– Kalashnikov -anunció-. Te pondrá muy ardiente.
– ¡Ya lo estoy! ¿Qué tal va tu alma? -susurró.
– Combatiendo la infección -respondió. Volvió a besarle en el mismo sitio y salió.
– ¿Este libro, Eclipse, es el que voy a regalarle a tu padre para Navidad? -preguntó él levantando la voz.
Ella volvió a entrar.
– Sí. Te colgarás una medalla. Eclipse fue el caballo de carreras más famoso de la historia. Pensará que eres muy espabilado.
– Deberías darme más datos.
– ¿Por qué no te lees el libro? -replicó ella, sonriendo.
– ¡Vaya! -dijo él, dándose una palmada en la frente-. ¡No había pensado en eso!
Miró la cubierta con más detenimiento y vio el nombre del autor.
– Nicholas Clee. ¿Fue un jinete famoso?
Ella negó con la cabeza.
– No, creo que era un jugador de tenis, pero puede que me equivoque.
Volvió a salir. Él se quedó leyendo sus notas de las reuniones, subrayando los nuevos avances significativos para que su ayudante pudiera incorporarlos a las líneas de investigación antes de la reunión de la mañana. Aún no tenían ningún sospechoso. Y el Centro de Tráfico Humano del Reino Unido les había respondido que no tenían pruebas de que se hubieran introducido personas en el Reino Unido para traficar con sus órganos, algo que, de momento, coincidía con la búsqueda en vano de la analista del HOLMES.
El tráfico de seres humanos para el trasplante de órganos era una de las principales líneas de investigación de la lista. Pero en ausencia de pruebas de que aquella práctica se hubiera llevado a cabo con anterioridad en el país, a Grace le preocupaba dedicar todos sus recursos a una única línea, por mucho que los indicios señalaran en esa dirección.
Podría tratarse simplemente de algún tipo de asesino psicópata.
Alguien con conocimientos de cirugía.
Pero, entonces, ¿por qué iba a limitarse a extraer aquellos cuatro órganos, los más caros?
¿Qué habría hecho el hermano Ockham? ¿Cuál era en este caso la explicación más obvia? ¿Qué habría eliminado el gran monje filósofo con su navaja?
Pero fue Cleo la que cortó con sus cavilaciones anunciándole cariñosamente que la cena estaba en la mesa.
74
Lynn oyó la música atronadora procedente del salón nada más llegar a casa, poco antes de las nueve. Cerró de un portazo forcejeando contra el viento helado y se quitó el chal Cornelia James que se había comprado unas semanas antes en eBay, donde compraba la mayoría de sus accesorios.
Luego, con el abrigo aún puesto, asomó la cabeza por la puerta del salón. Luke estaba tirado en el sofá, bebiéndose una lata de Coca-Cola light, con aquel peinado suyo, más tonto incluso que de costumbre, que le tapaba por completo el ojo derecho. Pero más tontas aún parecían las dos delgadas jovencitas que bailaban en un. videoclip que se veía en la pantalla.
Vestidas únicamente con sujetadores y bragas negras, y con unas cajas plateadas en la cabeza, efectuaban unos estúpidos movimientos mecánicos siguiendo un ritmo marcado y repetitivo. Llevaban varias frases pintadas en letras de un negro intenso en diferentes partes de sus brazos, piernas y torso: «¡Hazlo! ¡Venga! ¡Más duro! ¡Aún mejor!».
– ¿Daft Punk? -preguntó.
– Sí -dijo Luke, asintiendo.
Lynn se hizo con el mando a distancia y bajó el volumen.
– ¿Todo bien?
Él asintió.
– Caitlin duerme.
«¿Con este ruido de mil demonios?», quiso decir. Pero se limitó a darle las gracias por cuidarla y le preguntó:
– ¿Cómo se encuentra?
Luke se encogió de hombros.
– Sin cambios. He ido a verla hace unos minutos.
Sin quitarse siquiera el abrigo, Lynn subió corriendo las escaleras y entró en el dormitorio de su hija. Caitlin estaba en la cama con los ojos cerrados. A la débil luz de la lámpara de la mesilla, tenía un color aún más amarillento. Abrió un ojo y se quedó mirando a su madre.
– ¿Cómo estás, tesoro? -dijo Lynn agachándose y besándola. Le acarició el cabello, que estaba húmedo.
– En realidad tengo bastante sed.
– ¿Quieres un poco de agua? ¿Zumo? ¿Coca-Cola?
– Agua -dijo Caitlin. Tenía una voz débil y entrecortada.
Lynn fue a la cocina y le sirvió un vaso de agua fría de la nevera. Observó, agobiada, que se había formado una capa de hielo en la parte trasera de la nevera -señal inequívoca, por su experiencia anterior, de que el aparato estaba en sus últimos estertores-. Otro gasto importante a la vista que no podía permitirse.
Mientras cerraba la puerta llegó Luke, descalzo, con una chaqueta de punto gris sobre una camiseta rota y unos vaqueros anchos.
– ¿Cómo te ha ido hoy, Lynn? ¿Recolectando dinero?
Asintió.
– Mi madre me ha ofrecido una parte. Y el padre de Caitlin los ahorros de toda su vida. Pero aún tengo que encontrar ciento setenta y cinco mil.
– Me gustaría ayudar -dijo él.
Sorprendida, respondió:
– Bueno, gracias… Eso… es muy amable por tu parte, Luke. Pero es una cantidad imposible.
– Yo tengo algo de dinero. No sé si Caitlin te ha hablado alguna vez de mi padre; no mi padrastro, mi padre de verdad, el mío.
Con el vaso de agua en la mano, y ansiosa por llevárselo a Caitlin, dijo:
– No.
– Murió en un accidente laboral. En la construcción. Se le cayó encima una grúa. Mi madre obtuvo una gran indemnización, y me dio la mayor parte, porque no quería que mi padrastro pudiera meter mano: le gusta el juego. Me gustaría contribuir.
– Es todo un detalle por tu parte, Luke -dijo ella, realmente conmovida-. Cualquier contribución es bienvenida. ¿Cuánto podrías aportar?
– Tengo ciento cincuenta mil libras. Quiero que las uséis todas.
A Lynn se le cayó el vaso al suelo.
75
A veces, pensó Roy Grace, era fácil confiarse demasiado y olvidarse de las cosas más elementales. De vez en cuando valía la pena volver a los principios.
Sentado en su oficina a las siete menos cuarto de la mañana, con la segunda taza de café a medio beber, sacó de sus estantes el Manual de investigación de asesinatos, un tomo enorme pero definitivo compilado por el Centro para la Excelencia Policial para la Asociación de Oficiales de Policía.
Era una obra actualizada periódicamente que contenía todos los procedimientos para cualquier aspecto de una investigación por asesinato, incluido un estructurado «Modelo de investigación de asesinato» en el que centró su atención Roy. El «Índice de rastreo rápido», que estaba repasando de nuevo para refrescar la memoria, contenía diez puntos arraigados en el cerebro de todo investigador de homicidios, y que fácilmente podían pasarse por alto, precisamente por ser tan familiares.
El primero de la lista era «Identificar sospechosos». Bien; podía marcar aquella casilla. Estaban en ello.
El segundo era «Recursos externos». Aquélla también la podía marcar. Tenían al hombre de Norman Potting en Rumanía, su propio contacto, el Kriminalhauptkommissar Marcel Kullen de Múnich, a la sargento Moy y al agente Nicholl investigando los burdeles, a Guy Batchelor rebuscando entre los cirujanos inhabilitados y a la analista del HOLMES analizando delitos relevantes.
El tercer concepto de la lista era «Pruebas forenses en la escena del crimen». El fondo del canal no daba mucho a lo que agarrarse. Su mejor apuesta era la lona de plástico, así como la nueva tecnología de detección de huellas aplicada al fuera borda y la tentativa de Glenn con las colillas que había enviado a los laboratorios de ADN.
Pasó a «Comprobación de la escena del crimen». Tenían la posición donde habían tirado los cuerpos, pero aún no contaban con una escena del crimen. El quinto era «Búsqueda de testigos». ¿Quién podía haber visto a estos tres adolescentes? ¿El personal del hospital o la clínica donde los hubieran operado? ¿Los pasajeros o el personal del aeropuerto, o puerto, o estación por la que hubieran entrado al Reino Unido? Probablemente habrían sido grabados por las cámaras de circuito cerrado del punto de entrada, pero no tenía ni idea de cuánto tiempo llevarían en el Reino Unido. Podían ser días, semanas o meses. En aquel punto era impensable empezar a repasar tal cantidad de filmaciones. Otra idea que anotó, bajo este concepto, fue: «¿Otros rumanos que trabajen aquí y que pudieran conocerlos?». Los retratos robot habían circulado mucho y habían aparecido en los periódicos, pero no se había presentado ningún testigo.