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De pronto sonó su teléfono móvil. El número estaba oculto. Respondió furtivamente; no quería que le llamaran la atención por responder a una llamada privada.

Era Marlene Hartmann, con aquella voz tersa y agitada:

– Señora Beckett, hemos identificado un hígado apto para su hija. Realizaremos el trasplante mañana por la tarde. Por favor, tenga a Caitlin preparada, con las bolsas preparadas, mañana a mediodía. ¿Tiene la lista que le envié con todo lo que necesitará llevar?

– Sí, sí -dijo Lynn. Pero tenía la voz tan seca por los nervios y la emoción que apenas se le oía-. ¿Puede decirme… algo sobre el… donante?

– Procede de una joven que ha sufrido un accidente de carretera y que está en muerte cerebral, con técnicas de soporte vital. No puedo decirle más.

– Gracias -dijo Lynn-. Gracias.

Colgó, mareada por la emoción… y el miedo.

92

Hacía demasiado frío para buscar a pie, así que se sentaron en el Opel de Ian Tilling, mirando por los huecos que habían abierto entre la condensación de las ventanillas mientras el coche avanzaba lentamente por las húmedas calles próximas al café. Eran poco más de las cuatro y media y la luz bajo las lúgubres nubes de nieve iba volviéndose cada vez más tenue.

Ya habían parado e investigado en varios agujeros bajo el asfalto, pero hasta el momento no habían encontrado ninguno ocupado. Volviendo sobre sus pasos, pasaron de nuevo por el colmado, el café, la carnicería y luego frente a una iglesia ortodoxa cubierta de andamios. Dos grandes perros, uno gris y otro negro, estaban muy entretenidos abriendo una bolsa de basura con los dientes.

Raluca, en el asiento trasero, ya tranquila tras su chute, de pronto se irguió y se echó adelante.

– ¡Señor Ian! ¡Allí, por ahí, mire! ¡Pare el coche! -gritó, excitada.

Al principio, lo único que veían en la dirección que señalaba era un amplio solar vacío con varios coches abandonados, y un puñado de bloques de pisos con montones de antenas parabólicas cubriendo las fachadas, como una plaga de percebes.

Tilling se echó a un lado y paró el coche inmediatamente, tras atravesar un bache creado por las rodadas. Detrás, oyeron el airado bocinazo de un viejo camión que pasó como una exhalación y que no llegó a rozar el lateral del coche por un pelo.

Raluca señaló a través del parabrisas hacia tres siluetas que habían salido de un orificio abierto en un bloque de hormigón. Con la luz y la nieve, era imposible determinar si era el borde de la carretera o la acera. Cerca del agujero, Tilling vio una caseta de perro improvisada, creada con un trozo de valla caída. En el interior había un perro que mascaba algo, ajeno al frío. A poca distancia, con el motor encendido y emitiendo un denso humo por el tubo de escape, había un gran Mercedes negro.

Una de las tres figuras era una mujer alta y elegante vestida con un gorro de piel, un abrigo largo y oscuro y botas. Llevaba cogida de la mano a una chica de cabellos castaños y aspecto desconcertado con un gorro de lana, un anorak azul, un chándal de colores variados y unas zapatillas deportivas absolutamente inadecuadas para aquella nieve. La tercera persona era un chico, con una sudadera con capucha y vaqueros que también llevaba zapatillas deportivas y permanecía junto al agujero, mirándolas sin saber muy bien qué hacer.

La mujer guiaba a la chica hacia el coche. Ésta se giró y se despidió agitando la mano con tristeza. El chico le devolvió el saludo y le dijo algo. Entonces la chica se giró y se despidió del perro del mismo modo, pero el animal no la estaba mirando.

El viento agitaba la nieve, convirtiéndose en una ventisca.

– ¡Es ella! -gritó Raluca-. ¡Ésa es Simona!

Ian Tilling salió corriendo del coche, con la nieve clavándosele en la cara como perdigones. Andreea también salió corriendo del asiento del acompañante, y detrás de ella las otras dos.

Otro camión pasó a su lado peligrosamente rápido y tuvieron que esperar. Luego, abriéndose paso por la sucia nieve acumulada, Tilling gritó todo lo fuerte que pudo.

– ¡Alto! ¡Alto!

La mujer y la chica estaban a más de cincuenta metros, junto al coche.

– ¡Alto! -volvió a gritar. Y luego le gritó al chico-. ¡Detenías!

Al oír su voz, la mujer se giró, abrió a toda prisa la puerta trasera del coche, hizo entrar a la chica de un empujón y se metió a toda prisa tras ella. El Mercedes arrancó antes de que hubieran cerrado siquiera la puerta trasera.

Tilling siguió corriendo tras el coche unos cien metros, hasta que cayó de bruces. Jadeando, se puso en pie y echó a correr de nuevo, esta vez hacia su Opel, gritándoles a Raluca, Ileana y Andreea que se metieran en el coche. Se detuvo junto al chico y vio que tenía una mano atrofiada.

– ¿Era Simona?

El chico no respondió.

– ¿Simona? ¿Era esa Simona?

Siguió sin responder.

– ¿Tú eres Romeo?

– Quizá.

– Escucha, Romeo, Simona está en peligro. ¿Adónde va?

– La señora se la lleva a Inglaterra.

Tilling soltó un improperio, se fue corriendo al coche, subió y pisó el acelerador, siguiendo la misma dirección del Mercedes.

Al cabo de unos minutos se dio cuenta de que lo habían perdido.

Pero entonces se le ocurrió otra cosa.

93

Ya echaba de menos a Romeo y Artur. Había visto la expresión de tristeza en la cara del perro cuando le había dado el hueso, como si supiera, como si notara que iban a separarse para siempre.

Le había prometido a Artur que volvería algún día. Le había rodeado el cuello sarnoso con los brazos y le había dado un beso. Pero él la miraba como si no se lo creyera, como si hubiera despedidas y «despedidas», y él supiera ver la diferencia. El perro se llevó el hueso a su caseta improvisada sin mirar atrás.

Simona se dio cuenta de que podría vivir sin Artur. El perro era un superviviente y se las arreglaría. Pero no podría vivir sin Romeo. En lo más profundo de su corazón ya lo echaba de menos. Las lágrimas le surcaban las mejillas, que enjugaba con Gogu, la tira de piel falsa y raída que llevaba consigo, su única posesión.

Allí, en el asiento trasero del elegante coche negro, con sus cristales tintados y el rico aroma del cuero y del perfume de la alemana, sintió que nunca había estado tan sola en su vida. La mujer no dejaba de hablar por su teléfono móvil, y de vez en cuando miraba ansiosamente por el parabrisas trasero, hacia la oscuridad. Iban despacio, por una calle cubierta de nieve sucia mezclada con sal, entre el denso tráfico. Y cada pocos minutos ella fijaba la vista en la nuca del hombre al volante.

El hombre tenía el pelo tan corto que parecía una pelusa, con aquel tatuaje de una serpiente con la lengua bífida que asomaba por el lado derecho del cuello de la blanca camisa y que había visto un par de veces, cuando la mujer había encendido las luces interiores para tomar notas en su agenda.

Se estremeció, asustada, pese al hecho de que la mujer estuviera allí, con ella, para protegerla.

Era el conductor del hombre que la había salvado de la Policía en la Gara de Nord y que luego la había violado, el que había intentado forzarla en el camino de vuelta. Y al que ella había mordido y pegado.

Sus ojos se cruzaron por el retrovisor, y ella vio que la miraba repetidamente, indicándole que aún no había acabado con ella, que no se le había olvidado. Simona intentó dejar de mirar al espejo, pero cada vez que cedía a la tentación, los ojos de él estaban allí, clavados en ella.

Ojalá le hubiera hecho más daño. Ojalá le hubiera arrancado aquella cosa de un bocado.

Por fin la mujer puso fin a su conversación telefónica.

– ¿Cuándo vendrá Romeo? -preguntó Simona con tristeza.

– ¡Pronto, meine Liebe! -La mujer le dio una palmadita en la mejilla con la mano, enfundada en un guante-. Volveréis a reuniros muy pronto. Te gustará Inglaterra. Serás muy feliz allí. ¿No estás emocionada?

– No.

– Pues deberías. ¡Una nueva vida!

En silencio, para sus adentros, Marlene Hartmann pensaba: «De hecho, tres nuevas vidas».

Era una pena desperdiciar su corazón y sus pulmones, pero no tenía a ningún solicitante para ellos en el Reino Unido, y no quería correr el riesgo de retrasar el asunto a la espera de que apareciera algún receptor apto. Sobre todo, con la Policía husmeando. Y esos órganos no sobrevivirían el tiempo necesario para enviarlos a otro país. Al igual que en el caso de los trasplantes de hígado, lo mejor era tener al donante y al receptor muy cerca el uno del otro, para que el lapso entre la muerte y el trasplante fuera el menor posible. La chica era demasiado pequeña como para dividir su hígado en dos, pero un trasplante por sí sólo ya suponía suficiente beneficio.

Los riñones tenían un tiempo de conservación razonable, de hasta veinticuatro horas, si se conservaban bien. Ya tenía compradores para los riñones de Simona esperando, uno en Alemania y otro en España. En otros países podría vender la piel, los ojos y los huesos de la chica, pero el margen de ganancias con esos órganos era muy bajo y no valía la pena exportarlos desde Inglaterra. Sacaría 100.000 euros de ganancias netas por los dos riñones, y 130.000 por el hígado, tras cubrir gastos.

Estaba muy satisfecha.