Volvió a la consola sin mirar de nuevo a Joanna y empezó a repasar los escaneos. “¿Qué diría cuando Tish se marchara?”, se preguntó Joanna, viendo cómo la enfermera extendía la manta sobre sus piernas y la arropaba hasta los hombros. ¿La acusaría otra vez de ser Bridey Murphy por ver el Titanic?
“No puedo evitarlo”, pensó. Era el Titanic. Repasó mentalmente la ECM mientras Tish retiraba los electrodos y le tomaba el pulso y la tensión para no olvidarse de ninguno de los detalles: la escalera, el Salón Comedor de Primera Clase, la puerta a la Cubierta de Botes…
“Dejé mi zapato en la puerta —pensó, y se sentó en la camilla—. Todavía está en el barco.”
—¿Eh, qué está haciendo? —dijo Tish.
—Yo… —respondió Joanna, y miró su pie calzado con un calcetín del Ejército asomar bajo la sábana. “Pero si estaba descalza”, pensó.
—No le he quitado la intravenosa todavía —dijo Tish, y Joanna obedientemente se tendió. Recordaba el pie descalzo sobre la cubierta helada, recordaba que se quitó el zapato y lo colocó a modo de cuña… Empezó a reírse.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó Tish, colocando un trocito de algodón sobre el lugar del pinchazo.
—Mi zapato…
—Están en la otra habitación —dijo Tish—, pero no va a ir a ninguna parte. Tengo que tomarle las constantes vitales una vez más. ¿Qué es lo que tienen sus zapatos para ser tan graciosos?
“Nada”, pensó Joanna. No eran los que llevaba puestos.
—Venga, dígamelo, ¿cuál es el chiste?
“No puedo —pensó Joanna—, no lo entenderías. Porque el zapato que dejé atascado en la puerta era una zapatilla de tenis roja, como la que supuestamente vio la paciente en el alféizar cuando flotó sobre la mesa de operaciones.”
Tish todavía estaba esperando a que le explicara qué era tan gracioso.
—Nada, lo siento —dijo Joanna—. Creo que todavía estoy un poco desorientada.
Y se tumbó y permaneció quieta mientras Tish le quitaba las almohadillas de gomaespuma de debajo de los brazos y piernas. “Tengo que contárselo a Richard —pensó Joanna—. Me pregunto si esto cuenta como experiencia extracorporal.”
Pero Richard no estaba interesado en qué elementos nucleares había tenido ni en qué había visto. Sólo estaba interesado en si había visto o no el Titanic.
—¿Tuviste la misma visión esta vez? —preguntó en cuanto Tish se marchó.
—No —dijo Joanna, sentándose—. No la misma visión exacta. Richard parecía a la vez complacido y aliviado.
—Pero era el mismo sitio, y es el Titanic.
—¿Cómo lo sabes?
Joanna le habló del comedor y la Cubierta de Botes…—Tiene que ser el Titanic. Estaban haciendo señales al Californian con una linterna Morse.
—¿Doctor Wright? —dijo Tish desde la puerta. Joanna se preguntó cuánto tiempo llevaba allí—. Se me olvidó preguntárselo antes de irme. ¿Está interesado?
—¿En qué? —preguntó Richard—. Oh —dijo, y estaba claro por su tono que no tenía ni idea de qué le estaba hablando—. Uh, no, Joanna y yo tenemos que tomar su declaración, y tengo que analizar los escaneos. Probablemente terminaré muy tarde.
—No tiene que ser esta noche —dijo ella, y luego, antes de que él pudiera ponerle otra excusa, añadió—: Ya se lo recordaré mañana.
—¿Mañana?
—Sí. El señor Sage. ¿A las diez?
—Oh, sí. Es verdad. El señor Sage. La veré entonces.
—Espera —dijo Joanna—. ¿Y la señora Troudtheim? ¿No tiene una sesión a las tres?
—Llamó y la canceló.
—Mientras estaba usted bajo los efectos —añadió Tish.
—Dice que cree que ha pillado la gripe y que llamará para concertar una nueva cita cuando se encuentre mejor —dijo Richard, y se volvió hacia Tish, que todavía esperaba en la puerta—. Mañana a las diez.
Tish se marchó, y él se volvió hacia Joanna.
—¿Dijeron que era el Californian a lo que hacían señales?
—No, pero dijeron que se estaban hundiendo y que el Baltic y el Frankfurt venían de camino. Y el comedor tiene que ser el Salón Comedor de Primera Clase…
—Empecemos por el principio. ¿Fue igual?
—Sí, excepto por el joven del jersey.
Le contó cómo el hombre de la barba le había dicho que la zona estaba restringida y el joven replicó que había oído un ruido y había subido a investigar.
—¿Pero el ruido era el mismo?
—Sí.
—¿Y el pasillo, y la puerta? ¿Y la luz?
—Sí —dijo Joanna, sorprendida.
—Y la imagen unificadora era la misma —murmuró él—. Ven aquí. Quiero enseñarte una cosa.
Joanna se cubrió los hombros con la manta, se bajó de la mesa de reconocimiento y lo siguió hasta la consola.
Él ya había recuperado los escaneos.
—Ésta es la ECM que acabas de experimentar —dijo, y tecleó rápidamente. Todas las áreas se pusieron negras menos el córtex frontal—. Lo que estás viendo ahora es la actividad de la memoria a largo plazo. —Tecleó un poco más—. Esto es avanzado —dijo, y los escaneos cambiaron rápidamente, pequeñas zonas dispersas encendiéndose y apagándose, naranjas, rojas y luego azules, explotando en la pantalla como fuegos artificiales siguiendo una pauta compleja.
—Muy bien —dijo él, congelando la pantalla y poniendo otro escaneo al lado—, ésta es la ECM del martes. Realizó el mismo proceso.
—Ahora voy a superponerlas las dos. La de hoy son los tonos más oscuros, la del martes son los más claros.
Joanna vio los colores parpadear, de azul a naranja, luego a rojo y otra vez a verdiazul, encendiéndose al azar y luego apagándose en puntos diferentes, a velocidades distintas.
—No se parecen entre sí.
—Exactamente —dijo Richard—. La A+R es completamente diferente, lo cual debería indicar una experiencia completamente distinta y un recuerdo completamente distinto como imagen unificadora. No hay un solo punto de coincidencia, y sin embargo dices que has experimentado las mismas imágenes y la misma imagen central. —Miró la pantalla—. Tal vez la actividad del córtex frontal sea aleatoria, después de todo, y sea el lóbulo temporal el que dicta la experiencia.
Se volvió hacia ella.
—Me gustaría que registraras un testimonio lo más detallado posible. Di exactamente lo que viste y oíste. —Contempló los escaneos—. Cuando entrevistaste a pacientes que entraron en parada más de una vez, ¿tuvieron siempre la misma ECM?
—No. La señora Woollam vio un jardín una vez, y una escalera, y un lugar oscuro y abierto. Lo vio más de una vez, y dijo que había estado en un túnel dos veces.
Él asintió.
—¿Has tenido otros pacientes con más de una ECM?
—Sí —dijo ella, tratando de recordar—. Tendré que buscar sus testimonios.
—Me gustaría tener una lista con lo que vieron cada vez, sobre todo si era lo mismo. —Volvió a mirar las pantallas—. Tiene que haber una pista en alguna parte que explique por qué sigues viendo el Titanic.
“La hay —pensó Joanna—, pero no está en los escaneos. Está en algo que el señor Briarley dijo en clase, o nos leyó de un libro azul con una carabela en la portada”, y se preguntó si Kit habría encontrado ya el libro. Era improbable. Sólo había tenido unas horas para buscar, y Joanna no le había dado exactamente pistas valiosas, pero comprobó su contestador automático de todas formas. Habían llamado el señor Mandrake y Guadalupe.
—¿Todavía quiere que anotemos lo que dice Carl Aspinall? —preguntó su voz.