– Hola -la saludó-. Soy Harry, el esposo de Evie.
– Double, double, toil and trouble, fire burn and cauldron bubble… -dijo Maura de un tirón.
Harry sonrió, divertido, ante la evocación de Shakespeare y se acercó a la cama de Evie, que no correspondió a su beso en la frente.
– Conoce a los clásicos -dijo Harry.
– La verdad es que sabe mucho de todo; sólo que entre las arañas, las hormigas y las serpientes la tienen frita.
– Tendría gracia, si no fuese porque, en estos casos, lo ven demasiado real -observó Harry.
– ¡Fuera! ¡Fuera de mi cama, bicho asqueroso! ¿Es que no va a venir nadie a ayudarme?
– ¡Ve a llamar a alguien para que la tranquilice! -lo apremió Evie.
Harry se acercó a la cama de Maura y la miró.
– Eh… ya no hace falta, Gene -le dijo Maura-. Me ha picado y se ha escabullido.
– Perdone… -dijo Harry, que se percató entonces de que era aún más joven de lo que pensó; debía de tener treinta y tantos años-. No me llamo Gene, sino Harry -le aclaró.
– Bueno. Es que se parece mucho a Gene Hackman.
– Gracias. Gene Hackman me gusta.
– Y a mí también. Parece usted un actor.
– Pues no lo soy. ¿Por qué lo dice?
– Por su pin.
Así, de pronto, Harry no entendió a qué se refería, pero en seguida recordó el pin que su sobrina Jennifer (la hija mayor de Phil) le había regalado. Llevaba un minúsculo grabado del rostro de un actor, con la inscripción del premio que Jennifer ganó en la clase de arte dramático del instituto. Hacía cosa de un año que ella se lo prendió en la solapa de aquella chaqueta de sport, y allí se había quedado. No se había dado cuenta de que lo llevaba. Maura Hughes, en cambio, había visto el pin desde casi tres metros de distancia.
– Es usted muy observadora -dijo Harry.
– Pues sí, lo soy mucho -dijo Maura, que de pronto empezó a rebullirse y a porfiar por librarse de sus ataduras.
– ¡Puñeta, Gene! -masculló-. ¿No has traído el quitapenas? Me prometiste… ¡Joder, Gene! ¡Cuidado! ¡Ahí en la pared, junto a tu cabeza! ¿Qué es eso? ¿Un escorpión o una gamba?
Harry no tuvo más remedio que mirar a la pared.
– Intente descansar un poco -le dijo antes de volver a acercarse a su esposa, que estaba echada boca arriba y miraba al techo.
«No te me cierres en banda -sintió el impulso de decirle-. Después de nueve años juntos, por lo menos en un día como hoy podría sincerárseme.»
– No hay una sola cama libre en toda la planta -dijo, sin embargo, Harry-. No os pueden trasladar a ninguna de las dos. Pero si las enfermeras no pueden darle más medicamentos, quizá puedan darte algo a ti.
– A mí no quiero que me den nada -replicó Evie sin dejar de mirar al techo-. Deseo tener la cabeza completamente despejada el mayor tiempo posible.
– Lo entiendo, pero ya verás como todo va bien.
Entonces reparó Harry en el gotero. Una solución de dextrosa al 5 % que fluía por el tubo.
– ¿Cuándo te lo han puesto?
– Hace unas horas.
– No me había fijado. No entiendo por qué te lo han puesto ahora, en lugar de mañana en el quirófano. ¿Quién lo ha ordenado?
– El anestesista, según creo que ha dicho la enfermera.
– Hummm.
– ¿Qué importancia tiene?
– Supongo que ninguna.
Se hizo un embarazoso silencio que Evie se decidió a romper al cabo de unos momentos.
– Escucha, Harry, creo que necesito estar sola.
Sus palabras le sentaron como un bofetón. La miró sin saber qué replicar.
– ¿Podrías hacer el favor de decirme qué es lo que ocurre? -le preguntó al fin.
– No ocurre nada. Sólo que tengo… demasiadas cosas en la cabeza -contestó ella con un hondo suspiro que alivió un poco su tensión-. Mira, me han dicho que puedo comer hasta medianoche. ¿Me haces un favor? Me muero por un batido de chocolate de Alphano. Me traes uno y luego hablamos. ¿Te parece?
Alphano, la heladería de moda, estaba a dos manzanas de su apartamento -nada menos que quince minutos en coche, si el tráfico lo permitía-, pero con tal de hacer algo por ella, aunque fuese trivial, se resignó.
– De acuerdo -le dijo ya en pie-. Estaré de vuelta dentro de una hora, y… no tenemos por qué hablar; me conformo con quedarme un rato a hacerte compañía.
Harry se inclinó a besarla. Tampoco esta vez correspondió ella, pese a que él repitió el beso en la frente.
– Gene, Gene, ¿a que no sabes lo que canta el nene? -canturreó Maura al verlo pasar.
Harry hizo caso omiso y salió al pasillo. El portero había terminado de pasar la enceradora y estaba arrodillado en el suelo, mientras seguía con el walkman puesto y miraba con cara de circunstancias los entresijos del motor de la enceradora, que parecía fallar.
Al pasar junto a él, Harry sintió cierta complacencia al comprobar que el trabajo de aquel hombre no estaba del todo exento de complicaciones.
Siguió por el pasillo, y la enfermera Sue Jilson le sonrió al verlo acercarse.
– ¿Se marcha tan pronto?
– Es que mi esposa quiere un batido de chocolate que sólo preparan en una heladería de la avenida 19. Volveré sobre las nueve y media, si no le importa.
– No hay problema.
– ¿Quiere usted uno?
– Se lo agradezco, pero no. Les he prometido a mis téjanos que me los pondré. ¿Qué tal la quejica?
– Nerviosa y un poco desorientada. Quizá le toque ya darle la medicación.
– Iré a comprobarlo. No sabe cómo suspiramos todos por poder tranquilizar a Maura.
– Gracias. Hasta dentro de una hora.
Harry salió del hospital y fue en coche al West Side. Lloviznaba y el tráfico era intenso.
En Alphano había más cola de lo normal. Servían con una lentitud exasperante. Al corresponderle el turno pensó que, a lo mejor, el helado dulcificase a Maura Hughes, por lo que pidió dos. Si a ella no le apetecía, haría un sacrificio y se lo tomaría él.
No salió de la heladería hasta las nueve y media, y llegó al hospital casi a las diez. Después de las horas de visita, sólo quedaba abierta la puerta de la entrada principal. Harry cruzó el desierto vestíbulo y le mostró su identificación al vigilante de seguridad, cuya mesa bloqueaba el pasillo principal.
– Tendré que pedirle que firme aquí, doctor -le dijo el vigilante-. Son más de las nueve.
Harry garabateó su firma y anotó adónde iba.
– Planta nueve del edificio Alexander -leyó el vigilante-. ¿Va a…?