– Pobre tío -dijo Arf.
– ¿Seguro que es Jim Towers? -le preguntó Tania Whitlock.
Aunque estuviera al mando de la Unidad de Rescate Especializada, la sargento llevaba con el equipo menos de un año y no conocía tan bien todas las caras del puerto como su equipo.
Él asintió con gravedad.
– Sin duda -confirmó Gonzo-. Yo he trabajado con él unos cinco años. Ése es Jim.
El cuerpo del hombre estaba atado, hasta el cuello, con cinta adhesiva americana gris, de la que asomaba sólo la cabeza, en la que únicamente tenía un trozo de cinta, sobre la boca. Arf se agachó, tiró de ella y la arrojó por la borda.
– Hijos de puta -dijo-. Los odio.
A Glenn le resultaba evidente por qué.
La parte inferior del rostro del muerto, con una espesa barba, estaba intacta, aparte de los trozos que le habían arrancado de los labios. Pero la mayor parte de la piel de los pómulos y de la frente y los músculos y los tendones del interior habían desaparecido, dejando a la vista fragmentos de hueso del cráneo. Tenía la cuenca de un ojo vacía. En la otra estaban los restos del globo ocular, reducido al tamaño de una pasa.
– No creo que pida cóctel de cangrejo con aguacate durante un tiempo -bromeó Glenn, intentando hacer de tripas corazón.
– ¿A alguien le apetece un funeral en alta mar? -preguntó Juice.
Nadie levantó la mano.
90
Vlad Cosmescu era un hombre preocupado. Estaba sentado a su mesa, con el ordenador delante, y ya no disfrutaba de las vistas del litoral de Brighton. Cada media hora aproximadamente comprobaba, obsesivamente, las últimas noticias en la versión por Internet del periódico local, Argus.
Estaba mortificado desde aquella llamada de teléfono de la semana anterior.
La has cagado.
Durante años, aquella ciudad había sido un chollo para él. Con dinero y chicas en abundancia. Le daba el dinero necesario para mantener a su hermana retrasada en un buen centro. Y para llevar un estilo de vida que en otro tiempo sólo habría podido soñar.
Siempre había sido cuidadoso hasta la obsesión. Se había ganado la confianza de sus jefes y había ido creando poco a poco su negocio en la ciudad. Las salas de masaje. Las agencias de chicas de compañía. Los lucrativos negocios de la droga. Y, más recientemente, la conexión alemana.
El comercio de órganos era el mejor negocio de todos. Cada trasplante realizado con éxito suponía miles de libras que acababan en su bolsillo. Y de ahí, directamente, a su cuenta en Suiza.
Si había aprendido algo de su país de adopción, era que la Policía estaba obsesionada con el tráfico de drogas. Todo lo demás quedaba en segundo plano. Y a él aquello le iba muy bien.
Todo iba perfectamente. Hasta Jim Towers.
Quizás el capitán se había equivocado realmente echando aquellos cuerpos en una zona de dragado. Pero él no lo creía. Towers había intentado joderle, cualquiera que fuera el motivo. ¿Ética? ¿Chantaje? De pronto el teléfono sonó: un mensaje de texto.
Era de su principal fuente de ingresos: Marlene Hartmann, desde Múnich.
Al igual que él mismo, para dificultar la localización por parte de la Policía, compraba un nuevo teléfono móvil prepago cada semana.
El texto decía: «¿Conoces a este hombre?».
Había dos fotografías adjuntas. Las abrió. Unos momentos más tarde, estaba buscando un cigarrillo.
La primera vez que había instalado su negocio en la ciudad, se preocupó de conocer la cara de todos los policías que pudieran acabar mostrando interés por él. Y había seguido la carrera de éste en particular, gracias al periódico Argus, durante varios años. Había sido testigo de cómo había ido ascendiendo.
Marcó el número.
– Superintendente Roy Grace, del DIC de Sussex -le informó.
– Acaba de estar en mi despacho.
– A lo mejor necesita un órgano.
– No lo creo -dijo ella, sarcástica-. Pero creo que deberías saber que acabo de recibir una llamada de sir Roger Sirius. La Policía ha ido a interrogarle a su casa hoy mismo, esta mañana.
– ¿Sobre qué?
– Creo que no querían más que tantear el terreno. A ver qué pescaban. Pero deberíamos poner en marcha la Alternativa Uno inmediatamente. ¿De acuerdo?
– Sí, yo diría que sí.
– Voy a poner todo en marcha. Mantente a la espera -le ordenó.
– Estoy listo.
Marlene Hartmann colgó con su habitual brusquedad.
Cosmescu encendió el cigarrillo y se lo fumó nerviosamente, pensando a toda prisa, repasando la lista de la Alternativa Uno mentalmente. No le gustaba que la Policía hubiera ido a ver al cirujano y a la vendedora de órganos, y menos que hubiera sido el mismo día. Eso no podía significar nada bueno.
De pronto llamó su atención una noticia que apareció en la pantalla: «Aparece cuarto cuerpo en el canal», decía el titular.
Leyó las primeras líneas del artículo. Un equipo de submarinistas de la Policía que había salido en busca del barco pesquero Scoob-Eee, registrado en Shoreham, había recuperado un cuerpo de entre los restos.
«Futu-i! -pensó-. Oh mierda, mierda, mierda.»
91
Lynn estaba sentada en su lugar de trabajo, con un nudo en la garganta por la ansiedad. Tenía enfrente el bocadillo de atún que había traído para almorzar, al que le había dado un pequeño bocado, junto a su manzana intacta.
No tenía apetito. Sentía mariposas en el estómago y estaba hecha un manojo de nervios. Aquella noche, después del trabajo, tenía una cita. Pero las mariposas no eran de las que solían provocarle la emoción previa a un encuentro con su novio cuando era adolescente. Eran más bien como oscuras polillas atrapadas. Su cita era con el odioso Reg Okuma. O, más específicamente, por lo que a ella respectaba, era con sus 15.000 libras en efectivo, tal como le había prometido.
Aun así, por lo que había dejado entender aquella mañana al teléfono, él esperaba algo más que una copa rápida.
Cerró los ojos un momento. Caitlin estaba empeorando día a día. A veces daba la impresión que de hora en hora. Esa mañana, su madre le estaba haciendo compañía. La Navidad estaba al caer. Marlene Hartmann le había garantizado un hígado antes de una semana tras la recepción del primer pago, y ahora aquello ya estaba hecho. Pero independientemente de las promesas de la vendedora de órganos -y de todas las referencias que había pedido para quedarse tranquila- la realidad era que en Navidad mucha gente cerraba, y que las ruedas de quien no lo hacía giraban a un ritmo más lento.
Ross Hunter la había llamado por teléfono horas antes, para implorarle que llevara a Caitlin al hospital.
– Sí, para que muera allí, ¿verdad?
Una de sus colegas, una joven alegre y amable llamada Nicky Mitchell, se le acercó y le dejó un sobre cerrado sobre la mesa.
– ¡Tu amigo invisible! -dijo.
– Vale, gracias.
Lynn se quedó mirando el sobre, preguntándose a quién, de entre sus compañeros, le tocaría comprar un regalo. Normalmente aquello le habría hecho ilusión, pero ahora mismo no era más que otra molestia.
En la gran pantalla de la pared, enfrente, se leían las palabras: «¡Bote de Navidad!», rodeadas de arbolitos festivos y monedas de oro girando. El bote superaba ya las 3.000 libras. En aquella oficina todo olía a dinero. Estaba segura de que, si abría a sus colegas por la mitad, de sus venas saldrían monedas en lugar de sangre.
Todo aquel dinero. Millones. Decenas de millones.
¿Y por qué, entonces, le costaba tanto encontrar las últimas quince mil libras para la vendedora de órganos? Mal, su madre, Sue Shackleton y Luke se habían portado estupendamente. En su banco se habían mostrado sorprendentemente comprensivos, pero como ya había superado su límite de crédito, el director le había dicho que tendría que pedir permiso a la central, y que no confiaba en que se lo dieran. Su única opción era intentar ampliar la hipoteca, pero aquello era un proceso que llevaría muchas semanas, tiempo del que no disponía.