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Guy ya había ensayado aquello con E. J. durante el trayecto. De pronto sintió la imperiosa necesidad de fumar y se dio cuenta, por el agradable olor de la habitación y la ausencia total de ceniceros, que no tenía ninguna oportunidad. Tendría que gorronear un cigarrillo más tarde, algo a lo que se había acabado por acostumbrar últimamente.

Mirando fijamente al cirujano a los ojos, dijo:

– Tiene usted una casa muy bonita, sir Roger. ¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí?

El cirujano reflexionó por un momento.

– Veintisiete años. Era una ruina cuando la compré. A mi primera esposa nunca le gustó. A mi hija le encantaba -recordó, de pronto con los ojos empañados-. Es una lástima que Katie nunca pudiera verla acabada.

– Lo siento -dijo E. J.

– Ya hace mucho tiempo -respondió el cirujano, encogiéndose de hombros.

– En la prensa le han citado mucho por su opinión sobre el sistema de donación de órganos del Reino Unido -prosiguió Guy Batchelor, sin dejar de mirarle a la cara.

– Sí -confirmó, asintiendo enérgicamente, muy animado de pronto por el asunto-. ¡Por supuesto!

– Pensamos que quizá podría ayudarnos.

– Haré lo que pueda -dijo, inclinándose hacia ellos y, con una expresión que recordaba aún más la de un pájaro, sonrió abiertamente.

– Bueno -dijo Emma-Jane, casi como si le hubieran dado la entrada-. ¿No es cierto que casi el treinta por ciento de los pacientes del Reino Unido que esperan un trasplante de hígado se mueren antes de conseguirlo?

– ¿De dónde ha sacado esa cifra? -preguntó él, frunciendo el ceño.

– Le cito a «usted», sir Roger. Eso es lo que escribió en un artículo de The Lancet, en 1998.

Frunciendo el ceño de nuevo, argumentó:

– Escribo muchas cosas. No puedo recordarlo todo. ¡Especialmente a mi edad! Lo último que oí es que la cifra oficial es del diecinueve por ciento… Pero, como todo, depende del criterio que se aplique. -Se echó adelante y cogió una jarrita de plata-. ¿Alguno de ustedes lo toma con leche?

«No lo recuerdas todo. Especialmente a tu edad. Pero aun así tienes una licencia de piloto de helicóptero, así que tu memoria no puede ser tan mala», pensó Guy Batchelor.

Cuando acabaron de servirse los cafés, el sargento preguntó:

– ¿Recuerda el artículo que escribió en Nature, en el que criticaba el sistema de donaciones de órganos, sir Roger?

– Como les he dicho, he escrito muchos artículos -respondió, encogiéndose de hombros.

– También ha trabajado en muchos sitios, ¿verdad, sir Ro-ger? -insistió E. J.-. Entre ellos Colombia y Rumania.

– ¡Vaya! -dijo él, aparentemente halagado-. ¡Parece que me han estudiado de cerca!

Batchelor le entregó al cirujano los tres retratos robot de los adolescentes muertos.

– ¿Podría decirnos si ha visto alguna vez a estas tres personas, señor?

Sirius estudió cada una de las fotos unos momentos, mientras Batchelor lo observaba fijamente. Sacudió la cabeza y se las devolvió.

– No, nunca -dijo.

Batchelor volvió a meterlas en el sobre.

– ¿Fue coincidencia que escogiera aquellos dos países para trabajar? El hecho es que ocupan posiciones destacadas en las listas de países implicados en el tráfico de órganos para trasplantes.

Sirius se lo pensó un rato antes de responder.

– Está claro que ambos han hecho sus deberes conmigo, pero me pregunto… Díganme algo: ¿entre sus datos no figura el hecho de que mi querida hija Katie muriera hace ahora diez años, a los veintitrés años de edad, de fallo hepático?

Sorprendido por esta revelación, Batchelor se giró hacia E. J. Ella parecía igualmente sorprendida.

– No -respondió él-. Siento oír eso. No, no lo sabíamos.

Sirius asintió, de pronto triste y compungido.

– No hay motivo para que lo supieran. Era parte de ese treinta por ciento, me temo. Ya ven, ni siquiera yo pude evitar someterme al sistema de donaciones que tenemos en este país. Nuestras leyes son extremadamente rígidas.

– Estamos aquí, sir Roger -dijo Emma-Jane- porque tenemos motivos para creer que algunos miembros de la profesión médica están saltándose esas leyes para ofrecer órganos a gente que lo necesita.

– ¿Y creen que yo podría darles sus nombres?

– Eso es lo que esperamos.

Él esbozó una sonrisa.

– Cada pocos meses leen en Internet la historia de algún tipo que se ha emborrachado en un bar de Moscú y que acaba en una bañera llena de hielo con un riñón menos. Eso no son más que leyendas urbanas. En el Reino Unido, todos los órganos que llegan a los quirófanos para trasplantes están regulados por la UK Transplant. Ningún hospital británico podría obtener un órgano y trasplantarlo fuera del sistema. Es absolutamente imposible.

– Pero eso no es así en Rumania o Colombia, ¿no? -presionó Batchelor.

– Efectivamente. Ni en China, Taiwán o la India. Hay muchos lugares donde se puede ir y conseguir un trasplante, si tiene el dinero necesario y está dispuesto a correr el riesgo.

– Así pues -insistió Batchelor-, ¿usted no cree que haya nadie en el Reino Unido que esté haciendo esas cosas de forma ilegal?

– Mire -replicó el cirujano, irritado-, no es una cuestión de quitar un órgano de un sitio y meterlo en un receptor. Se necesita un equipo enorme: un mínimo de tres cirujanos, dos anestesistas, tres enfermeras, un equipo de cuidados intensivos y todo tipo de personal especializado de apoyo. Todos ellos con formación médica, y con toda la carga moral que supone. Estamos hablando de entre quince y veinte personas. ¿Cómo podrían evitar que toda esa gente se fuera de la lengua? ¡Eso es una tontería!

– Por lo que sabemos, puede que haya una clínica en este condado haciendo eso precisamente, sir Roger.

– ¿Saben qué? -respondió Sirius, meneando la cabeza-. Ojalá la hubiera. Dios sabe que no nos iría nada mal que alguien se rebelara contra el sistema que tenemos. Pero ustedes están hablando de algo imposible. Además, ¿por qué iba a correr el riesgo nadie de hacer algo así aquí, cuando podría irse al extranjero y recibir un trasplante legalmente?

– Si me permite hacerle una pregunta delicada -dijo Batchelor-, ¿cómo es que usted, con su conocimiento, no se llevó a su hija al extranjero para que le hicieran allí el trasplante?

– Lo hice -respondió, tras unos momentos. Luego, en un acceso de rabia sorprendente, prosiguió-. Era un hospital mugriento de Bogotá. Nuestra pobre niña murió por una infección que cogió allí. -Se quedó mirando a los dos policías-. ¿De acuerdo?

Media hora más tarde, ya en el coche de vuelta a Brighton, Emma-Jane rompió el silencio que se había instaurado desde que habían salido de la casa de sir Roger Sirius; ambos estaban ordenando sus pensamientos.

– Me ha gustado -dijo ella-. Me ha dado pena.

– ¿De verdad?

– Sí. Es evidente que está resentido con el sistema. Pobre hombre. Qué ironía, ser uno de los grandes cirujanos de trasplantes de hígado del país y que perdiera a su hija por una enfermedad hepática.

– Sí, un duro golpe -respondió Batchelor.

– Muy duro.

– Pero eso también le da un motivo.

– ¿Para cambiar el sistema?

– O para oponerse a él.

– ¿Por qué dices eso?

– Porque he estado observando sus ojos -dijo Batchelor-. Cuando miró los retratos robot, dijo que no reconocía a ninguno de ellos, ¿verdad?

– Sí.

– Pues estaba mintiendo.

86

A los ojos del observador casual -y ocasionalmente no tan casual-, algunos hombres pueden ser encasillados inmediatamente. Por su corte de pelo radical, su musculatura, su traje mal conjuntado o su paso decidido, se les reconoce, sin posibilidad de error, como policías o soldados de paisano. Sin embargo, a pesar de su pelo tan corto y su nariz de boxeador, Roy Grace tenía un perfil discreto que daba pocas pistas sobre su trabajo. Vestido con su abrigo tres cuartos, su traje azul marino, camisa blanca y sobria corbata, y con su voluminoso maletín en la mano, podía pasar por un ejecutivo o un asesor en un viaje de negocios, o quizá por un eurócrata, un médico o un ingeniero de camino a un congreso. Cualquiera que lo viera observaría también su porte autoritario, las pocas líneas de preocupación en la frente y la mirada casi en blanco, como si estuviera sumido en sus pensamientos, mientras avanzaba por la cinta transportadora.