—Encantado de conocerlo, doctor Wright, y espero ansiosamente que trabajemos juntos.

“Por encima de mi cadáver —pensó Richard—. Y no le enviaré ningún mensaje desde más allá de la tumba.”

—Tengo que ir a ver a la señora Davenport —dijo Mandrake, como si Richard fuera quien lo había entretenido, y lo dejó allí plantado.

Tendría que haberlo imaginado. Los investigadores de ECM podían recopilar datos y elaborar muestras estadísticas, podían publicar artículos en The Psychology Quarterly Review, podían incluso caer bien a los niños, pero todo era fachada. En realidad eran espiritualistas modernos que usaban trampas pseudocientíficas para otorgar credibilidad a lo que en realidad era religión. Se dirigió hacia los ascensores.

—¡Doctor Wright! —lo llamó Tish. Se dio la vuelta.

—Ella está aquí —dijo Tish, y se volvió para correr detrás de una mujer joven vestida con falda y rebeca que se encaminaba hacia el puesto de enfermeras—. Doctora Lander —dijo cuando la alcanzó—. El doctor Wright quiere hablar con usted.

—Dígale que yo…

—Está aquí mismo —dijo Tish, acercándolo—. Doctor Wright, la he encontrado.

“Maldición, Tish —pensó él—. Un minuto más y habría salido de aquí. ¿Y ahora qué voy a decirle a la doctora Lander que quiero de ella?”

Se acercó. No era, como había dicho Tish, tímida, aunque llevaba gafas de montura de alambre que daban a su rostro un aspecto picante. Tenía los ojos almendrados y el pelo castaño, recogido hacia atrás con pinzas plateadas.

—Doctora Lander, yo…

—Mire, doctor Wright —dijo ella, alzando una mano para detenerlo—. Estoy segura de que ha tenido usted una experiencia cercana a la muerte fascinante, pero éste no es el momento adecuado. He tenido un día bastante malo, y no soy la persona con la que quiere hablar. Tiene usted que ver a Maurice Mandrake. Puedo darle el número de su busca.

—Está ahí dentro, con la señora Davenport —dijo Tish, servicial.

—Ahí tiene, Tish le enseñará dónde está. Seguro que querrá saber todos los detalles. Tish, llévalo con el señor Mandrake. Y pasó de largo.

—No se moleste, Tish —dijo él, airado por su rudeza—. No me interesa hablar con el socio de la doctora Lander.

—¿Socio? —La doctora Lander se volvió a mirarlo—. ¿Quién le ha dicho que somos socios? ¿Ha sido él? ¡Primero me roba a todos mis sujetos y los estropea y ahora va por ahí diciéndole a la gente que trabajamos juntos! ¡No tiene derecho! —Dio una patadita en el suelo—. ¡ Yo no trabajo con el señor Mandrake!

Richard la agarró por el brazo.

—Espere. Guau. Tiempo muerto. Creo que tenemos que empezar de nuevo.

—Bien. No trabajo con Maurice Mandrake. Estoy intentando llevar a cabo una investigación científica legítima sobre las experiencias cercanas a la muerte, pero él está haciendo que sea absolutamente imposible…

—Y yo he estado intentando hablar con usted al respecto —dijo él, tendiéndole la mano—. Richard Wright. Llevo a cabo un proyecto sobre las causas neurológicas de la experiencia cercana a la muerte.

—Joanna Lander —dijo ella estrechando su mano—. Mire, lo siento de veras. Yo… Él sonrió.

—Ha tenido un mal día.

—Sí —dijo, y él se sorprendió por la amargura de la mirada que le dirigía.

—Si éste es mal momento para hablar, no tenemos por qué hacerlo ahora mismo —dijo él rápidamente—. Podíamos quedar mañana, si le viene bien.

Ella asintió.

—Hoy no es… uno de mis sujetos… —Se rehízo—. Mañana estará bien. ¿A qué hora?

—¿A las diez? O podríamos vernos para almorzar. ¿Cuándo abre la cafetería?

—Casi nunca —respondió ella, y sonrió—. A las diez me va bien. ¿Dónde?

—Mi laboratorio está en la seis-este.

—Mañana a las diez —dijo ella, y empezó a caminar por el pasillo, pero no había dado cinco pasos cuando se dio la vuelta y se puso a caminar hacia él.

—Qué…

—Shh —dijo, pasando de largo—. Maurice Mandrake —murmuró, y abrió una puerta blanca que indicaba “Sólo personal”.

El miró hacia atrás, vio un traje de mil rayas doblando la esquina, y se metió por la puerta tras ella. Daba a una escalera de bajada.

—Lo siento —dijo ella, mientras empezaba a bajar los escalones de cemento pintados de gris—, pero me temo que si tuviera que hablar con él ahora mismo, lo mataría.

—Conozco la sensación —respondió Richard, y empezó a bajar las escaleras tras ella—. Ya he tenido un encuentro con él hoy.

—Por aquí llegaremos a la primera planta, y luego a los ascensores. Llegó al rellano y se detuvo en seco, con aspecto desazonado.

—¿Qué pasa? —preguntó él, alcanzándola. Una tira de cinta amarilla que anunciaba “No cruzar” bloqueaba el paso. Por debajo, las escaleras resplandecían de brillante pintura celeste aún húmeda.

3

¡Oh, mierda!

Ultimas palabras grabadas en la mayoría de las cajas negras tras un accidente de avión.

—Tal vez la pintura esté ya seca —dijo el doctor Wright, aunque estaba claro que seguía húmeda. Joanna se agachó y la tocó.

—No —dijo, alzando el dedo para mostrarle la manchita celeste en la punta.

—¿Y no hay otra salida?

—Por donde vinimos. ¿Le dijo el doctor Mandrake adonde iba?

—Sí. A ver a la señora Davenport.

—Oh, no, se pasará allí una eternidad. La revisión de la vida de la señora Davenport es más larga que la vida de la mayoría de la gente. Y han pasado tres horas desde la última vez que la vi. Sin duda habrá “recordado” todo tipo de detalles mientras tanto. Y lo que no haya recordado lo inventará el señor Mandrake.

—¿Cómo pudo conseguir un chiflado como Mandrake permiso para realizar sus investigaciones en un hospital reputado como el Mercy General?

—Dinero —dijo ella—. Les ha donado la mitad de los derechos de La luz al final del túnel. Ha vendido más de veinticinco millones de ejemplares.

—Lo cual confirma la verdad del refrán, que nace un tonto cada minuto.

—Y que la gente cree lo que quiere creer. Sobre todo Esther Brightman.

—¿Quién es Esther Brightman?

—La viuda de Harold Brightman, de Industrias Brightman, la miembro más anciana del consejo de dirección del Mercy General. Y una devota discípula de Mandrake, creo que porque puede cruzar al Otro Lado de un momento a otro. Ha donado más dinero al Mercy General que Mandrake, y que todo el Instituto de Investigación, cuando muera, recibirán toda la herencia. Si no cambia el testamento antes.

—Lo cual significa permitir que Mandrake contamine el lugar. Ella asintió.