– ¿No ha dejado una dirección, ni un número de teléfono?
– Nada en absoluto. Dijo que ya llamaría él.
– Vamos a su piso -dijo Glenn, señalando hacia arriba!
Los tres subieron al ascensor, que les llevó directamente al ático.
Tal como había dicho Oliver Dowler, Cosmescu había dejado el piso vacío. No había ni un mueble. Ni una alfombra, ni moqueta, ni basura de ningún tipo. Un par de bombillas desnudas colgaban de los portalámparas, y unos cuantos halógenos brillaban con fuerza. Olía a pintura fresca.
Se pasearon por cada una de las habitaciones, oyendo el eco de sus propios pasos. Parecía como si una brigada de limpieza profesional hubiera pasado por allí. En la cocina, Glenn abrió la nevera y el congelador. Estaban vacíos. Al igual que el lavavajillas. Comprobó el interior de la lavadora y de la secadora, en el trastero: también estaban vacías.
No había nada que Glenn Branson y Bella Moy pudieran registrar, que diera alguna pista sobre el antiguo ocupante del piso, ni que hiciera pensar que el piso hubiera estado ocupado siquiera. Tampoco había sombras en las paredes que revelaran que se habían retirado cuadros o espejos.
Branson pasó el dedo por una pared pintada de gris pálido, pero, pese a lo reciente de la pintura, ya estaba seca.
– ¿El piso era de alquiler o de propiedad? -preguntó Bella Moy.
– De alquiler -dijo el conserje-. Contrato de seis meses, renovable, sin amueblar.
– ¿Cuánto tiempo llevaba aquí?
– Más o menos igual que yo. Diez años hará que llegué el mes que viene.
– ¿Así que su contrato terminaba ahora? -dijo Glenn Branson.
Dowler negó con la cabeza.
– No, qué va. Tenía pagados tres meses más.
Los dos policías se miraron, frunciendo el ceño. Glenn le dio al conserje una tarjeta.
– Si se pone en contacto con usted, ¿me informará, por favor? Tenemos que hablar con él muy urgentemente.
– Dijo que me mandaría alguna carta o un correo electrónico dándome su nueva dirección, para las facturas y esas cosas.
– ¿Qué nos puede decir de él, señor Dowler? -preguntó Bella.
Él sacudió la cabeza.
– En diez años nunca he tenido una conversación con él. Nada. Muy discreto -dijo. Luego se sonrió-. Pero le he visto unas cuantas veces con jovencitas muy guapas. Tenía buen ojo para las mujeres, desde luego.
– ¿Y su coche?
– También se lo ha llevado. -Bostezó-. ¿Me necesitan para algo más esta noche, o puedo dejarles que sigan con su investigación?
– Nos puede dejar. No creo que nos quedemos mucho rato -dijo Glenn.
– No -dijo el conserje, con una sonrisita burlona-, no creo.
Cuando se fue, Glenn se sonrió.
– ¡Ya lo tengo!
– ¿Qué? -preguntó Bella.
– A quién me recuerda el conserje. Es a Yul Brynner, el actor.
– ¿Yul Brynner?
– Los siete magníficos.
Ella se quedó desconcertada.
– ¡Una de las mejores películas de la historia! También salían Steve McQueen, Charles Bronson y James Coburn.
– No la he visto.
– ¡Vaya, pues sí que has salido poco de casa!
Por la expresión alicaída de su rostro, se dio cuenta de que había tocado un punto débil.
101
A las 7.45 de la mañana, en la atestada sala de reuniones de la Unidad de Rescate Especializado, Tanya Whitlock estaba dando instrucciones a su equipo para una operación que no era del gusto de nadie.
El examen post mortem realizado a Jeffery Deaver, traficante de drogas de Brighton que había caído desde un séptimo piso, revelaba que el golpe en el lado del cráneo había sido causado por un objeto pesado y romo que le había golpeado antes de la caída y no, como se había supuesto en un principio, por el impacto contra una de las barandas con las que había dado al caer de cabeza.
A partir de la marca biselada en el cráneo y de los análisis de los fragmentos hallados en el pelo, el forense había concluido que el arma homicida podía ser una antigua lámpara de mesa de latón que la consternada novia de Deaver echaba de menos en el piso.
Desplegado frente a Tania había un rudimentario mapa de un gran espacio abierto al sur de Old Shoreham Road, junto al cementerio de Hove: el vertedero y depósito de reciclaje de Hove. Todo el equipo se había pasado el día anterior buscando la lámpara entre dieciocho toneladas de basura infestada de ratas. Y ahora varios de ellos tenían dolores de cabeza por el metano procedente de la basura en descomposición y se disponían a volver para proseguir con la búsqueda.
Al tiempo que las primeras luces del alba aparecían tras el edificio de la División de Apoyo Científico, el piloto de un Cessna de cuatro plazas comunicaba con la torre de Shoreham.
– Golf Bravo Echo Tango Whiskey procedente de Dover.
El pequeño aeropuerto no contaba con iluminación artificial, por lo que sólo operaba entre el alba y el ocaso. Aquel avión sería uno de los primeros de la mañana en llegar.
– Golf Bravo Echo Tango Whiskey, pista Cero Tres. ¿Cuántos pasajeros?
– Voy solo -dijo el piloto.
La sargento Whitlock mostraba la siguiente sección de la cuadrícula que debían cubrir y todos los miembros del equipo atendían, concentrados. Ninguno de ellos oyó el motor de la avioneta que descendía sobre sus cabezas, maniobrando en círculo para embocar la pista 03 del aeropuerto de Shoreham.
Despegaban y aterrizaban aviones y helicópteros privados constantemente. Al no haber vuelos internacionales, no había presencia de guardias de fronteras, ni aduana. Los aviones procedentes de otros países debían informar por radio, esperar a que llegara un guardia de fronteras y un agente de aduanas y permanecer en la nave hasta pasar ambas formalidades. Pero aquello normalmente suponía un gran retraso, ya que en muchos casos los agentes no llegaban, así que los pilotos a veces se arriesgaban y no se molestaban en informar.
Desde luego, el piloto del bimotor Cessna no tenía ninguna intención de informar por radio. El plan de vuelo que había comunicado la noche anterior era de Shoreham a un aeródromo privado cerca de Dover y vuelta. Había omitido un pequeño desvío al otro lado del canal, hasta Le Touquet, en Francia, y vuelta -que había hecho con el transpondedor apagado-. En caso de pagos en metálico como el que había cobrado por aquel viaje, no tenía ningún problema en omitir algún dato en sus planes de vuelo.
Ya en tierra, siguió la triple fila de avionetas detenidas hasta su lugar de aparcamiento, y se alegró al oír que estaban llegando más aviones, lo que mantendría al personal de la torre ocupado. Giró, colocando el avión en el mismo plano que los demás, echó el freno y bajó las revoluciones. Miró alrededor, por si hubiera alguien que mostrara interés por ellos, y luego apagó ambos motores.
Al ir parando las hélices, la vibración y el ruido disminuyeron. El piloto se quitó los auriculares, se giró hacia la bella alemana rubia que tenía justo detrás y dijo:
– ¿OK?
– Sehr gut -respondió ella, disponiéndose a desabrochar el cinturón.
Él levantó una mano.
– Tenemos que esperar un poco -advirtió. Miró de nuevo al exterior, nervioso, y se giró hacia la adolescente, de aspecto fatigado, vestida con un bonito abrigo blanco, que estaba detrás de la mujer-. ¿Te ha gustado el vuelo?
La niña no sabía inglés, pero por el tono entendió la intención de lo que le decía y le respondió con una sonrisa nerviosa. Él alargó el brazo y le soltó el cinturón de seguridad. Luego le indicó con un gesto que se quedara quieta, salió y saltó del avión. Dejó la puerta entreabierta.
Marlene Hartmann agradeció la ráfaga de aire frío y fresco, aunque estuviera impregnado de aquel olor a queroseno. Luego bostezó y le sonrió a Simona. La niña le devolvió la sonrisa. «Qué mona», pensó Marlene. En otro país, en circunstancias diferentes, podría haber llevado una buena vida. Volvió a bostezar, ansiosa por tomarse un café. Había sido una noche muy, muy larga. Por carretera hasta Belgrado, luego un vuelo a última hora hasta París, y después, a las cuatro de la mañana, un taxi hasta Le Touquet. Pero allí estaban. Y estaba satisfecha de cómo había ido todo.