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—Esto es extremadamente…

—Llegamos tarde. Sí nos disculpa —le dijo Richard. Tomó a Joanna del brazo y la condujo rápidamente hacia las escaleras y atravesaron la puerta.

—Gracias —dijo Joanna, bajando las escaleras tras él—. Un minuto más y me habría obligado a bajar a ver a la señora Davenport, que ahora está recibiendo mensajes de los muertos. ¿Cómo sabías que estaba ahí fuera?

—Telepatía. —Sonrió él—. Y la voz penetrante de Mandrake. ¿Quién es el doctor Tabb?

—El señor Tabb es un paciente al que entrevisté hace dos años. No quería nombrar a un doctor de verdad por temor a que intentara sonsacarle información.

—Bueno, es de esperar que se pase los próximos días buscando al doctor Tabb en vez de llamándonos a nosotros. —Llegaron al pie de las escaleras—. ¿Por dónde es menos probable que nos topemos con él?

—Por aquí —dijo Joanna, y lo condujo a través del pabellón de Oncología hasta los ascensores de servicio—. Puedo llegar al aparcamiento desde aquí. Oh, pero tú no puedes volver al laboratorio, ¿no? No si se supone que estamos en una reunión.

—No importa. Quería hablar contigo de todas formas, ¿Vamos a comer algo?

—Eso sería magnífico —dijo Joanna, sintiéndose inadecuadamente encantada—. Pero imagino que la cafetería estará cerrada. Lo estaba.

—¿Está abierta alguna vez? —preguntó Richard mientras se asomaban a las puertas de cristal cerradas.

—No. ¿Y ahora qué? No tendrás comida en la bata, ¿verdad? Él buscó y encontró un Mountain Dew y media madalena.

—Tengo que reavituallarme. ¿Qué te parece Taco Pierre’s? Oh, espera. —Rebuscó de nuevo en los bolsillos—. No llevo las llaves encima.

—Yo tengo las mías, pero no llevas abrigo.

—Taco Pierre’s tiene salsa picante, y tu coche tiene calefacción, ¿no?

—Sí.

La puso a toda potencia mientras subían y le tendió sus guantes, pero para cuando llegaron a Taco Pierre’s él estaba tiritando, y ordenó dos cafés con sus tacos.

—Uno para cada mano —explicó, y tomó seis bolsitas de salsa extrapicante camino de la mesa.

El comedor estaba llevo de envoltorios de tacos y servilletas. Joanna tuvo que limpiar su mesa con una antes de sentarse.

—Alguien tendría que abrir un restaurante más cerca del hospital —dijo Richard.

—Un restaurante agradable —susurró Joanna, sonriéndole. El lugar era un lío, el chico rubio y tatuado del mostrador parecía la foto de la ficha policial del criminal de la pistola de clavos, y no era un lugar romántico que digamos, pero era cálido y estaba vacío. “Y es una especie de cita”, pensó Joanna, “Vielle estará encantada”, y ella también se sintió encantada, mientras daba un mordisco a un Tater Torro que llevaba frito al menos una semana—. Al menos aquí se está calentito.

—Y el café está frío. ¿Qué tenía que decir Mandrake? Me perdí la primera parte.

Ella se lo contó mientras comían.

—Y ahora la señora Davenport está recibiendo mensajes de los muertos. —Sorbió reflexiva su Coca-Cola—. Me pregunto si tienen un código.

—¿Un código? —preguntó Richard, sorbiendo su café frío.

—Sí, como el mensaje que Houdini prometió enviar a su esposa después de muerto —dijo Joanna, dando un mordisco al taco—. “Rosabelle, cree”, le dijo; pero el mensaje era en realidad: “Rosabelle responde di reza responde mira di responde di.” Las palabras equivalían a “cree”. Era el código que utilizaban en su actuación para leer mentes.

—¿Lo consiguió?

—No, y si alguien pudo haber enviado un mensaje ese fue Houdini —dijo Joanna, bebiendo Coca-Cola—, aunque sin duda dentro de un par de días la señora Davenport anunciará que ha hablado con él personalmente y que le ha dicho —fingió un tono sepulcral—: “Aquí no hay ningún temor, ni ningún pesar.”

—”Y nadie se atreve a hacer escapadas bajo el agua” —dijo Richard en el mismo tono fantasmal—. ¿Por qué el más allá siempre parece el lugar más aburrido imaginable?

—Lo aburrido tal vez sea bueno —dijo Joanna, pensando en la oscuridad vacía más allá del puente, y en el oficial diciendo: “Hay agua en la Cubierta D.”

—Te refieres a lo opuesto al Titanic —dijo Richard, como si fuera telépata. Arrugó los papeles que envolvían su burrito. Llevó la bandeja al contenedor de basura—. La verdad es que quería hablar de eso contigo. —Rebuscó en los clasificadores que tenía en el asiento de al lado y sacó la transcripción de su ECM—. Sigues diciendo que es el Titanic. ¿Cómo sabes que lo es?

“Se acabó la cita”, pensó Joanna.

—No estoy diciendo que sea el Titanic de verdad —dijo pacientemente—. Ya lo expliqué antes. No es el barco histórico que se hundió en 1912. Es… no sé, una especie de Titanic mental.

—Lo sé. No es eso lo que te pregunto. ¿Cómo sabes que lo que estás viendo es el Titanic?

—¿Cómo lo sé? Oí los motores pararse y vi a los pasajeros en cubierta. Los vi hacer señales al Californian.

Corrección —dijo Richard, mirando sus datos grapados—, los viste hacer señales a algo. No se hizo ninguna mención al Californian. Lo supusiste. —Tomó un sorbo de café—. No hay ninguna mención de las personas que viste a ningún iceberg o ninguna colisión. De hecho, el sobrecargo dice que cree que se trató de un problema mecánico.

—Pero la joven del camisón lo oyó. Richard sacudió la cabeza.

—Oyó un sonido parecido a una tela al rasgarse. Eso podría ser un montón de cosas.

—¿Cómo qué?

—Una explosión, una colisión, el problema mecánico que describió el sobrecargo. ¿Viste algo que identificara al Titanic por su nombre? ¿Algo con SS Titanic escrito?

RMS —corrigió Joanna—. Era un barco correo real.

—Muy bien, con RMS Titanic escrito. —Hojeó nuevamente las páginas grapadas de su testimonio. Vio que varias líneas habían sido destacadas con un marcador amarillo—. Dijiste que viste los botes salvavidas. ¿Aparecía algún nombre en su costado?

—Estaban cubiertos —dijo Joanna, tratando de recordar si había visto el nombre del Titanic en alguna parte. ¿Tenía alguna insignia la chaqueta blanca del sobrecargo? ¿O la gorra del oficial? No podía recordarlo. ¿Qué más tendría una insignia, o el nombre Titanic?

“Los salvavidas”, pensó, tratando de recordar si había visto alguno en la Cubierta de Botes. No, pero al parecer había uno en la pared interior de la cubierta, justo fuera del pasillo, junto a la luz, con RMS Titanic grabado en rojo.

“Estás dejándote llevar por la imaginación —se dijo bruscamente—. Ésa es una imagen de la película, y si estaba junto a la luz de cubierta, no podrías haberlo visto debido al resplandor.”

—No —reconoció—. No vi nada con el nombre Titanic escrito.

—Eso creía. No estoy seguro de que sea el Titanic. He estado repasando tu transcripción. —Pasó a otra página, copiosamente marcada de amarillo, y leyó—: “¿No va a venir nadie?” “El Baltic, pero está a más de doscientas millas de distancia.” ¿Y el Frankfurt?

La miró.

—Fue el Carpathia el que acudió en su ayuda. Y, según tú misma dices en tu testimonio, el Californian fue el barco que no respondió, no el Frankfurt.