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Miró a su vez al médico, decidida.

– Ross, no puedo. Esta noche no.

– ¿Por qué demonios no puedes? ¿Estás loca?

– No puedo dejar que vaya al hospital a morir. Eso es lo que va a suceder. Lo único que va a hacer allí es morir.

– No morirá si recibe tratamiento inmediato.

– Pero sin un nuevo hígado morirá, Ross, y no tengo ninguna confianza en que vayan a encontrarle uno.

– Es su única posibilidad, Lynn.

– Esta noche no puedo, Ross. ¿Quizá mañana por la tarde?

– No entiendo tu renuencia.

Luke subía las escaleras con el agua. Ella tomó el vaso y le dio las gracias. El chico se quedó allí, escuchando. Lynn no podía decirle que se fuera.

– Quiero que le des algo, Ross.

– Yo no soy hepatólogo, Lynn.

– ¡Tú eres médico, joder! -le soltó. Luego sacudió la cabeza, arrepentida-. Lo siento, Ross. Pero debe de haber algo que le puedas dar. No lo sé, algo para reforzarle el hígado, algo para combatir ese maldito dolor, algo para animarla, una dosis de vitaminas o algo así.

Él sacó el teléfono móvil del bolsillo.

– Lynn, voy a llamar una ambulancia.

– ¡¡¡No!!!

Aquel arranque de genio le dejó sin habla. Por unos momentos, los dos se quedaron mirándose a los ojos, como en una especie de duelo. Entonces él la observó, escéptico.

– Aquí pasa algo, ¿no, Lynn? ¿Hay algo que no me has contado? ¿Estás pensando en llevártela al extranjero? ¿Para que le hagan un trasplante en China?

Ella se le quedó mirando sin responder, preguntándose si podía atreverse a confiar en él; cruzó su mirada con la de Luke, instándole con el gesto a que no abriera la boca.

– No -dijo ella.

– No sobreviviría al viaje, Lynn.

– No… No voy a llevármela al extranjero.

– Entonces, ¿por qué quieres retrasar su ingreso en el hospital?

– Tú no me preguntes, Ross. ¿Vale?

– Creo que deberías decirme lo que pasa -dijo él, frunciendo el ceño-. ¿Estás en tratos con algún médico alternativo? ¿Un curandero?

– Sí -dijo ella, de pronto sin aliento por los nervios-. Sí. Tengo… Tengo a alguien…

– ¿Y no podrían visitarla en el hospital?

Lynn sacudió la cabeza con fuerza.

– ¿Entiendes hasta qué punto estás poniendo en peligro la vida de Caitlin al hacer esto?

– ¿Y qué demonios ha hecho tu jodido sistema por ella hasta ahora? -espetó Luke de pronto, hecho una furia-. ¿Qué coño ha hecho el sistema de la Seguridad Social por ella? ¿Meterla y sacarla del hospital durante años, ponerla en una lista de trasplantes y hacer que tenga esperanzas, encontrarle un hígado y luego decidir que más valía la pena dárselo a un capullo alcohólico para que pueda pasarse un par de años más metiéndose lingotazos? ¿Qué quieres hacer con ella? ¿Mandarla de nuevo a ese agujero de mierda para que más gente pueda prometerle un jodido hígado que nunca va a conseguir?

Se giró, frotándose los ojos con el dorso de los puños. En el silencio que siguió, Lynn y el médico se quedaron mirándose el uno al otro, compungidos.

Tras limpiarse la nariz, Lynn dijo:

– Tiene razón.

– Lynn -dijo Ross Hunter, con voz grave-, le daré una fuerte dosis de antibióticos y te dejaré unos comprimidos para darle cada cuatro horas. Ayudarán a combatir la infección que está causándole el dolor. Si le doy un enema, eso también la ayudará, al reducir la acumulación de proteínas en el intestino. En realidad debería estar con gotero: tienes que hacer que tome mucho líquido.

– ¿De qué tipo?

– Glucosa. Necesita mucha. Y tienes que hacer que coma, toda la comida que consigas que trague.

– Eso funcionará, ¿verdad, Ross?

Él la miró, muy serio.

– Si haces todas esas cosas, espero que aguante un tiempo. Pero lo que estás haciendo es peligroso, y sólo estás ganando un poco de tiempo. ¿Lo entiendes?

Ella asintió.

– Volveré mañana por la tarde. A menos que haya mejorado notablemente, que no creo, me la llevaré directamente al hospital. ¿De acuerdo?

Ella le rodeó con sus brazos y lo abrazó.

– Gracias -suspiró, entre lágrimas-. Gracias.

100

Glenn Branson cogió el abrigo, dejó a Bella Moy sentada en el interior del coche de Policía camuflado, cruzó la estrecha calle de detrás del Metropole Hotel y volvió a llamar al timbre del 1202 con la placa «J. Baker». Se quedó esperando junto al edificio, soportando el gélido viento, a la espera de oír algún ruido por el interfono.

Pero una vez más, sólo hubo silencio.

Ya eran más de las cuatro de la mañana. En el bolsillo tenía la orden de registro que había firmado a las once de la noche Juliet Smith, magistrada de larga carrera que siempre se había mostrado muy colaboradora. Desde entonces habían mantenido la guardia toda la noche, con sólo dos breves interrupciones.

La primera había sido para visitar uno de los lugares donde solía ir Cosmescu, el Rendezvous Casino, en el puerto olímpico, pero el director les había dicho, no sin pesar, que en contra de su costumbre el señor Baker no les había visitado desde hacía varios días. La segunda había sido para buscar unos bocadillos de beicon y unos cafés en el Market Diner, una de las pocas cafeterías de la ciudad que abrían toda la noche.

Tiritando, volvió al coche y cerró de un portazo, aliviado al aislarse de los elementos. El olor grasiento a beicon aún flotaba en el ambiente. Bella lo miró, preocupada.

– Creo que es hora de despertar al portero -sugirió.

– Sí, me parece que somos unos egoístas reservándonos el placer de disfrutar de esta bella noche para nosotros solos.

– Muy egoístas -corroboró ella.

Salieron del coche, lo cerraron y se dirigieron de nuevo a la puerta principal. Glenn apretó el botón en el que ponía «Conserje». No hubo respuesta. Al cabo de unos momentos volvió a intentarlo. Pasaron unos treinta segundos y luego se oyó un chasquido, seguido de una voz con un fuerte acento irlandés.

– Sí. ¿Quién es?

– Policía -dijo Glenn Branson-. Tenemos una orden de registro para uno de los pisos y necesitamos que nos abra.

El hombre parecía escéptico.

– ¿Policía, dicen?

– Sí.

– ¡Vaya! Denme un momento, para que me vista.

Poco después abrió la puerta un hombre de aspecto fuerte y de unos sesenta años, con la cabeza rapada y la nariz rota, de boxeador, vestido con un suéter, unos pantalones de chándal anchos y chanclas.

– Sargento Branson y sargento Moy -dijo Glenn, mostrando la placa.

Bella también le enseñó la suya y el irlandés los miró por turnos, poco convencido.

– ¿Y su nombre es…? -preguntó Bella.

Cruzándose de brazos en actitud defensiva, el conserje respondió:

– Dowler. Oliver Dowler.

Entonces Glenn sacó una hoja de papel.

– Tenemos una orden de registro para el piso 1202 y llevamos llamando al timbre desde las once de la noche, pero no responden.

– Bueno… ¿El 1202? -dijo Oliver Dowler, frunciendo el ceño. Luego levantó el dedo y sonrió-. No me sorprende que no les responda. Su ocupante dejó libre el piso ayer. Se les ha escapado por poco.

Glenn soltó un improperio.

– ¿Lo ha dejado? -preguntó Bella Moy.

– Se ha mudado.

– ¿Sabe dónde ha ido? -inquirió Glenn.

– Al extranjero -respondió el conserje-. Estaba harto del clima de Inglaterra. -Entonces se golpeó el pecho-. Como yo. Me quedo dos años más, y luego me retiro a las Filipinas.