—No hay tiempo para eso —dijo una voz de hombre bajo ella, a un lado.
Joanna miró por la ventanilla lateral del puente, pero no pudo ver a nadie. Corrió a lo alto de las escaleras. Había dos hombres bajo ella, uno con el uniforme azul oscuro de oficial, y el otro de blanco, un marinero.
—El capitán quiere que coloques la lámpara Morse —dijo el oficial—. Aquí.
Mientras hablaba, los dos hombres se movieron, y Joanna bajó la escalera tras ellos, esforzándose por ver adonde habían ido en la oscuridad.
—¿La lámpara Morse? —dijo el marinero, y en su voz se notaba la incredulidad—. ¿Para usarla con quién?
—Con eso —dijo el oficial. Estaban junto a la barandilla, y el oficial señalaba la negrura. Ella distinguió al marinero, ambas manos en la barandilla, inclinándose, estirando el cuello.
—¿Con qué? No veo nada.
—La luz —dijo el oficial, señalando de nuevo—. Allí.
“El Californian —pensó Joanna—. Van a hacer señales al Californian.” Escrutó la oscuridad. No vio ninguna luz, sólo una negrura absoluta, pero el marinero debió de verla, porque dijo:
—Dudo que puedan vernos a esta distancia. Tenemos que usar el telégrafo inalámbrico.
—Ya lo están haciendo. No lo reciben. ¿Tienes la llave?
—Está en la…
Joanna se perdió la última palabra cuando el hombre se dio la vuelta. Cruzaron la cubierta y Joanna los siguió, pero esa parte de la cubierta estaba llena de cuerdas enroscadas y cadenas, y cuando logró seguirlos, los dos hombres habían desaparecido.
Joanna vaciló, tratando de decidir por qué camino habían ido; al cabo de un minuto los hombres cruzaron ante ella y se acercaron a la barandilla. El marinero llevaba una linterna de aspecto anticuado.
La colocó en la barandilla del castillo de proa. El oficial encendió una cerilla y metió la mano dentro de la linterna. Destelló una luz amarilla. El marinero movió la linterna, para colocarla en ángulo, y deslizó un trozo de metal delante del cristal, que ocultó la luz. “Un obturador”, pensó Joanna. Hizo un sonido chirriante cuando lo bajó.
—¿Qué quiere que envíe? —preguntó. El oficial sacudió la cabeza.
—Mayday. SOS. Socorro. No sé, cualquier cosa que funcione.
El marinero tiró del obturador hacia arriba y la luz destelló de nuevo. Abajo, arriba, abajo, el obturador rozaba el cristal cada vez que lo subía o lo bajaba. Arriba, abajo, arriba.
Joanna contempló la oscuridad, buscando un destello de respuesta, una luz, pero no había nada, ni siquiera una chispa. Y ningún otro sonido excepto el roce de la linterna. Abajo, arriba, abajo, arriba. Roce, roce. Joanna se apartó un poco de los hombres, para escuchar el lamido del agua, pero no había sonido ninguno de agua bajo el casco, ninguna brisa. “Porque nos hemos parado, porque estamos quietos como muertos en el agua.”
—No responden —dijo el marinero, bajando el obturador—. ¿Está seguro de que es una luz y no sólo una estrella?
—Será mejor que no sea una estrella —dijo el oficial—. Nos estamos hundiendo.
La mano del marinero se sacudió sobre la linterna, haciendo que la luz fluctuara.
—¿No va a venir nadie? —preguntó.
—El Baltic, pero está a más de doscientas millas de distancia.
—¿Y el Frankfurt?
—No responde —dijo el oficial, y el marinero empezó a hacer señales de nuevo, y la luz destellaba, se apagaba, volvía a destellar, mientras el obturador rascaba como uñas contra una pizarra…
—No recibo nada —dijo—. ¿Cuánto tiempo quiere que siga así?
—Hasta que contactes.
La lámpara Morse siguió comunicando. Luz, oscuridad, roce, roce.
—¿Señor? —llamó una voz, a la izquierda de Joanna, y un oficial pasó corriendo junto a ella y se acercó a los hombres. Efectuó el saludo reglamentario—. Vengo de abajo, señor. Las salas de calderas cinco y seis y la sala de correo están inundadas, y hay agua en la Cubierta D.
La Cubierta D. Ella estaba en la Cubierta C. Por eso los camarotes estaban numerados. C8, CIO, C12. Pero había subido tres escaleras. ¿Estaba en la Cubierta A o en la Cubierta de Paseo B? Y la que tenía el pasillo…
Echó a correr, el sonido de la lámpara Morse rascando firmemente, abajo, arriba, abajo, resonando por toda la cubierta. “Y por favor que la puerta esté abierta —rezó, mientras subía corriendo los escalones de metal—. Que mi zapato esté allí.”
Estaba, y no hubo tiempo para recuperarlo. Abrió la puerta y bajó las escaleras. Un tramo. Dos. Dejó atrás el comedor, con su cristal chispeante y su piano. Tres. Por favor que no esté inundado, rezó, y empujó la puerta.
La cubierta estaba seca, pero a causa de la curvatura no podía ver todo el pasillo. Corrió ante las puertas cerradas, alrededor de la curvatura. Y allí estaba, el rectángulo negro de la puerta del pasillo, todavía abierta, todavía sobre el agua. Corrió hacia ella, el pie descalzo marcando un ritmo torpe con el otro pie calzado.
Bajó a la cubierta, que estaba todavía —gracias a Dios— seca, dejó atrás la cubierta de las sillas, su reflejo fluctuaba en el vidrio de las ventanas mientras pasaba corriendo. Dejó atrás la luz. Entró en el pasillo, y la oscuridad.
Y más oscuridad. “¿Qué ha pasado? —pensó Joanna, atenazada por el pánico—. ¿Por qué no he vuelto?” Y advirtió que estaba de regreso, el antifaz todavía puesto, la intravenosa en el brazo, ruido blanco sonando en sus oídos.
—¿Tish? —dijo, y se quitó el auricular con la mano izquierda.
—… el pulso acaba de dar un repunte —estaba diciendo Tish— pulso 95, PS 130 sobre 90. Espere, está despierta.
—Bien —dijo Richard, y ella oyó sus pasos mientras se acercaba a la mesa de reconocimiento.
Sintió que Tish quitaba los electrodos de su cabeza, y luego el antifaz, y se encontró mirando a Richard.
—¿Bien? —dijo él.
Ella sacudió la cabeza contra la almohada.
—No tuve una visión distinta, como esperabas —dijo, y trató de incorporarse—. Fue…
—Quédate quieta. —El le puso una mano en el hombro.
—Pero tengo que contártelo —dijo Joanna, tendiéndose—, era decididamente…
—Espera. No digas nada hasta que ponga la grabadora en marcha.
Empezó a pulsar botones al azar en la minigrabadora. La portezuela de la cinta se abrió. Sacó la cinta y examinó ambos lados. ¿Qué estaba haciendo? Le había visto colocar una cinta nueva justo antes de empezar.
—Tish, ¿puedes traerle una manta a Joanna? —dijo—. Está tiritando.
“No, no estoy tiritando”, pensó Joanna, y cayó en la cuenta de que él estaba haciendo tiempo para que Tish se marchara en busca de la manta o no pudiera oír lo que decía.
—Claro —dijo Tish, y se acercó al armarito.
—Dime qué viste —dijo Richard en cuanto estuvo lejos.
—El Titanic.
—¿Estás segura? ¿Tuviste la misma visión que la última vez? ¿El pasillo y la gente alrededor de la puerta?
—Sí, pero esta vez salí a cubierta, y… —Se detuvo al ver que Tish regresaba con la manta.
—Voy a esperar para grabar el testimonio hasta después de que la hayas examinado —le dijo Richard a Tish—. Sigue y termina de desconectar los electrodos.