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Gauvain no desentonaba en absoluto de los demás, mientras que Kevin, criado en Newark, tenía un talante provinciano que lo situaba un poco al margen. Sin embargo, Kevin observó también que Gauvain y él tenían, por lo menos, una cosa en común: ambos eran felices padres de familia que no les pedían a sus azafatas más que, a lo sumo, un masaje y un poco de conversación.

Pese a ello, se le había dado, por lo visto, la luz verde a Lancelot para que contratase los servicios de otra agencia. Kevin iba a decirle que hiciesen el favor de no enviarle más mujeres a su habitación, pero recordó una de las advertencias que le hizo Burt Dreiser acerca de la Tabla Redonda.

«Hay tanto en juego -le había dicho Dreiser- que nadie se fía de nadie. Lo mejor que puede hacer es seguir la corriente, vaya hacia donde vaya. Si se comporta como los demás, todo le irá bien.»

Kevin había seguido la corriente en todo, menos en lo de acostarse con prostitutas, pero nunca se lo dijo a los demás. En realidad, si durante la investigación de Galahad no les hubiesen preguntado, a él y a Gauvain, si habían tenido relaciones sexuales con Désirée, ningún otro miembro del grupo se hubiese enterado.

– Escucha, Lance -dijo Kevin-. Espero que no lo tomes a mal. Kelly es preciosa, y estoy contento con ella. De lo único que he querido asegurarme es que no vamos a tener más problemas. Eso es todo.

Al volver al dormitorio y ver a Kelly que se cepillaba lentamente su preciosa melena negra, Kevin sintió un fuerte impulso sexual.

– Todo en orden -le dijo-. Y ahora, escucha: ¿qué te parece si llamamos al servicio de habitaciones y pedimos la cena? Tú pídete lo que quieras, yo pediré un filete poco hecho. Luego, podrías darme un masaje. ¿Qué tal se te da?

– Se me da muy bien -contestó ella.

* * *

Harry había vivido en Manhattan casi toda la vida, pero nunca había estado en Tiffany's. Con la ayuda de Mary Tobin, se había librado de la última hora y media en el consultorio. Había adelantado su ronda de visitas en el hospital y había vuelto antes a casa. La idea de comprarle a Evie algún detalle fue suya, pero la de comprárselo en Tiffany's fue de Mary.

Ahora, Harry tarareaba para sus adentros la nueva versión de Joe Kincaid de Moon River, y con un porte a lo George Peppard en Desayuno con diamantes se acercó a una dependienta que, tras el mostrador, exhibía gemas a cual más preciosa sobre un paño de terciopelo negro.

– Este brazalete de tenis es una preciosidad -dijo la dependienta-. El adorno, que simula un bordado, es de rubíes y diamantes, de un octavo de quilate cada uno.

– Mi esposa no juega muy a menudo al tenis… aunque… ¿qué precio tiene?

– Tres mil seiscientos, señor.

«Vaya… Quizá me convenga ver brazaletes de ping-pong.»

Al final, Harry se decidió por un colgante con un diamante de medio quilate flanqueado por dos pequeños rubíes. A Evie le encantaban las joyas. Con la ayuda de su ex marido y de su ex pretendiente, sospechaba Harry, había reunido una buena colección de joyas que, claro está, tenía ya cuando empezó a salir con ella.

«Quiero venderme todas las joyas -le había dicho Evie al poco de casarse-. Así podremos comprarnos una caravana para ir de camping.»

Harry sabía perfectamente que Evie no había acampado en caravana en su vida. Intuía que no era una enamorada de las moscardas ni de la comida campestre. Evie lo decía sólo porque quería cambiar su desenfrenado ritmo de vida por otro más plácido. Al final, sin embargo, dejó de hablar de los placeres de la vida sencilla y depositó sus joyas en la caja de seguridad de un banco. No habían salido de camping ni una sola vez.

«No pasa nada… Confío en que esto sea para nosotros como volver a empezar… Todo irá bien… Lo creas o no, hay muchos sitios a los que me gustaría llevarte para que puedas lucir esto…» Todas estas frases consideró Harry para la tarjeta, antes de desestimarlas y limitarse a un sencillo «te quiero».

«Tengo que hablar contigo, Harry…» No podía quitarse de la cabeza las palabras de Evie. Cogió un taxi y fue al piso que compraron poco después de casarse. Estaba en la sexta planta de un edificio muy cuidado de la zona alta del West Side, a una manzana del Central Park. Tenía cinco habitaciones bastante espaciosas y un minúsculo estudio. A lo largo de los ocho años que Evie había vivido allí, el apartamento había pasado, según ella, de ser «precioso» a «práctico», de «práctico» a «pequeño» y, en los últimos tiempos, a «deprimente».

«Tengo que hablar contigo…» ¿De qué? ¿De su salud? ¿De dinero? ¿De su matrimonio? ¿De su trabajo? ¿Se habría quedado embarazada? Hacía demasiado tiempo que, por lo visto, no necesitaba hablar con él acerca de nada relevante. Quizá hubiese decidido limar asperezas y empezar de nuevo.

En la sexta planta había dos apartamentos, y el pequeño rellano que los separaba siempre parecía impregnado de Evie (acaso una combinación de su perfume, de su champú y de su maquillaje). Como de costumbre, su fragancia se la evocaba de forma poderosa. Sin embargo, aquella tarde Harry estaba demasiado ensimismado para reparar en fragancias de ninguna clase. Llamó una vez con los nudillos y luego entró con la llave.

– ¿Eres tú, Harry? -dijo ella desde el dormitorio.

– Sí.

– En seguida salgo.

Por el tono de su voz, Harry dedujo que estaba al teléfono.

Harry dejó el estuche de Tiffany's en la mesa del comedor y deambuló displicentemente por la estancia.

El apartamento estaba inmaculado, y alegrado por varios jarrones con flores frescas (la inconfundible impronta de Evie). En la cadena sonaba un compacto de Eric Clapton, uno de los favoritos de Harry, que se preguntó si el hecho de que Evie lo hubiese puesto tendría algún significado.

– ¿Quieres una copa? -preguntó él.

– Tengo un vodka con tónica en la mesa de la cocina. Sólo ponle hielo…

Debía de haber terminado de hablar por teléfono, pensó Harry.

– … ya casi estoy. He reservado mesa en el SeaGrill. ¿Te parece bien?

– Estupendo -contestó Harry, que trató inútilmente de adivinar de qué iba el tema por el tono de voz de Evie.

Ella salió al fin del dormitorio con unos pantalones negros y una blusa roja de seda. Era una combinación de colores que a ella le sentaba muy bien, aunque la verdad era que casi todos los colores le quedaban bien. Lo besó en la mejilla, aunque tan levemente que Harry casi no lo notó.

– ¿Te ha costado librarte de las visitas? -le preguntó ella al alcanzarse el vaso.

– Pues no. Mary ha hecho juegos malabares con las horas. Se pinta sola para reorganizármelas.

– ¿Qué tal está?

– ¿Mary?

– Sí.

Harry no recordaba cuándo fue la última vez que Evie le preguntó por las enfermeras de su consultorio, por sus compañeros del grupo de jazz o por sus colegas del hospital.