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– ¿Crees que es eso? ¿El Scoob-Eee?

– Hay sólo un modo de descubrirlo -dijo Arf-. ¿Te vienes con nosotros?

Un objeto flácido y asqueroso pasó flotando a su lado. Glenn no estaba seguro de si sería otra medusa o una bolsa de plástico.

– No, creo que mejor me quedo en la cubierta, ojo avizor por si vienen piratas. Pero gracias de todos modos.

Arf señaló hacia el mar.

– Si cambias de opinión, ahí abajo hay mucho sitio.

85

– Alguien me dijo que tu padre solía jugar al tenis con el equipo de Sussex. ¿Es cierto, E. J.? -dijo Guy Batchelor-. Yo también juego un poco. Bueno, solía jugar, pero no a ese nivel. ¿Cómo se llama?

– Nigel. Jugó con los sub-16, pero no ha jugado en serio desde hace años. Probablemente ahora podría jugar con el equipo de bebedores de cerveza de Sussex. O, más probablemente, de charlatanes -dijo ella, con una mueca.

– ¿Tiene el don de la palabra?

– Podríamos decirlo así.

Se dirigían hacia el oeste, tras dejar el pueblo de Storrington. Las suaves laderas de los South Downs se sucedían a su izquierda. E. J. echó un vistazo al mapa que llevaba sobre las rodillas.

– Debería ser la próxima a la derecha.

Giraron y tomaron un estrecho camino, apenas más ancho que el coche, flanqueado por altos setos. Medio kilómetro más allá, Emma-Jane le indicó que girara a la izquierda, por un sendero aún más estrecho. Batchelor pensó que los coches de la Policía debían de ser los últimos del planeta sin GPS incorporado -pese a ser los que más lo necesitaban-. Estaba a punto de comentarle aquello a E. J. cuando la radio cobró vida con un ruido crepitante. Aunque estaba conduciendo, la cogió y se la llevó al oído, pero era una solicitud de asistencia en otro lugar del condado, muy apartado.

– Deberíamos encontrárnoslo a la izquierda -anunció Emma-Jane.

El Mondeo sin distintivos fue frenando. Unos momentos más tarde vieron un par de imponentes puertas de hierro forjado entre dos pilares que culminaban en sendas bolas de piedra. Sobre una placa negra, unas letras doradas decían: «Thakeham Park».

Detuvieron el coche frente a las puertas, bajo la mirada ciclópica de una cámara de seguridad montada en lo alto. En otro pilar había un cartel amarillo con una cara sonriente, bajo la cual se leía: «Sonría, está apareciendo en el circuito cerrado».

La joven agente salió y apretó el botón del interfono que había debajo. Un momento más tarde oyó una voz entrecortada de mujer que hablaba con acento.

– ¿Sí?

– Sargento Batchelor y agente Boutwood -se presentó-. Tenemos una cita con sir Roger Sirius.

El interfono emitió un ruido agudo y luego las puertas empezaron a abrirse. E. J. volvió a subirse al coche y pasaron por un camino asfaltado de casi un kilómetro, cuesta arriba, con grandes árboles a ambos lados. Hasta que apareció una mansión jacobea con una vía de acceso circular enfrente, con un estanque en el centro rodeado de hierba.

Frente a la casa había varios coches aparcados, entre los que Guy reconoció un Aston Martin Vanquish negro. A la derecha, en un gran círculo de cemento en medio de un césped cuidadísimo, había un helicóptero azul oscuro.

– ¡Parece que la medicina da dinero! -comentó Guy.

– Hay a quien se le da bien -dijo ella.

– O quizá se trate de no hacerlo tan bien -le corrigió él.

Emma-Jane no se molestó siquiera en contar el número de ventanas, acorde a una mansión de aquella categoría.

– Creo que nos hemos equivocado de profesión.

Rodearon el estanque y pararon casi enfrente de la gran puerta de entrada.

– Depende de lo que quieras en la vida, ¿no? -dijo Guy-. Y del código ético con el que decidas vivir.

– Sí, supongo.

– ¿Has coincidido alguna vez con Jack Skerritt?

Jack Skerritt era el superintendente en jefe de la central del Departamento de Investigaciones Criminales, el policía de mayor antigüedad de Sussex. Y el más respetado.

– Hace un par de años me tomé una copa con él -recordó Batchelor-. En el bar de la comisaría de Brighton, cuando él era director de la Policía local de Brighton y Hove. Estábamos hablando de lo que ganaban los polis. Me dijo que él ganaba setenta y tres mil libras al año, más un par de miles más de dietas. «Puede que eso parezca mucho -me contó-, pero es menos de lo que gana el director de un colegio, y yo tengo a mi cargo toda la ciudad de Brighton y Hove.» Luego me dijo algo que nunca olvidaré.

Ella lo miró con curiosidad.

– Dijo: «En este trabajo, las riquezas vienen del interior».

– Eso es bonito.

– Y cierto. Ser poli, hacer este trabajo, me hace sentir como un millonario cada día de mi vida. Nunca quise ser otra cosa.

Salieron del coche y llamaron al timbre. Momentos después, la enorme puerta de roble se abrió y apareció un hombrecillo menudo de unos setenta años. De constitución fina, con cara de pájaro, nariz aguileña, expresión amable y unos grandes y despiertos ojos azules llenos de curiosidad. Tenía el cabello ralo y gris, tirando a blanco, bien peinado, y llevaba un cárdigan beis sobre una camisa blanca a cuadros, una corbata de cachemira, unos pantalones de pana color óxido que daban la impresión de servir para las labores de jardinería, y zapatillas de cuero negras. El único elemento que revelaba que era un hombre rico era un leve pero distintivo bronceado.

– Hola -dijo con una voz jovial y clara que parecía sacada de una película de los años cincuenta.

– ¿Sir Roger Sirius? -preguntó Batchelor.

– Soy yo -respondió, tendiendo su mano, fina y peluda, con unos dedos largos de manicura perfecta.

Los policías le estrecharon la mano y luego Batchelor sacó su placa y se la mostró. Sirius le echó una mirada de lo más superficial y se hizo a un lado con un gesto teatral de la mano.

– Pasen, por favor. Tengo curiosidad por saber cómo puedo ayudarlos. Ustedes siempre me fascinan. He leído muchas novelas negras. Me gustó bastante la serie The Bill. ¿La han visto?

Ambos policías negaron con la cabeza.

– Y el inspector Morse. También me gustaba. No tanto ese John Hannah, de Rebus; yo diría que Slott lo hacía mucho mejor. ¿No los han visto?

– No tenemos mucho tiempo libre, señor -dijo Batchelor.

Siguieron al eminente cirujano de trasplantes por un majestuoso vestíbulo con paneles de madera de roble. Estaba decorado con magníficos muebles antiguos y varias armaduras relucientes. En las paredes había una combinación de espadas antiguas, armas de fuego y óleos, algunos de ellos retratos y otros paisajes.

A continuación entraron en un gran despacho. De las paredes, también paneladas en madera de roble, colgaban diplomas que demostraban las cualificaciones del cirujano. Alrededor había un montón de fotografías enmarcadas en las que aparecía con muchas caras famosas. Una era con la Reina. En otra, en un acto de etiqueta, estaba con la princesa Diana. En otras se le veía con sir Richard Branson, Bill Clinton, François Mitterrand y el futbolista George Best. Batchelor se quedó mirando aquella fotografía con especial interés. Era sabido que Best había recibido un trasplante de hígado.

Los dos policías se sentaron en un sofá capitoné de cuero rojo, mientras una belleza de negra melena, que Sirius presentó como su esposa, les traía café. Sirius se distrajo un momento con un pitido de su BlackBerry, y Batchelor y E. J. aprovecharon la ocasión para intercambiar una breve mirada. El cirujano sin duda era un personaje complejo. Modesto en aspecto y en modos, pero no en ego, ni en su gusto por las mujeres.

– Así pues, ¿en qué puedo ser de ayuda? -preguntó Sirius, cuando su esposa hubo salido de la habitación. Se sentó en un sillón frente a ellos, del otro lado de la arqueta de roble que hacía las veces de mesita auxiliar.