– ¿En qué hospital está?
– Ha recibido tratamiento en el Royal South London, pero actualmente está otra vez en casa.
– ¿Y cuál es exactamente la enfermedad que sufre?
– Hepatitis autoinmune -dijo-. Últimamente le ha provocado una cirrosis grave.
Ella también tomó nota de aquello con una mueca, como si comprendiera la gravedad del asunto.
– ¿Puede decirme qué tipo de servicio podría proporcionar su empresa?
– Bueno -dijo ella-. Se está acercando el periodo de vacaciones de Navidad, así que creo que deberíamos actuar con rapidez. Normalmente el trasplante y los cuidados postoperatorios se dispensan en una clínica a una distancia cómoda del hogar del receptor. Si el presupuesto es un problema, hay algunas alternativas más baratas, como hacer la operación en China, la India u otros países, por ejemplo.
– ¿Cuánto cuesta un trasplante de hígado en el Reino Unido?
– ¿Sabe qué grupo sanguíneo tiene su sobrino?
– AB negativo.
Los ojos de ella se iluminaron y levantó las cejas imperceptiblemente.
– No es muy común.
– Lo sé.
– Nuestro precio por un hígado es de trescientos mil euros. Necesitamos el cincuenta por ciento por adelantado, antes de empezar a buscar, y el otro cincuenta por ciento a la entrega, antes de que se inicie el trasplante. Garantizamos que encontraremos un hígado compatible en menos de una semana desde la entrega del primer pago.
– ¿Incluso con un grupo sanguíneo poco frecuente?
– Por supuesto -respondió ella, segura de sí misma.
– Así, dado que mi sobrino vive en Brighton, en Sussex, en Inglaterra… ¿Dónde tendría lugar el trasplante?
– Brighton es una ciudad muy bonita -dijo ella.
– ¿Ha estado allí?
– ¿En Brighton? Ja, claro. Con mi marido, hicimos un recorrido por Inglaterra.
– Así pues, ¿cuentan con alguna clínica cerca de Brighton?
– Tenemos instalaciones en todo el mundo, señor Taylor. Tiene que confiar en nosotros. En algunos lugares tenemos instalaciones para trasplantes de hígado y riñón, en otros para corazón y pulmones, y en otros para los cuatro. Puedo darle referencias de gente muy satisfecha con nuestro servicio. Personas que no estarían vivas hoy sin nuestra intervención. Pero no hay ninguna presión. En su país, mil personas mueren cada año por falta de un órgano para una operación que les podría haber salvado. Sin embargo, un millón doscientas cincuenta mil personas mueren cada año en accidentes de tráfico en todo el mundo. En Transplantation-Zentrale no somos más que intermediarios. Reconfortamos a los seres queridos de las personas que han muerto de forma repentina y trágica, dándole un uso a sus órganos, que salvarán la vida de otras personas. Así, esas personas encuentran cierto sentido a la muerte del ser querido. ¿Lo entiende?
– Sí. ¿Qué trasplantes hacen en Sussex?
– Hígado y riñones -respondió, y le miró con expresión interrogativa -. ¿Usted lleva un carné de donante encima?
– No -respondió él, sonrojándose.
– Ni usted ni la mayoría de las personas. Sin embargo, si se despierta mañana y el riñón le falla, señor Taylor, estará agradecido de que otra persona lo lleve.
– Bien pensado. Dígame algo. ¿No hay nadie en la zona de Brighton que haya recurrido a sus servicios y con quien pudiera hablar?
– Comprenderá que mantenemos la confidencialidad de nuestros clientes.
– Naturalmente.
– Comprobaré nuestros registros y, si hay alguien en su zona, me pondré en contacto con ellos y veré si quieren hablar con usted.
– Gracias. ¿No puede decirme qué clínica usarán?
Ella se mostró evasiva.
– Lo siento, pero eso dependerá de la disponibilidad de quirófanos. No tomaremos una decisión hasta que se acerque el momento.
– ¿Una institución privada o de la red pública?
– No creo que su sistema de Seguridad Social se muestre muy deseoso de cooperar, señor Taylor.
– ¿Porque esto es ilegal?
– Si quiere llamar a salvar la vida de su sobrino «ilegal», pues sí. Correcto. -Miró su reloj-. Tengo que tomar un avión, así que lo siento, pero, dado que ha llegado usted tarde, tenemos que dejarlo aquí. ¿Querrá pensar en lo que le he dicho? ¿Llevarse información nuestra a su casa? Aquí nunca tenemos que esforzarnos en vender nuestros productos. ¿Por qué? Porque, sencillamente, siempre hay gente desesperada. Y siempre hay órganos. Ha sido un placer conocerle, señor Taylor. Tiene mi dirección electrónica y mi número de teléfono. Estoy disponible veinticuatro horas al día, siete días a la semana.
La limusina de Marlene Hartmann estaba esperando en la calle y ella se mostraba impaciente por llegar al aeropuerto: tenía el tiempo justo. Pero se quedó sentada a su mesa hasta que vio por la cámara de circuito cerrado que Roy Grace había salido del edificio. Luego se descargó al teléfono móvil dos fotografías capturadas con la cámara y se las envió por mensaje a Vlad Cosmescu, en Brighton, pidiéndole que identificara a aquel hombre urgentemente.
«Señor Taylor, es usted un mentiroso», pensó.
Tras diez años vendiendo órganos, conocía su mercado bastante bien. Sabía cómo funcionaba el sistema en el Reino Unido. Si un paciente sufría de un fallo hepático «agudo», inmediatamente lo ponían en la lista de trasplantes y lo hospitalizaban. No podía quedarse en casa. Roger Taylor, si es que aquél era su nombre real -y sospechaba que no lo era- había caído en la primera trampa. ¿Quién sería? ¿Y por qué habría ido a verla? Por la actitud de aquel hombre y el tipo de preguntas que hacía, sospechaba que ya conocía la respuesta.
Entonces, cuando se disponía a marcharse, sonó el teléfono y, de pronto, se le complicó el día.
89
Con el buen tiempo y la enorme extensión de agua del canal de la Mancha a su alrededor, las condiciones para la inmersión -a pesar de que la temperatura del agua se aproximara al punto de congelación- eran todo lo buenas que se podía pedir. Comparado con un lago infestado de algas o un canal mugriento con carritos de la compra, alambre de espino y trozos de metal cortante atrapados, aquello era, como solían decir los de la Unidad de Rescate Especializado, una «inmersión Gucci». Pero en los dos monitores que transmitían imágenes de las cámaras de vídeo de los submarinistas no había más que una nube gris.
Jon Lelliott -más conocido como JIPE-, con la ayuda de Chris Dicks, Clyde, habían identificado ya el barco como el Scoob-Eee. Y habían encontrado en la cabina de proa un cuerpo que estaban sacando a la superficie.
El resto de los miembros del equipo, acompañados por Glenn Branson, que se sentía algo mareado -aunque mucho mejor que en su última salida al mar-, observaban desde la borda la masa de burbujas que afloraba en la superficie alrededor de los tubos amarillos, azules y rojos del aire y de voz, y las cuatro cuerdas con las que se había sumergido la bolsa de flotación. Unos momentos después apareció la cabeza de JIPE, con las gafas puestas, acompañada unos segundos más tarde por un cuerpo que salía al exterior entre un torrente de burbujas.
– ¡Mierda! -exclamó Gonzo.
Branson apartó la mirada, haciendo un esfuerzo para no devolver el desayuno.
JIPE empujó el cuerpo, que, sujeto a las bolsas de flotación, flotaba sobre el agua, y lo acercó al costado del yate.
Entonces varios componentes del equipo, con la torpe colaboración de Glenn Branson, tiraron de las cuerdas e izaron el pesado cuerpo, empapado de agua, por la borda de la embarcación, hasta superar la baranda.
El ingeniero que había diseñado aquella embarcación probablemente tenía en la mente que la cubierta posterior la ocuparían ricos playboys y bellas fulanas en topless. Probablemente nunca imaginaría la imagen con la que ahora se encontraba el equipo de la URE y el desventurado sargento.