– ¡«Negocios ocultos»! -dijo Branson-. ¿Has visto la peli?
Grace sacudió la cabeza.
– Era sobre inmigrantes ilegales que vendían riñones en un hotel casposo en Londres.
Aquello atrajo toda la atención del superintendente.
– ¿De verdad? Cuéntame más.
– ¡Roy! -le llamó de pronto Nadiuska-. ¡Mira, esto es interesante!
Grace, seguido por Glenn Branson, se acercó al cadáver y se quedó mirando al diminuto tatuaje al que señalaba. Frunció el ceño.
– ¿Qué es eso?
– No lo sé.
Se giró hacia Glenn Branson. El sargento se encogió de hombros y dijo lo que era evidente:
– No es inglés.
37
Romeo bajó por la escalera de acero, con una enorme bolsa de la compra bajo el brazo. Valeria estaba sentada en su viejo colchón, apoyada en la pared de hormigón, acunando al bebé, que dormía. Tracy Chapman cantaba Fast Car una vez más. Otra vez. Otra vez. Aquella canción del demonio estaba empezando a volverle loco.
Observó a tres desconocidos, tres adolescentes, en el suelo, apoyados en la pared frente a ella. Estaban ahí sentados, con aspecto de estar colocados con inhalantes. La botellita chata con el precinto blanco roto y la etiqueta amarilla y roja con las palabras «LAC Bronze Argintiu» que tenían delante, en el suelo, era reveladora. El olor a rancio del cuchitril le impactó, como cada vez, y esta vez con una fuerza particular, en contraste con el aire fresco del exterior, donde llovía y soplaba el viento. El olor a humedad, a cuerpos fétidos, a ropa sucia y a pañales cagados del bebé.
– ¡Comida! -anunció alegremente-. ¡He conseguido algo de dinero y he comprado una comida estupenda!
Sólo Valeria reaccionó. Dirigió sus grandes ojos tristes hacia él, como dos canicas que hubieran perdido la inercia.
– ¿Quién te ha dado el dinero?
– Ha sido una limosna. ¡A la gente como nosotros les dan dinero!
Ella encogió los hombros con desidia.
– La gente que te da dinero siempre quiere algo a cambio.
– No, ésta no -respondió él, sacudiendo la cabeza con energía-. Era guapa, ¿sabes? ¡Guapa por dentro! -Luego se le acercó y abrió la bolsa, para que ella viera el contenido-. ¡Mira, te he comprado cosas para el bebé!
Valeria metió la mano y sacó una lata de leche condensada.
– Estoy preocupada por Simona -dijo, dándole la vuelta y leyendo la etiqueta-. No se ha movido en todo el día. No hace más que llorar.
Romeo se le acercó y se puso a su lado, de cuclillas, rodeándola con un brazo.
– Te he comprado chocolate -dijo-. Tu preferido. ¡Chocolate negro!
Ella se quedó en silencio unos momentos y luego sollozó.
– ¿Por qué? ¿Por qué?
No dijo nada más.
Él saco una tableta de chocolate y se la puso bajo la nariz.
– ¿Por qué? Porque quiero que comas algo bueno, por eso.
– Quiero morirme. Eso estaría bien.
– Ayer dijiste que querías ir a Inglaterra. ¿No sería eso mejor?
– Eso es un sueño -dijo ella, con la mirada perdida-. Los sueños no se hacen realidad; no para la gente como nosotros.
– Hoy he conocido a alguien. Nos puede llevar a Inglaterra. ¿Te gustaría conocerla?
– ¿Por qué? ¿Por qué iba a llevarnos a Inglaterra?
– ¡Beneficencia! -respondió él, con alegría-. Se dedica a la beneficencia y ayuda a la gente de la calle. Le hablé de nosotros. ¡Nos puede conseguir trabajo en Inglaterra!
– Sí, claro, ¿de bailarines de striptease?
– Cualquier tipo de trabajo. En bares. Limpiando habitaciones en hoteles. Cualquier cosa.
– ¿No será como el hombre que conocí en la estación?
– No, es una señora agradable. Es amable.
Simona no dijo nada. Las lágrimas seguían cayéndole sobre los pómulos.
– No podemos quedarnos así. ¿Es esto lo que quieres? ¿Seguir así toda la vida?
– No quiero que me hagan daño nunca más.
– ¿No puedes confiar en mí, Simona? ¿No puedes?
– ¿Qué es confiar?
– Hemos visto Inglaterra en la tele. En los periódicos. Es un buen país. Tendríamos un apartamento en Inglaterra. ¡Podríamos empezar una nueva vida!
Ella se echó a llorar.
– Yo ya no quiero vivir. Quiero morirme. Acabar. Sería más fácil.
– Vendrá mañana. ¿Querrás verla por lo menos, hablar con ella?
– ¿Por qué iba a querer nadie ayudarnos, Romeo? -preguntó-. No somos nada.
– Porque aún hay gente buena en el mundo.
– ¿Es eso lo que crees? -preguntó, sin decisión.
– Sí.
Romeo desenvolvió la tableta de chocolate, rompió un trozo y se lo ofreció.
– Mira. Me dio dinero para comida, para cosas buenas. Es una buena persona.
– Yo también pensé que el hombre de la estación era una buena persona.
– ¿Te puedes imaginar estar en Inglaterra? ¿En Londres? Podríamos vivir en un apartamento en Londres. ¡Y ganar mucho dinero! ¡Lejos de toda esta mierda! Allí a lo mejor vemos alguna estrella del rock. He oído que muchas viven en Londres.
– Todo el mundo es una mierda -replicó ella.
– Por favor, Simona, al menos ven a conocerla mañana.
Ella levantó una mano y cogió el chocolate.
– ¿Realmente quieres pasar otro invierno aquí abajo? -insistió él.
– Por lo menos aquí no pasamos frío.
– ¿No quieres ir a Londres porque aquí no pasas frío? ¿Es eso? ¿Qué tiene eso de especial? A lo mejor en Londres tampoco pasas frío.
– ¡Vete a tomar por culo!
Él sonrió. Simona se estaba animando.
– Valeria también quiere venir.
– ¿Con el bebé?
– Claro. ¿Por qué no?
– ¿Vendrá mañana, esa mujer?
– Sí.
Simona mordió una esquina de la tableta de chocolate. Estaba bueno, tan bueno que se comió la tableta entera.
38
Roy Grace se situó en la línea de touchdown del campo de fútbol americano, bajo el chorro de luz de los focos, y hundió las manos desnudas en los bolsillos de su gabardina, tiritando de frío por el viento que hacía en Whitehawk. Por lo menos había dejado de llover y el cielo estaba claro y lleno de estrellas. Hacía tanto frío que no sería extraño que helara.
Era la liga de fútbol americano que jugaban los viernes y aquella noche los juveniles del Crew Club estaban jugando contra un equipo de la Policía. Había llegado sólo a los últimos diez minutos de juego, a tiempo para ver la aplastante derrota de la Policía por 3 0.
La ciudad de Brighton y Hove estaba situada a caballo de varias colinas y Whitehawk se encontraba en lo alto de una de las más altas. Era un barrio de viviendas de protección oficial, con casas pareadas y adosadas y bloques de pisos bajos y altos, construido en los años veinte en lugar de los barrios de chabolas que ocupaban aquel terreno. Desde siempre, Whitehawk tenía fama -bastante injustificada- de barrio conflictivo. Algunas de sus callejuelas, muchas de ellas con unas vistas fabulosas de la ciudad y del mar, estaban habitadas y dominadas por algunas de las familias del crimen más violentas de la ciudad, y su reputación se había extendido a todos los habitantes del barrio.
Pero en los últimos años, una iniciativa comunitaria gestionada con todo cuidado y respaldada por la Policía de Sussex había cambiado aquello radicalmente. El proyecto se articulaba sobre el Crew Club, patrocinado por los industriales de la zona, que habían donado dos millones de libras. El club contaba con un bonito y modernísimo centro de aspecto futurista que bien podría haber sido diseñado por Le Corbusier y que albergaba toda una serie de instalaciones para los jóvenes del barrio, incluida una sala de ordenadores bien equipada, una amplia sala de juegos, salas de reuniones y, en los terrenos de los alrededores, numerosos campos de deporte.
El club era un éxito porque había sido creado con ilusión, no con burocracia. Era un lugar al que los chicos del barrio querían ir y donde les gustaba pasar el rato. Era agradable. Y su motor era una pareja de vecinos de Whitehawk, Darren y Lorraine Snow, que habían planteado el proyecto y habían puesto todas sus energías en él.