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Ella asintió, parpadeando para limpiarse las lágrimas.

– Lo que tiene que pensar son las alternativas. «¿Qué otras posibilidades tiene Caitlin?» Eso es lo que debe de estar pensando, ¿no?

Lynn hundió la cabeza entre las manos y sintió las lágrimas que caían por sus mejillas. Intentaba pensar con claridad. Un cuarto de millón de libras. ¡Imposible! Por un instante pensó en algunos de sus clientes. Les ofrecía planes de pago que duraban años. Pero ¿con una cantidad tan grande?

– ¿No podría pedir una hipoteca sobre la casa? -propuso Marlene Hartmann.

– Ya estoy hipotecada hasta las cejas.

– A veces mis clientes consiguen ayuda de sus familiares y amigos.

Lynn pensó en su madre. Vivía en un piso de alquiler subvencionado. Tenía algunos ahorros, pero ¿cuánto? Pensó en su ex marido. Malcolm ganaba un buen sueldo en la draga, pero no manejaba cantidades así… Y tenía una nueva familia de la que ocuparse. ¿Sus amigos? La única que tenía dinero era Sue Shackleton. Estaba divorciada de un tipo rico, y tenía una bonita casa en uno de los mejores barrios de Brighton, pero tenía cuatro hijos que estudiaban en colegios privados y Lynn no tenía ni idea de su situación económica.

– Hay un banco en Alemania con el que trabajo -dijo Marlene-. Han dado financiación a algunos de mis clientes anteriores. Préstamos a cinco años. Puedo ponerle en contacto.

Lynn la miró, sin fuerzas.

– Yo trabajo en el mundo de las finanzas. En el trágico final del proceso, en la reclamación de impagos. Sé que nadie va a prestarme esa cantidad. Lo siento, lo siento muchísimo, pero ha hecho el viaje en balde. Me siento tonta. Tendría que habérselo preguntado por teléfono ayer y se habría evitado el viaje.

Marlene Hartmann dio otro sorbo a su infusión y dejó la taza en el plato.

– Señora Beckett, déjeme que le diga algo. Hace diez años que hago este trabajo. En todo este tiempo, no he hecho ni un viaje en balde. Puede que le parezca mucho dinero en este momento, pero aún no ha tenido tiempo de pensar con claridad. Yo estaré en Inglaterra un par de días. Deseo ayudarla. Quiero hacer negocios con usted. -Le dio una tarjeta de visita-. Puede llamarme a este número a cualquier hora.

Lynn se quedó mirando la tarjeta a través de las lágrimas. La letra era minúscula. Y sus esperanzas de conseguir el dinero eran aún menores.

66

Con el juego electrónico cogido con ambas manos, Rares miraba por la ventanilla trasera del Mercedes y veía pasar el campo. Hacía viento y unas nubes gordas y mullidas iban y venían por el cielo azul. A lo lejos vio una sucesión de colinas verdes que le recordaron ligeramente el campo de Rumania, donde había vivido sus primeros años.

Cruzaron una rotonda y dejaron atrás un cartel en el que ponía Steyning. Repitió el nombre para sus adentros. El coche aceleró y sintió de nuevo el respaldo pegado a su espalda. Estaba nervioso. Muy pronto volvería a ver a Illunca. Pensaba en su sonrisa. En el suave tacto de su piel. En sus confiados ojos de color avellana. En su espíritu independiente y seguro. Era ella la que había encontrado a aquella mujer alemana, la que había decidido que cambiaran de vida. Le encantaba aquello. Cómo conseguía que sucedieran las cosas. Cómo sabía cuidarse. Y le encantaba que le dijera que él era la única persona que la había cuidado.

Le hubiera gustado que hubieran podido viajar juntos, pero la mujer alemana había sido inflexible. Primero Illunca, luego él. Había motivos por los que no podían viajar juntos, buenos motivos, les había asegurado. Y habían confiado en ella.

¡Y ahora estaban allí!

Los dos hombres de delante guardaban silencio, pero no le importaba. Eran sus salvadores. No le importaba estar callado, tener tiempo para pensar, para mirar adelante.

La carretera se estrechó. Altos setos verdes a ambos lados. En la radio del coche sonaba música. Una cantante que reconoció. Feist. ¡Era libre!

Al cabo de un rato estarían juntos de nuevo. Ganarían dinero, como les habían prometido. Vivirían en un bonito apartamento, quizás incluso con vistas al mar. A cada árbol, seto o cartel que pasaba, el corazón le latía más rápido.

El coche redujo la marcha. Giró a la izquierda y pasó por una majestuosa entrada con columnas. Un cartel decía: «Wiston Grange spa resort». Rares se quedó mirando el nombre, preguntándose cómo se pronunciaba y qué significaría.

Recorrían un estrecho camino de acceso asfaltado con una serie de carteles de advertencia que no pudo leer:

Propiedad privada

Prohibido aparcar

Prohibido hacer picnic

Absolutamente prohibido acampar

Las colinas se levantaban frente a él. Una de ellas tenía un grupito de árboles en la cima. Pasaron junto a un gran lago, a la izquierda, y luego entraron por un largo paseo con árboles que unían sus copas sobre la carretera. El arcén estaba cubierto de hojas caídas. El coche redujo la marcha, superó una gruesa banda sonora y luego aceleró. Rares vio el césped perfectamente cuidado a su izquierda, con una banderita en un palo en el centro. Sobre la hierba había dos mujeres, una de ellas con un palo de metal en la mano, a punto de golpear una pelotita blanca. Se preguntó qué estarían haciendo.

El coche volvió a frenar, superó otra banda sonora y volvió a acelerar. Por fin, al final del camino, se detuvieron frente a una enorme casa de piedra gris con una vía de acceso asfaltada circular delante. Rares no entendía de arquitectura, pero parecía antigua y muy señorial.

Allí había todo tipo de coches elegantes aparcados. Se preguntó si sería un hotel muy caro. ¿Sería allí donde trabajaba Illunca? Decidió que sí, que aquello lo explicaría todo, y que él también trabajaría allí. Parecía un lugar aislado, pero aquello no le importaba si estaba con ella y si tenían un lugar para dormir y estar calentitos, si disponían de comida y no vivían amenazados por la Policía.

El Mercedes dio un giro brusco a la derecha y pasó bajo un arco. Luego paró en la parte trasera de la casa, que parecía menos elegante, junto a una pequeña furgoneta blanca.

– ¿Es aquí donde está Illunca? -preguntó Rares.

Cosmescu giró la cabeza.

– Está aquí, esperándote. Tú no tienes más que pasar un rápido control médico y volverás a verla.

– Gracias. Son muy amables.

El tío Vlad Cosmescu giró la cabeza de nuevo, en silencio. Grigore miró por encima del hombro y sonrió, dejando a la vista varios dientes de oro.

Rares accionó la manilla de la puerta, pero no se abrió. Volvió a intentarlo, sintiendo de pronto un acceso de pánico. El tío Vlad salió y abrió la puerta de atrás. Rares salió y el tío Vlad le condujo hasta una puerta blanca.

Cuando llegaron les abrió una mujer enorme vestida con una bata blanca de médico y pantalones blancos. Tenía un rostro duro y serio, la nariz chata y el pelo negro y corto, como el de un hombre, engominado hacia atrás. Según la identificación que llevaba en el pecho se llamaba Draguta. Lo miró con unos ojos fríos y distantes y sus minúsculos labios rosados esbozaron la más leve de las sonrisas. En su rumano nativo, dijo:

– Bienvenido, Rares. ¿Has tenido buen viaje?

Él asintió.

Flanqueado por los dos hombres, no tenía otra opción más que la de seguir adelante, por un pasillo de azulejos blancos y ambiente aséptico. Olía a desinfectante. De pronto se sintió profundamente intranquilo.

– ¿E Illunca? ¿Dónde está?

La mirada de sorpresa en los pequeños ojos oscuros de la mujer, tras aquellos párpados caídos, hizo que al instante su intranquilidad aumentara.

– ¡Está aquí! -dijo el tío Vlad.

– ¡Quiero verla ya!

Rares se había buscado la vida por las calles de Bucarest durante años. Había aprendido a leer en los rostros de la gente. Y no le gustaba el intercambio de miradas entre aquella mujer y los dos hombres. Se giró, se escabulló bajo los brazos de Cosmescu y echó a correr.