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Harry miró hacia el pasillo. Maura Hughes parecía más calmada. Su hermano, un pelirrojo de rostro aniñado que no encajaba con su uniforme, seguía sin dejar de acariciarle la mano mientras observaba la tragedia que tenía lugar en la habitación 928.

Eran las once menos cuarto. La unidad de escáner quedaría libre dentro de cinco minutos. Se habían enviado muestras de sangre al laboratorio para incluir los datos en la ficha de Evie. Cuando estuviera lista del escáner -en el supuesto de que no detectasen nada que los animase a operarla-, procederían a hacerle una serie de electroencefalogramas. Si con un intervalo de doce horas dos electroencefalogramas daban «plano» o casi «plano», se dictaminaría la muerte cerebral.

Harry se secó inadvertidamente una lágrima que había rodado por su mejilla.

– ¿Se puede saber qué puñeta pasa aquí, Corbett?

Semiaturdido, Harry se dio la vuelta. Caspar Sidonis estaba a un par de metros de distancia, con los brazos en jarras y expresión colérica.

– No sé de qué me habla -masculló Harry-. De todas maneras, en estos momentos estoy un poco ocupado. Mi esposa…

– ¡A Evie me refiero! -le espetó Sidonis-. Pero… bah… Dejémoslo correr.

Sidonis irrumpió airadamente en la habitación. El neurocirujano Richard Cohen le examinaba de nuevo los ojos a Evie. Sue Jilson estaba al otro lado de la cama y le ajustaba a Evie el tubo del gotero.

– ¿Qué ha pasado aquí, Richard? -preguntó Sidonis.

– Ah, hola, Caspar. ¿Es paciente suya?

– No. Es… es una íntima amiga.

– Bueno, pues su esposo está allí…

– Lo que él diga me tiene sin cuidado, Richard. Quiero que me lo cuentes tú. ¿Qué ha pasado?

Fue una orden más que una petición. Cohen se rehízo en seguida de la sorpresa que le produjo el talante agresivo del médico.

– ¿Sabe que estaba en preoperatorio para extirparle un aneurisma?

– Sí, sí. Naturalmente que lo sé.

– Pues hace un rato esta enfermera, Sue Jilson, ha entrado, la ha encontrado inerte, con una pupila muy dilatada y una tremenda subida de la presión. La hemos atiborrado de fármacos y nos ha costado lo nuestro conseguir que le baje la presión. Ahora está a trece, pero, entretanto, se le ha dilatado la otra pupila. Tiene un papiledema bilateral que indica una enorme presión endocraneal y… adopta la postura típica de…

– ¡Madre mía! -exclamó Sidonis, muy afectado.

Harry observaba desde la entrada. Se quedó estupefacto al ver que el cardiocirujano le acariciaba delicadamente una mejilla a Evie. Richard Cohen y Sue Jilson se quedaron boquiabiertos.

– ¿Tiene alguna posibilidad, Richard? -preguntó Sidonis.

Para un médico, sobre todo para alguien tan prestigioso como Sidonis, la respuesta a la pregunta era obvia. El neurocirujano lo miró sorprendido.

– Pues… verá… No lo creo, Caspar -contestó Richard-. Esperamos bajarla a que le hagan un escáner y los electroencefalogramas.

– ¿Estaba él aquí con ella? -preguntó Sidonis señalando a la puerta.

– ¿Cómo dice?

Hasta aquel instante Harry no había logrado salir de su perplejidad ante lo que se palpaba en la habitación. Que él supiese, Sidonis y Evie sólo podían haberse visto, de pasada, en alguna fiesta. Lo cierto era que Evie nunca le había hablado de él.

– ¿Conoce usted a mi esposa, Caspar?

Sidonis dio media vuelta como un gato sobresaltado.

– Sabe perfectamente que sí. ¿Estaba usted aquí con ella antes de… antes de que ocurriera?

– Naturalmente que estaba con ella. Es mi esposa. Pero ¡se puede saber…!

– ¿Ha entrado aquí alguien más aparte de él, Richard?

– ¿Cómo dice?

– Digo que si ha estado aquí con Evie alguien más después de Corbett -dijo Sidonis casi a voz en grito.

– Cálmese, Caspar, cálmese -trató de tranquilizarlo Cohen-. Hablemos en el pasillo.

Al salir los tres médicos, seguidos de Sue Jilson, sólo quedó con Evie el técnico en respiración asistida.

– ¿Se puede saber qué pasa? -musitó Cohen-. ¿No tendrá esto nada que ver con la asamblea de esta mañana, verdad?

Sidonis estaba tan furioso que apenas lograba dominarse. Gesticulaba fuera de sí, desentendido de Maura Hughes y de los dos médicos que estaban junto a ellos.

– Me he limitado a preguntar si ha entrado alguien en la habitación desde que Corbett… perdón, el doctor Corbett, se marchó y el momento en que advirtieron lo de Evie.

– Creo que yo puedo contestar a esa pregunta -terció Sue Jilson-. No ha entrado nadie más. El doctor Corbett no se ha marchado hasta las ocho y cuarenta y siete. Lo tengo anotado. Después de las ocho sólo se puede bajar al vestíbulo en ascensor, y hay que pasar por el control de las enfermeras. El agente Hughes, que es el hermano de Maura, el que está allí con ella ha llegado a la planta hacia las nueve y media, pero ya habíamos entrado a ver qué le ocurría a la señora Corbett. Puede corroborárselo Alice Broglio, la otra enfermera de la planta.

– Lo sabía… -masculló Sidonis con los puños crispados.

– ¿Querría hacer el favor, Caspar, de decirnos de qué va todo esto? -le preguntó Cohen.

– Pregúntenle a él.

– ¿Harry?

– No sé de qué va -repuso Harry.

– ¡Qué cinismo! -le espetó Sidonis-. Evie lo iba a dejar por mí, como sabe usted muy bien. Se lo dijo anoche en el restaurante al que lo llevó, el SeaGrill. ¿No ve que sé incluso adonde fueron? ¿Qué le ha hecho?

– ¡Será cabrón! -replicó Harry, furioso.

La cólera y el odio que Harry sentía se unieron a su mortificante desesperación. No tenía ninguna razón para no creer lo que acababa de oír: Evie y el maldito Caspar Sidonis… De pronto, todo encajaba: tantos meses de frío distanciamiento, sus idas y venidas a horas desusadas, los viajes fuera de la ciudad, las excusas para rehuir la relación sexual, la misteriosa llamada del día anterior. «Tengo que hablar contigo, Harry…»

De Sidonis, claro.

¡Mientes, cabrón!, sintió el impulso de gritarle, pero comprendió que Sidonis decía la verdad. Llevaba meses sin lograr sobreponerse a una persistente e inexplicable tristeza, y ahora comprendía a qué era debida.

Sin decir palabra, Harry dio media vuelta y entró en la habitación 928.

– Déjeme a solas con ella un minuto -le dijo al técnico-. Lo llamaré si surge algún problema.

Harry apagó la luz de la lamparita de la cabecera de la cama, se acercó una silla y se sentó junto a Evie. Al lado, la máquina de respiración asistida producía un sordo zumbido, insuflaba un chorro de oxígeno enriquecido en los pulmones de Evie.

Hacía diez años que Evie y él se conocieron. Diez años. Los presentó un amigo común, convencido de que eran el uno para el otro. Con ella, Harry se sentiría más motivado, sería más espontáneo y se animaría a conocer un poco de mundo (porque tenía el pasaporte casi sin estrenar). Evie conseguiría la serenidad y el equilibrio que tan desesperadamente necesitaba. Ella sería la vela y él el timón. Y la verdad era que había funcionado, por lo menos durante cierto tiempo. Al final, sin embargo, ella fue incapaz de cambiar. No había nada que hacer. Siempre aspiraba a más. Ahí estaba el problema.