—Bien. Pulso 65, PS 110 sobre 70. Un minuto después, Richard preguntó:
—¿Y ahora?
—Lo mismo —contestó Tish—. Pulso 65, PS 110 sobre 70. ¿Está en sueño no-REM?
—No —dijo Richard, parecía estupefacto—. Sigue en estado ECM. Paremos la ditetamina.
Tish lo hizo, pero no cambió nada. Diez minutos más tarde, el señor Sage seguía en estado ECM.
—¿Hay algún problema?
—No —dijo Richard—. Su ECG está bien, sus constantes vitales están bien, y las pautas del escáner no muestran ninguna anormalidad. Debe de estar teniendo una ECM larga.
Joanna miró al señor Sage. “¿Y si no puede encontrar el pasillo, o el túnel, o lo que quiera que sea para él? —pensó—. ¿Y si se olvidó de colocar su zapatilla de tenis en la puerta o la verja o la barrera que haya atravesado, y se le ha cerrado detrás?”
A los veintiocho minutos y catorce segundos, Richard dijo:
—Muy bien, ya es suficiente.
Y le dijo a Tish que le administrara norepinefrina y lo recuperara.
.—Una cosa buena —dijo, viendo cómo el escaneo finalmente cambiaba a estado no-REM y luego a la pauta consciente—. El señor Sage tendrá un montón de cosas que decirnos.
Pero se mostró tan poco comunicativo como de costumbre.
—Estaba oscuro… —dijo, deteniéndose una eternidad entre frases— y luego hubo una luz… y luego estuvo oscuro otra vez.
—¿Estuvo allí más tiempo esta vez? —preguntó Joanna.
—¿Más tiempo?
“De verdad creo que es bobo”, pensó Joanna.
—Sí —dijo Joanna pacientemente—. ¿Le pareció que pasaba más tiempo?
—¿Cuándo?
—En la oscuridad —dijo Joanna, y como parecía confundido, añadió—: O en la luz.
—No.
—¿Estuvo en el mismo lugar?
—¿Lugar?
Intentó durante casi dos horas y media sacarle algo, sin conseguirlo.
“Al menos no tardaré mucho en transcribir su testimonio —pensó—, y así podré ir al Blockbuster”, pero cuando le pasó la transcripción a Richard, él le pidió que encontrara todas las referencias al tiempo transcurrido en sus entrevistas de ECM y cualquier información sobre el tiempo real de la muerte clínica, si estaba documentada. Eso le llevó toda la tarde. Hacia la mitad del trabajo, Richard llamó a la puerta.
—Creo que no voy a poder ir al picoteo —dijo—. No he terminado de analizar los escaneos del señor Sage, y todavía tengo que encargarme del análisis del neurotransmisor.
—¿Qué hora es? —preguntó Joanna, mirando el reloj—. Oh, Dios mío, las seis menos cuarto.
Grabó lo escrito y recogió su abrigo. Tenía que recoger a Kit a las seis y media. Y todavía no había alquilado los vídeos.
—Dile a Vielle que lo siento. Tal vez la próxima vez —dijo Richard mientras ella buscaba sus llaves.
—Lo haré —contestó, y corrió al Blockbuster.
“Muy bien —se dijo, resbalando en el aparcamiento—, ahora entra, agarra un par de pelis, y ve a por Kit.” Más fácil de decir que de hacer. Glory estaba alquilada, y también Jumpin Jack Flash, y cuando repasó los estantes, la primera película que encontró era de Woody Allen la segunda estaba protagonizada por Kevin Costner, y todo lo demás parecía haber sido filmado por expertos en demolición.
—¿Ya encuentra lo que busca? —preguntó un chaval bajito con una camisa azul y amarilla.
“No —pensó ella—. ¿Sabes dónde está la Gran Escalera? ¿O por qué estoy viendo el Titanic?”
—¿Puedes sugerirme una buena comedia?
—Claro que sí —dijo él, dirigiéndose muy resuelto al pasillo de novedades y tomando una carátula con una foto de Robin Williams disfrazado de payaso—. Muerto de risa, dijo. Trata de un hombre que se muere de una enfermedad del corazón.
Joanna negó con la cabeza.
—¿Y ésta? Eslabón perdido. Es una comedia sobre un tipo con amnesia que no sabe quién es ni cómo se llama…
—¿Qué tal Julia Roberts? —dijo Joanna—. ¿Tienes algo de Julia Roberts?
—Sí, claro —dijo él, y se dirigió a la sección de drama—. Elegir un amor. Julia Roberts y Campbell Scott. Trata de una joven que cuida a un hombre que se está muriendo de leucemia…
—Quiero decir una comedia de Julia Roberts —dijo Joanna, desesperada.
Él frunció el ceño.
—Se acaban de llevar la nueva peli. ¿Qué tal Novia a la fuga?
—Magnífico —dijo ella, quitándole de las manos la carátula azul y amarilla, y cuando iba a marcharse, se volvió—: En ésta no se muere nadie, ¿verdad? ¿Ni nadie pierde la memoria?
Él negó con la cabeza.
—Muy bien —dijo ella, y empezó a buscar su carné del Blockbuster.
Sabía que la noche del picoteo tenía que ser un programa doble, pero no sobreviviría a otra ronda de aquello. Tendrían que conformarse con una.
Además, no había tiempo. Había prometido recoger a Kit a las seis y media, y ya eran las seis y veinticinco. Atrapó Novia a la fuga de la mano tendida del chico bajito, esperando que llegar tarde no diera a Kit tiempo de cambiar de opinión, pero la chica la recibió en la puerta con el abrigo puesto.
—Hola, pase —dijo—. Casi estoy lista.
—¿Adónde vas? —llamó bruscamente el señor Briarley desde la biblioteca.
—Voy a salir, tío Pat —respondió Kit—. Con Joanna. Vamos a ver una película.
—Lo siento —susurró Joanna—. ¿Debería haberte esperado en el coche?
Kit sacudió la cabeza.
—Traté de marcharme un par de veces sin que me viera, pero sólo empeoró las cosas. Pase. Tengo que decirle algo a la cuidadora. Encontré las respuestas a algunas de sus preguntas.
La condujo hasta la biblioteca. El señor Briarley estaba sentado en su sillón de cuero rojo oscuro, leyendo un libro. No levantó la cabeza cuando ellas entraron.
Una mujer de pelo gris con camiseta estaba sentada en el sofá. A Joanna le recordó a la señora Troudtheim. Tenía el mismo aspecto amistoso y serio de “puedo sobrevivir a cualquier cosa”, e incluso llevaba una mochila llena de hilo verde oliva y púrpura brillante. “¿Qué pasa con el ganchillo? —se preguntó Joanna—. ¿Es que la gente se vuelve automáticamente daltónica cuando aprende a hacer ganchillo?”
—Ya tiene mi número de móvil —le dijo Kit—. Se lo pedí prestado a mi primo hasta que pueda tener uno propio —le explicó a Joanna.
—Aquí mismo —dijo la señora Gray, palpándose el bolsillo del pecho de su vestido.
—¿Quieres también el número de Vielle? —le preguntó Joanna a Kit, y cuando ésta asintió, se lo dio a la señora Gray.
—¿Y me llamará si pasa cualquier cosa? —dijo Kit ansiosamente—. ¿Cualquier cosa?
—Te llamaré —dijo la señora Gray, sacando su labor—. Ahora ve a pasártelo bien, y no te preocupes. Tengo las cosas bajo control.
—¿Ir? —dijo el señor Briarley, cerrando su libro y marcando el punto de lectura con el pulgar—. ¿Adónde vas?
—Voy a salir, tío Pat. Voy a ver una película. Con Joanna, Joanna Lander —dijo, presentándole a Joanna. El no dio muestras de reconocerla.
—Fue estudiante tuya en Dry Creek. Vamos a ver una película. Joanna pensó en el sobrecargo, marchándose una y otra vez de la cubierta, en la joven del camisón, diciendo una y otra vez: “Hace mucho frío.” ¿Era así tener Alzheimer, estar atrapada en una alucinación en un sueño, repitiendo las mismas frases, las mismas acciones, una y otra vez? ¿Y qué había de Kit? Ella también estaba atrapada en una interminable pesadilla repetida, aunque no se notaba por la forma tranquila y amorosa en que le respondía y le palmeaba el brazo.