Echó un vistazo a su reloj, esperando con impaciencia que el coche fuera detectado por alguna otra cámara RAM, o a recibir noticias del helicóptero, y lamentando su decisión de dejar al equipo de vigilancia frente a la puerta de la casa de Sirius, en lugar de decirles que siguieran al coche.
No sabía de cuánto tiempo disponían, pero por la llamada que habían interceptado, irían a recoger a Lynn Beckett y a su hija en breve. Suponía que tendrían como mucho unas horas.
No habían interceptado ninguna llamada más, y aquello le pareció una mala señal. Significaba que no había perdido el control con su visita y que seguía adelante. Por supuesto, era posible que tuviera otro teléfono, uno de prepago que no hubiera registrado, pero si fuera así, sin duda lo habría usado antes, en lugar de la línea fija, ¿no? O el teléfono de su hija, suponiendo que tuviera uno.
Cualquiera que fuera el lugar al que iban a ir ella o Sirius -y estaba seguro de que sería el mismo sitio-, él atacaría con todas sus fuerzas. Durante la noche había ido reuniendo efectivos y tenía a todos los vehículos y agentes a la espera. Afortunadamente, de momento la mañana había sido tranquila en Sussex, y contaba con todo el equipo necesario.
– ¡Señor! -le llamó Jacqui Phillips, una de las agentes de documentación.
Él se le acercó. El día anterior le había encargado preparar una lista de todos los fabricantes y distribuidores al por mayor de material quirúrgico, instrumental y fármacos del país. Ella le presentó la lista, pero era tan larga que resultaba inviable. Tardarían semanas en repasarla.
A continuación le requirió Glenn Branson. El sargento había recibido respuestas a la alerta general que habían transmitido a los puertos de entrada, distribuyendo las fotografías de Marlene Hartmann y de Simona. Se habían producido unos cuantos avistamientos potenciales durante la noche y la madrugada, como el de una madre y una hija rumanas que habían sido retenidas por la Policía de Gatwick una hora, y otra pareja con una niña, procedentes de Alemania, que habían sido interrogados a su llegada con el Eurostar.
– Creo que tenemos que presuponer que ya está aquí -dijo Grace.
– ¿Quieres que cancele la alerta?
– Déjala una hora más, por si acaso.
La radio volvió a hacer ruido. Otra cámara había detectado a Sirius. Seguía en la A24, esta vez más allá de Horsham, y seguía hacia el norte. Grace volvió a mirar el reloj. Sirius iba a toda mecha. A ese ritmo, en poco tiempo saldría del condado y entraría en Surrey, lo que significaría que habría que informar de la persecución a la Policía de allí.
Contactó con el helicóptero, les transmitió la información y les preguntó dónde estaban.
El oteador respondió que estaban llegando a Horsham. A los pocos segundos de cortar la comunicación, la radio de Grace volvió a crepitar y oyó la voz agitada del oteador.
– ¡Tenemos contacto visual con Romeo Sierra Cero Ocho Alfa Mike Lima! En una zona de tráfico lento. Se está acercando a unas obras. Sigue hacia el norte por la A24.
Grace volvió al mapa y trazó un amplio arco de este a oeste por encima de la posición del coche. Había siete círculos violetas bajo el arco, correspondientes a otras tantas clínicas.
Pero tras diez angustiosos minutos más, el helicóptero informó de que el Aston Martin seguía viajando hacia el norte. Malhumorado y con la vista puesta de nuevo en el mapa, Grace pensó que, de seguir así, muy pronto llegaría a la M25, la carretera de circunvalación de Londres.
– ¿Dónde cojones estás yendo? -dijo en voz alta.
De los veintidós miembros del equipo de investigación que estaban en la sala en aquel momento, agazapados frente a sus pantallas, o con teléfonos en el oído, o enfrascados en el análisis de listados, ninguno tenía ni idea.
111
Lynn estaba en su habitación, cerrando la cremallera de su bolsa, cuando sonó el timbre.
El sonido resonó por sus venas. Le resonó en el alma. Se quedó helada, presa del pánico.
¿Sería la Policía otra vez?
Entonces se dirigió hacia la ventana y miró hacia abajo con cautela. En el exterior había un taxi Streamline, de color turquesa y blanco.
Sintió el alivio extendiéndosele por todo el cuerpo. No esperaba un taxi, pero estaba bien. Al irse aclarando su mente, pensó que aquello era bueno. ¡Un taxi! ¡Sí, muy bueno! Un taxi quería decir que Marlene Hartmann no tenía nada que ocultar. Un taxi estaba a la vista de todos. Si a ellos les parecía bien mandarle un taxi, no tenía que haber ningún problema. «Jódete, tú y tus malditas historias de miedo, superintendente Grace», pensó. Luego dio unos golpecitos en el cristal. El conductor, un hombre de entre cuarenta y cincuenta años con una cazadora de aviador que estaba de pie junto a la puerta, levantó la vista y Lynn le indicó con un gesto que ya iban.
Entonces bajó su bolsa y la de Caitlin en un repentino arranque de optimismo. Todo iba a ir bien. Todo saldría bien. Todo iría de maravilla. ¡Iba a darle a Caitlin las mejores navidades de su vida!
– ¡Vamos, cariño! -la llamó-. ¡Nos vamos!
Caitlin estaba sentada junto a la mesa de la cocina, con Max en el regazo, acariciándolo y con la mirada fija en la chica rumana de la fotografía. El vaso de agua con glucosa y los antibióticos prescritos por Ross Hunter estaban allí, enfrente, intactos.
– ¿Ya le has puesto agua y comida a Max, cariño? -preguntó Lynn.
Caitlin la miró sin expresión en los ojos.
– ¿Cariño?
De pronto el optimismo de Lynn desapareció, al ver la confusión en el rostro de su hija.
– No te preocupes, yo lo haré.
Enseguida rellenó el cuenco de agua, llenó el dispensador de comida, cogió a Max con suavidad de entre los brazos de Caitlin, le dio una caricia y un beso y lo dejó en el suelo.
– ¡Vigila la casa, Max! ¿Vale? ¡Recuerda tu ascendencia!
En condiciones normales Caitlin habría hecho una mueca. Pero no hubo reacción. Lynn le tocó el brazo con suavidad.
– Venga, tesoro, bébete eso, tómate las pastillas y pongámonos en marcha.
– No tengo sed.
– Hará que te encuentres mejor. No puedes comer nada esta mañana, antes de la operación. ¿Recuerdas?
A regañadientes, Caitlin bebió. Cogió el vaso e hizo ademán de ponerse en pie, pero volvió a caer pesadamente en la silla, derramando parte del líquido.
Lynn se la quedó mirando un momento, sintiendo de nuevo el pánico en aumento. Le sostuvo el vaso y la ayudó a tragar el resto del líquido y las pildoras; luego salió corriendo y le pidió al taxista que la ayudara.
Dos minutos más tarde, el equipaje estaba en el maletero y Lynn le cogía la mano a Caitlin en el asiento trasero del taxi, que se puso en marcha.
Cien metros más atrás, el Volkswagen Passat verde comunicó por radio que el Objetivo Dos se ponía en marcha y transmitió el número del taxi. Desde su mesa, en la SR-1, Grace ordenó que lo siguieran y que no lo perdieran de vista.
– ¿Adónde vamos? -preguntó Lynn al taxista.
– ¡Es una sorpresa!
Ella vio su sonrisa misteriosa por el retrovisor.
– ¿Qué quiere decir?
– No me está permitido decírselo.
– ¿Qué?
– Es un poco como una historia de espías, a lo James Bond.
– Sí, Muere otro día -murmuró Caitlin, con los ojos entrecerrados. Ahora se estaba rascando los muslos, cada vez con más fuerza.
Giraron por Carden Avenue, y luego otra vez a la izquierda por la carretera de Londres, dirigiéndose al sur, hacia el centro de Brighton.
Lynn miró la tarjeta identificativa del taxista, colocada sobre el salpicadero. Leyó su nombre: «Mark Tuckwell».