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– ¡Doctor Richard Cohen! Acuda urgentemente a la habitación novecientos veintiocho del edificio Alexander -se oyó a través de los altavoces.

Harry echó a correr hacia los ascensores. Dedujo que algo debía de ocurrirle a Maura Hughes. No la había visto precisamente con muy buen aspecto, aunque tampoco parecía correr un peligro inminente. De pronto, recordó que Richard Cohen pertenecía al mismo grupo de neurocirujanos que Ben Dunleavy, que era el de Evie. Sin duda, Cohen debía de estar de servicio aquella noche. Le sobrevino un negro presentimiento. Pulsó nerviosamente el botón del ascensor hasta que bajó. Le pareció que tardaba una eternidad en llegar a la planta 9 del edificio Alexander.

La habitación 928 estaba hacia mitad del pasillo de una de las alas. Ni tras el mostrador de las enfermeras ni en el pasillo adyacente se veía a nadie. Harry dejó la bolsa de Alphano en el mostrador con el corazón en un puño y echó a correr hacia la habitación. En cuanto asomó por el pasillo perpendicular vio confirmado su presentimiento: había media docena de enfermeras y de estudiantes de medicina frente a la puerta de la habitación 928, y todos trataban de ver lo que ocurría en el interior.

Maura Hughes, todavía sujeta a la cama, estaba al fondo del pasillo y, junto a ella, un joven agente de policía de uniforme le acariciaba la mano.

Al irrumpir en la habitación, Harry se encontró con un panorama con el que, por desgracia, se había encontrado muchas veces: entre una maraña de tubos y cables, varios médicos, enfermeras y técnicos iban de un aparato a otro, se cercaban a la cama y se alejaban como un pelotón de hormigas en pleno trajín. La diferencia estribaba en que, en esta ocasión, quien estaba en el centro del caos, intubada y con respiración asistida, era su esposa.

Aproximadamente cada diez segundos extendía los brazos, volvía las palmas de las manos hacia dentro y las separaba del cuerpo. Era una postura tan poco natural que sobrecogía (postura de «descerebración», la llamaban). Un síntoma de muy mal pronóstico. Casi con toda seguridad, su aneurisma había reventado. Se acercó a su cama. La enfermera Sue Jilson fue la primera en verlo.

– ¿Cuándo ha ocurrido? -preguntó Harry.

El neurocirujano que dirigía las medidas de reanimación alzó la vista.

– Es el doctor Corbett, su esposo -le aclaró la enfermera.

– Ah, perdone -dijo el neurocirujano-. Parece que su aneurisma ha reventado. El doctor Cohen le hace el turno al doctor Dunleavy. Me acaban de decir que viene de camino.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Harry-. Estaba con ella hace una hora y se encontraba perfectamente.

Sue Jilson meneó la cabeza.

– Una media hora después de que se marchase usted, he entrado para darle la medicación a Maura y he oído un quejido al otro lado de la cortina. Al mirar, he visto que su esposa había vomitado y que estaba casi inconsciente. Tenía la presión tan alta que me he alarmado. Además, tenía una pupila dilatada.

Al mirar a Evie, Harry no acabó de relacionar lo que veía con lo que sabía de las hemorragias cerebrales. Le levantó con suavidad los párpados. Tenía las pupilas tan dilatadas que apenas se veía el color del iris. Parecía imposible, pero estaba prácticamente muerta.

El doctor Richard Cohen irrumpió en aquel momento en la habitación. Estaba al corriente de la historia clínica de la paciente y se la refirió, casi sin resuello, al neurocirujano, que le hizo un apresurado resumen de lo ocurrido en los últimos treinta y ocho minutos.

– Ha hecho usted todo lo debido -le dijo Cohen al examinar los ojos de Evie con un oftalmoscopio.

El neurocirujano comprobó entonces los reflejos de la paciente y su reacción al dolor. Luego utilizó la cabeza del martillo para pasárselo por las plantas de los pies, describiendo un arco desde el talón al pulgar. El llamado «reflejo de Babinski» (que el pulgar se levante en lugar de encogerse) era un grave, gravísimo síntoma de que su corteza cerebral, la parte pensante de su cerebro, ya no enviaba órdenes de movimiento al resto de su cuerpo. Harry lo miró estupefacto.

– Le haremos un escáner -dijo Cohen visiblemente entristecido-, pero, con toda honestidad, dudo de que haya lugar a llevarla al quirófano. Tiene una enorme inflamación cerebral y graves papiledemas en ambos discos ópticos.

Papiledema: inflamación del nervio óptico causada por una grave y a menudo irreversible presión craneal. El dato no hacía sino agravar el estremecedor cuadro.

– Ella… Ella no quiere que se la mantenga viva a ultranza -musitó Harry.

– La presión sigue altísima -dijo otro médico.

– Pues es muy raro, porque la hemos atiborrado de antihipertensores, y como si nada -exclamó Cohen.

– Pero… ¿no cree que es lógico que tenga la presión tan alta después de una fuerte hemorragia? -preguntó Harry.

– Inicialmente, quizá. En casi todas las hemorragias cerebrales se produce un período de acusada subida, pero los pacientes casi siempre reaccionan a los tratamientos convencionales para bajarla, y los médicos que la han atendido aquí ya han agotado todos los recursos.

– Dios mío -exclamó Harry, tan abatido como desconcertado.

– Seguiremos intentando bajarle la presión -dijo el neurocirujano-. Y le haremos un escáner para documentar lo que ya sabemos. Entretanto, Harry, aunque me hago cargo de lo difícil de esta situación, hay algo en lo que debería pensar ya.

– Entiendo -musitó Harry.

Evie era una mujer joven y sana cuyo único problema orgánico era el aneurisma. En aquellos momentos, su cuerpo era lo que más podía ansiar un especialista en trasplante de órganos, fuente de vida para muchas personas.

– Hagan el escáner y luego les comunicaré mi decisión. Por si acaso, vayan preparando la documentación.

Capítulo 7

Al cabo de media hora, lograron ganar la batalla para vencer la altísima presión sanguínea de Evie, pero todo el personal médico que la atendía era consciente de que habían perdido la guerra.

Harry aguardaba de pie, sumido en la mayor impotencia, mientras un técnico ajustaba los mandos del aparato que le proporcionaba a Evie la respiración asistida: lo único que aún la mantenía con vida. Le inyectaban suero en ambos brazos y tenía el estómago, la vejiga y los pulmones intubados. No pasaba un minuto sin que, sin razón aparente, todo su cuerpo se crispase y estirase, adoptando una postura característica en las descerebraciones. Era una pesadilla que Harry había visto muchas veces a lo largo de su vida profesional y en Vietnam, pero nunca había logrado acostumbrarse. Como es lógico, en aquel caso aún lo afectaba más.

Para Harry era tanto más doloroso porque, en su fuero interno, se negaba a aceptar el hecho de que ya no había nada que hacer.

«Esperen. Denme otros cinco minutos. Tengan un poco de paciencia. Esta mujer va a reaccionar y va a salir de aquí por su propio pie… Ya lo verán…»

– No, gracias -le dijo a una enfermera que le ofrecía café-. He de… Tengo que llamar a la familia de Evie.