– ¿Cuánto tiempo necesitaremos para conseguir que se mueva un secretario de Estado? -preguntó Bella Moy
– El sistema se ha acelerado mucho últimamente. En Londres aceptarán la instrucción con sólo una llamada. -Miró el reloj-. Deberíamos tener el consentimiento y las líneas pinchadas antes de medianoche.
– Puede que esa mujer y la niña ya estén aquí, señor -señaló Guy Batchelor.
– Sí, es posible. Pero creo que deberíamos seguir manteniendo vigilados los puntos de entrada. Gatwick es el más probable, pero necesitamos cubrir también Heathrow -aseguraos de que lo tenemos controlado- y el túnel del canal y los puertos de los ferris. Yo llamaré a Bill Warner, en Gatwick, y le diré que controle todas las llegadas de vuelos de Bucarest y de otros puntos de procedencia posibles. -Se quedó callado un momento-. Me temo que nos espera una larga noche. No quiero que mañana nos encontremos con otro cadáver.
95
«¡Venga, venga, venga! ¡Maldito tráfico! ¡Mierda de tráfico!»
Ian Tilling estaba haciendo sonar constantemente la bocina, pero eso no cambiaba nada. Durante la hora punta de la tarde, todo el centro y la periferia de Bucarest se convertía en un atasco inmenso. Aquella tarde la nieve empeoraba aún más las cosas, alargando las aglomeraciones hasta bien entrada la noche.
El único consuelo era que el coche que llevaba a Simona también estaría atascado.
«Asqueroso cabrón, subcomisario Radu Constantinescu», pensó Tilling, frotando una vez más el limpiaparabrisas por dentro para eliminar el vaho y contemplando la borrosa imagen de las luces de freno de una limusina Hummer que tenía delante. Durante los últimos cuarenta minutos había estado llamando repetidamente al móvil y a la línea directa de su despacho al único oficial de Policía de Bucarest con poder que conocía. En ambas líneas el teléfono sonaba interminablemente, sin que nadie respondiera ni saltara el contestador. ¿Habría acabado ya su jornada? ¿Estaría en una reunión? ¿De servicio, en el turno más largo del mundo?
Estaba casi seguro de que la alemana estaría llevando a Simona a uno de los dos aeropuertos internacionales de Bucarest. El más probable, el que habían probado en primer lugar, era el más grande, el de Otopeni. Pero allí no estaban. Ahora estaba intentando llegar al segundo. Necesitaba desesperadamente contactar con el subcomisario, y que hiciera que los detuvieran, o por lo menos que les impidiera dejar el país, si conseguía convencer al policía.
El tráfico avanzó unos centímetros y volvió a detenerse, y frenó de golpe: casi le da un topetazo al Hummer. Se estaba quedando sin gasolina y el indicador de temperatura estaba alcanzando un nivel peligrosamente alto. Llamó de nuevo a Constantinescu y, para su sorpresa y alivio, esta vez contestó al primer tono. Oyó la voz grave del oficial del Policía.
– ¿Sí?
– Soy Ian Tilling. ¿Cómo está?
– ¡Señor Ian Tilling, amigo mío, miembro del Imperio británico por los servicios prestados a los indigentes de Rumania! ¿En qué puedo ayudarle?
– Necesito un favor muy urgente.
Tilling oyó claramente un ruido de succión y se dio cuenta de que el policía probablemente estaría encendiéndose un nuevo cigarrillo con el final del anterior. Le explicó la situación todo lo rápida y escuetamente que pudo.
– ¿Tiene el nombre de la alemana?
– La Policía inglesa me ha dicho que se llama Marlene Hartmann.
– No conozco ese nombre. -De pronto tuvo un acceso incontrolable de tos-. ¿Y el nombre de la niña?
– Simona Irimia. Dijo que la buscaría, ¿se acuerda? Esperaba que pudiera identificarla.
– ¡Ah!
Consternado, Tilling oyó un cajón que se abría. Era el cajón que había visto abrir y cerrar al policía durante su última visita a su despacho. El cajón en el que el subcomisario había metido los tres retratos robot y las series de huellas que Tilling le había pedido que hiciera circular. Estaba claro que se había olvidado de todo ello, como de la mayoría de las cosas que no eran prioritarias para él.
– Marlene Hartmann. ¿Me lo deletrea, señor Importante?
Tilling se lo deletreó con mucha paciencia. Luego, con la ayuda de Raluca, le dio una descripción detallada de Simona.
– Llamaré al aeropuerto ahora mismo -le aseguró Constantinescu-. Esas dos, juntas, no deberían ser difíciles de encontrar, sea en los mostradores de facturación o en el control de pasaportes. Le pediré a la Policía del aeropuerto que detenga a la mujer como sospechosa por tráfico de seres humanos. ¿Sí? ¿Usted va hacia allá?
– Sí.
– Yo le llamaré y le diré el nombre del agente de Policía con quien debe contactar cuando llegue. ¿De acuerdo?
– Gracias, Radu. Se lo agradezco de corazón.
– Tomaremos una copa pronto, para celebrar su «gong». ¿Vale?
– ¡Tomaremos varias! -respondió Tilling.
A medida que el Mercedes se alejaba de la ciudad, el tráfico iba volviéndose más fluido. Marlene Hartmann se giró una vez más a mirar por el parabrisas trasero. Aliviada, comprobó que los faros de un vehículo que habían tenido detrás los últimos cuarenta minutos iban desapareciendo entre la nieve, en la distancia.
Simona apoyó la cara contra el frío cristal de la ventanilla, con Gogu contra la mejilla, observando a través de la nieve los edificios que poco a poco iban dando paso a un vasto paisaje vacío, oscuro y traslúcido, del color de la luna.
Marlene Hartmann se acomodó en su asiento, abrió su ordenador portátil y empezó a comprobar su correo electrónico. Tenían una larga travesía nocturna por delante.
96
A Lynn no solía gustarle el invierno, porque implicaba que cuando salía del trabajo ya estaba oscuro. Pero aquella noche, en que Reg Okuma había aparcado en la calle, daba las gracias de que hubiera oscurecido, aunque el coche resultara claramente visible bajo la luz de las farolas. A cincuenta metros ya oía el retumbar de la música procedente de sus potentes altavoces, así como el borboteo de los tubos de escape, gruesos como cañerías.
Era un viejo BMW Serie 3 de un color marrón que recordaba el estiércol, pero, por lo menos, tenía los cristales tintados. El motor estaba encendido, supuso que para que funcionara el amplificador.
La puerta se abrió ante ella y vaciló por un momento, preguntándose si no estaría cometiendo un terrible error. Pero necesitaba desesperadamente el dinero que había prometido. Mirando a su alrededor para comprobar que nadie de su trabajo la viera, se subió al asiento del acompañante y se apresuró a cerrar la puerta.
El interior del coche era aún más horrible que el exterior. Los graves procedentes de los altavoces, que marcaban el ritmo de alguna canción rap abismal, le sacudían literalmente el cerebro. Un par de dados de peluche, colgados del retrovisor interior, también se agitaban al ritmo de la música. Había una hilera de luces azules e iridiscentes sobre el salpicadero que, por un momento, pensó que podrían ser una especie de decoración navideña, pero al momento se dio cuenta de que estaban allí porque a Reg Okuma le parecían muy modernas. Y el denso hedor de la colonia de aquel hombre era aún más embriagador que la música.
La agradable sorpresa fue el ocupante del coche.
Lynn siempre se había intentado hacer una imagen mental de sus clientes, y la que tenía de Reg Okuma, que era un cruce entre Robert Mugabe y Hannibal Lecter, distaba mucho de la realidad, que ahora, a la luz de las farolas y de las lucecillas iridiscentes, veía por primera vez.
Tendría menos de cuarenta años, y en realidad era bastante atractivo, con un aire de fuerza y confianza en sí mismo que le recordó al actor Denzel Washington. Delgado y fibroso, rapado, vestía camisa y americana negras. En los dedos llevaba demasiados anillos, una voluminosa pulsera de eslabones de oro en una muñeca y un reloj deportivo en la otra, del tamaño de un reloj de sol.