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– No -respondió Lynn, sacudiendo la cabeza.

La voz de Caitlin ganó algo de fuerza.

– Parecían bastante desesperados, ¿sabes? Eso es algo desesperado, ¿no? Dejarnos esa foto de la niña. A menos que sea cierto, claro.

Se quedó mirando fijamente a su madre, de pronto enfocando otra vez.

– Probablemente esos cuerpos suponen una gran presión. Quizás estén desesperados por obtener una solución. Intentarán cualquier cosa, recurrirán a lo que sea.

– Sí, bueno, nosotras también estamos bastante desesperadas.

A pesar de todo lo que sentía, Lynn sonrió y luego rodeó a Caitlin con los brazos y la apretó más fuerte que nunca.

– Dios, te quiero, cariño. Muchísimo. Lo eres todo para mí. Eres el motivo por el que me levanto cada mañana. Eres el motivo por el que trabajo todo el día. Eres mi vida. ¿Sabes?

– Deberías salir más.

Lynn sonrió y la besó en la mejilla.

– Siempre me tratas fatal.

– Sí -respondió Caitlin, también sonriendo-. ¡Y tú eres tan jodidamente «posesiva»!

Lynn la empujó suavemente, estirando los brazos pero sin soltarla.

– ¿Sabes por qué soy tan posesiva?

– Porque soy guapa, lista, inteligente y tendría el mundo a mis pies si no fuera por un pequeño problema, ¿verdad? Dios me dio un hígado de una caja equivocada.

Lynn se echó a llorar. Eran lágrimas de alegría. Lágrimas de tristeza. Lágrimas de terror. Abrazando fuerte a Caitlin de nuevo, murmuró:

– Están mintiendo. El poli mentía. No le creas. «Mentía». Tú créeme a «mí». Tesoro, cariño, tú créeme a «mí». Yo soy tu madre. «Tú créeme».

Caitlin la abrazó a su vez, con las pocas fuerzas que tenía.

– Sí, vale. Te creo.

De pronto, se giró, haciendo un ruido gutural.

Liberándose de los brazos de su madre, se abalanzó sobre el fregadero. Lynn se puso a su lado, agarrándola del brazo para evitar que se cayera.

Entonces Caitlin vomitó violentamente.

Horrorizada, Lynn observó que no era vómito lo que salpicaba el fregadero y los azulejos de la pared. Era sangre de un rojo intenso.

Mientras abrazaba a su hija, que tosía y respiraba agitada-mente, supo que, en aquel preciso momento, no le importaba nada más. No le importaba si el superintendente Grace decía la verdad o no. No le importaba si la niña de la fotografía que había traído tenía que morir. No le importaba quién tuviera que morir. Si hacía falta, ella misma mataría a quien fuera, con sus propias manos, para salvar la vida de su hija.

109

Simona estaba sentada en una silla en una habitación pequeña y sin ventanas, llorando y bebiendo un vaso de Coca-Cola. La habitación le recordaba la celda en la que había pasado una noche cuando Romeo y ella habían sido arrestados, hacía un par de años, por robar en una tienda. El mismo olor a desinfectante. Allí no había nada más que estantes llenos de material médico. Tenía tanta hambre que le dolía el estómago.

– Quiero a Gogu -sollozó.

La gran enfermera rumana, que había agarrado tan fuerte a Simona por el brazo que le habían salido cardenales, estaba de pie, con los brazos cruzados frente a la puerta, observando cómo bebía.

– Se me ha caído fuera.

– Iré a buscarlo más tarde -replicó ella.

Simona se sintió un poco mejor al oír aquello y asintió en agradecimiento. Se quedó mirando el vaso y luego volvió a mirar a la mujer.

– Por favor, ¿pueden darme algo de comer? -preguntó por tercera vez en el cuarto de hora que llevaba allí-. ¿Lo que sea?

– Bebe -ordenó la mujer.

Simona obedeció y bebió un poco más. Quizá cuando se acabara el segundo vaso le darían algo de comer, y la mujer iría a buscar a Gogu.

– ¿Qué tipo de trabajo haré aquí? -preguntó.

La enfermera frunció el ceño.

– ¿Trabajo? ¿Qué tipo de trabajo?

Simona sonrió, fantaseando.

– ¡A mí me gustaría trabajar detrás de una barra! -dijo-.

Me gustaría aprender a preparar bebidas. Ya sabe, bebidas elegantes. ¿Cómo les llaman? ¡Cócteles! Creo que ése sería un buen trabajo, preparar bebidas y hablar con la gente. Seguro que en este hotel tienen un bonito bar, ¿verdad? -Al ver que la enfermera seguía frunciendo el ceño se apresuró a añadir-: Pero, por supuesto, no me importa el tipo de trabajo. Cualquier cosa. Podría limpiar. No me importa limpiar. Estoy contenta de estar aquí. ¡Y estaré aún más contenta cuando llegue Romeo! ¿Cree que será pronto?

– Bebe -respondió la mujer.

Simona apuró el vaso. Luego se quedó sentada en silencio, con la mujer allí de pie, cruzada de brazos, como un centinela.

Unos minutos más tarde, Simona de pronto empezó a adormilarse. De pronto se mareó y no conseguía fijar la vista en la mujer. Ni en las paredes ni en los estantes. Eran imágenes que pasaban frente a sus ojos rápido, cada vez más rápido.

La enfermera permaneció impasible, viendo cómo a Simona se le cerraban los ojos y caía de lado sobre el suelo, donde quedó inmóvil, respirando con fuerza.

Entonces se cargó a la niña al hombro, la trasladó unos metros por el pasillo hasta la pequeña sala preoperatoria y la colocó sobre la camilla de acero. Luego le quitó toda la ropa, comprobando si Simona llevaba algo de valor. A veces, las ratas callejeras como aquella niña ocultaban objetos robados en sus cuerpos, con la esperanza de venderlos en Inglaterra.

Poniéndose un guante de goma a toda prisa, antes de que llegara nadie más, buscó en el interior de la boca de la niña; luego tanteó cuidadosamente en la vagina y en el ano. ¡Nada! ¡Zorrilla inútil!

A continuación llamó por el intercomunicador al anestesista y le dijo, disimulando a duras penas su indignación, que la niña estaba lista.

110

Justo en el momento en que Roy Grace atravesaba la puerta de la SR-1, la matrícula Romeo Sierra Cero Ocho Alfa Mike Lima era detectada por una cámara de RAM. La información le llegó inmediatamente por radio. Se detuvo frente a la sala, abarrotada de agentes, y tomó nota de la información. El Aston Martin de sir Roger Sirius se dirigía al norte desde la rotonda Washington, en la A24.

Al instante llamó a la Unidad de Operaciones Aéreas y solicitó el despegue del H900, el helicóptero de la Policía. Calculaban que tardarían nueve minutos en sobrevolar la rotonda, que estaba seis kilómetros al norte de Worthing, y a quince kilómetros del helipuerto, en el aeropuerto de Shoreham.

Hizo un cálculo rápido. La velocidad máxima del H900, según el viento de morro o de cola que tuviera, era de 210 km/h. El tráfico en aquel punto de la A24 solía ser fluido, al tener doble carril, pero era poco probable que Sirius quisiera correr el riesgo de que le detuvieran por exceso de velocidad. Suponiendo que viajara a 130 km/h y que siguiera por esa carretera, el helicóptero debería tenerlo a la vista en unos quince minutos.

Eso dando por hecho que no tomara algún desvío.

Aunque el cielo estaba encapotado, las nubes estaban altas, lo que daba mucha visibilidad al chopper. Grace hizo un gesto con la mano a un par de miembros de su equipo que intentaban llamar su atención y se acercó al mapa que habían colgado en la pizarra blanca. Mostraba Sussex y parte de los condados vecinos, con la posición de las casas de Lynn Beckett y sir Roger Sirius marcadas con sendos círculos rojos. Con círculos violetas habían señalado todas las clínicas y los hospitales privados de la zona. Eran muchos, entre clínicas deportivas, centros de diagnóstico y clínicas dermatológicas, y Grace sabía que la mayoría podían ser descartadas por no tener suficiente envergadura como para albergar las instalaciones que buscaban.

Enseguida localizó la A24 y la rotonda, y luego siguió la carretera con el dedo hacia el norte. El coche podía estar yendo a muchos sitios diferentes. Una posibilidad era el área metropolitana de Horsham o Guildford, pero Grace tenía la sensación de que una clínica privada con las instalaciones necesarias para trasplantes y con todo el personal necesario resultaría más fácil de ocultar en algún lugar del campo.