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– ¡Lynn! -dijo él, con una gran sonrisa, intentado besarla torpemente.

Ella se echó atrás, en un movimiento igual de forzado.

– Llevo todo el día empalmado, pensando en ti. ¿Tú también estás mojada, pensando en mí?

– ¿Has traído el dinero? -preguntó ella, mirando por la ventana, aterrada ante la posibilidad de que alguno de sus colegas pudiera pasar por allí y la viera.

– Es una vulgaridad hablar de dinero en una cita romántica, ¿no crees, preciosa?

– Vámonos de aquí.

– ¿Te gusta mi coche? Es el 325 i. -Hizo énfasis en la «i»-. Es la versión a inyección. Es muy rápido. No es un Ferrari. Todavía no. Pero ya llegará.

– Me alegro por ti -dijo-. ¿Nos vamos?

– Primero quiero mirarte -dijo él, girándose y contemplándola-. ¡Eres aún más guapa en carne y hueso que en mis sueños! -exclamó. Luego, afortunadamente, metió la marcha y el coche salió disparado.

Ella miró atrás y vio una bolsa de lona como las de los bancos, la cogió y se la puso sobre las piernas. Un momento después sintió la fuerte y huesuda mano de él sobre su muslo.

– ¡Vamos a tener una noche de sexo tan fantástica, preciosa! -dijo él.

Se detuvieron tras una larga cola de coches en el semáforo de New England Hill. Ella miró en el interior de la bolsa y vio fajos de billetes de cincuenta libras cogidos con bandas di goma. Muchos.

– Está todo ahí -dijo él-. Reg Okuma es un hombre de palabra.

– Por mi experiencia, no tanto -replicó ella, animada por el hecho de que hubiera coches delante y detrás de ellos. Sacó un fajo y lo contó rápidamente: mil libras.

La mano de él fue subiendo por el muslo.

Sin hacer caso de su lento avance hacia arriba, contó los fajos. Quince.

De pronto sintió que le apretaba justo entre las piernas. Ella apretó los muslos y le apartó la mano con firmeza. De ningún modo iba a acostarse con Okuma. No por quince mil libras. Ni por ningún precio. Sólo quería coger el dinero y salir de allí. Pero incluso en su estado de desesperación, sabía que aquello no era tan sencillo.

– Vamos a un bar -propuso él-, mi dulce Lynn. Luego he reservado una mesa en un sitio romántico. Tendremos una cena a la luz de las velas, y luego haremos el amor como nunca.

Sus dedos presionaron con más fuerza hacia la entrepierna de ella.

El semáforo se puso en verde y pasaron, girando hacia la izquierda, colina arriba. Ella le cogió la mano, se la quitó de allí, y la puso sobre el muslo de él.

– Me pones mucho, Lynn.

Veinte minutos más tarde estaban sentados en la terraza del bar Karma, en el entarimado del puerto deportivo de Brighton. A pesar de que la estufa de gas que tenían encima ardía a máxima potencia, estaba congelada. Reg Okuma fumaba un puro inmenso y ella estaba sentada, arrebujada en su abrigo, dando sorbitos a un whisky sour que había pedido por insistencia de él, y de hecho le estaba gustando. En cualquier caso, le habría gustado mucho más si hubieran estado dentro.

Había un par de mesas más ocupadas por fumadores, pero, por lo demás, la terraza acordonada estaba desierta. Por debajo, en las oscuras aguas del puerto, las jarcias de los yates entrechocaban con ruidos metálicos empujadas por el viento.

– Bueno, preciosa mía -dijo él, llevándose el vaso a los labios-. Cuéntame más sobre ti.

– Primero dime tú cómo sabes que mi hija está enferma -soltó ella, imperturbable y en guardia.

Él le dio una calada a su puro y aspiró el rico y denso humo. A ella le gustaba el olor, que le recordaba los puros que fumaba su padre en Navidad, cuando era una niña.

– Mi bella Lynn -dijo él con aquella voz gruesa y tono de reprobación-, Brighon y Hove será una ciudad, pero ya sabes que, en realidad, es como un pueblo. Yo salía con una profesora del colegio de tu hija. Una noche fui a buscarla y te vi. Pensé que eras la mujer más guapa que había visto nunca. Le pregunté quién eras, y me habló de ti. Aquello me hizo desearte aún más. Eres una persona tan bondadosa… No hay suficientes personas buenas en el mundo.

97

Chipre todo el mundo conducía por la derecha. Lo que convertía al país en un mercado estupendo para colocar coches británicos robados. Por supuesto, había otros países, pero Chipre era el menos estricto con los controles. Siempre que hicieras un buen trabajo cambiando los números de chasis y del motor y falsificando bien la documentación, no tenías problemas. Vlad Cosmescu sabía desde tiempo atrás, por algunos de sus conocidos en la ciudad, que si querías hacer desaparecer un coche sin dejar rastro, el modo más eficiente era enviarlo a Chipre.

No era un hombre sentimental, pero al ver su querido Mercedes SL 55 AMG negro desapareciendo en un contenedor, bajo el brillo de las lámparas de arco del concurrido muelle del puerto de Newhaven, por un momento lo lamentó. Echó la última calada a su cigarrillo y luego lo tiró al suelo. A unos metros de allí, una grúa izaba otro contenedor en el aire y lo llevaba hacia la cubierta de un barco. Oyó una bocina y vio un camión que se abría paso por entre una maraña de cajones, contenedores, personas y vehículos.

Había sacado partido a su estancia en Inglaterra, y en Brighton le había ido muy bien. Pero para sobrevivir en la vida, como en el juego, había que ser disciplinado y saber retirarse en lo más alto. Con el descubrimiento de los restos del Scoob-Eee y la recuperación del cadáver de Jim Towers, en aquel momento sólo les sacaba un pequeño margen de ventaja.

Un día más y estaría fuera de allí. Un último trabajo del que encargarse. Al día siguiente, por la noche, estaría volando hacia Bucarest. Tenía una buena cantidad de efectivo apartada.

Se le abrían muchas oportunidades. Quizá se quedara en ropa, pero había muchos otros lugares que le interesaban. Brasil en particular, donde todo el mundo decía que había tantas chicas guapas, y muchas de ellas interesadas en trabajar en el mercado del sexo en otros países. Desde luego, le apetecía ir a algún sitio cálido. A algún sitio cálido con bellas mujeres y buenos casinos.

En inglés había una expresión para aquello. ¿Cómo era? Algo como «El mundo es tu ostra», que significaba algo así como: «el mundo está a tu disposición».

Pero quizá las metáforas marinas no eran lo más apropiado en aquel momento.

98

Algo más tarde, regresaban por el paseo entarimado casi desierto y azotado por el viento, hacia el aparcamiento. Con tres whisky sours y media botella de vino en el cuerpo, Lynn se sentía más sosegada. Y triste por Okuma. Nunca había conocido a su padre. Su madre había muerto de sobredosis cuando él tenía siete años y se había criado con unos padres adoptivos que habían abusado de él. Después había pasado por una serie de orfanatos. A los catorce años se había unido a una pandilla callejera de Brighton, los únicos, según dijo, que le habían proporcionado cierta autoestima.

Durante un tiempo se había ganado la vida como camello de un traficante de la zona. Luego, tras un periodo en un reformatorio, se había matriculado en la Escuela de Negocios de la Universidad de Brighton. Se había casado y había tenido tres hijos, pero unos meses después de licenciarse, su mujer le había dejado por un rico agente inmobiliario. Desde entonces decidió que el único modo de conseguir cierto estatus era ganar mucho dinero. Y eso es lo que estaba intentando. Pero hasta el momento su vida había sido una serie de salidas en falso.

Unos años atrás había llegado a la conclusión de que era muy difícil ganar mucho dinero en poco tiempo a través de negocios legítimos, así que había empezado a buscarse chanchullos.

– Todos los negocios son un juego, Lynn -dijo-. ¿Verdad?

– Bueno…, yo no diría tanto.

– ¿No? Yo sé cómo funcionan las agencias de cobro de morosos. Ganáis mucho dinero con lo que recuperáis de deudas ya contraídas. ¿No es eso un juego?