– Puñeta, Evie -musitó Harry-. ¿Por qué no te sinceraste conmigo? ¿Por qué no me contaste lo que ocurría? ¿Por qué no nos has dado una oportunidad?
Introdujo el brazo entre los barrotes de la barandilla y le cogió la mano. Había sido una estupidez y una ingenuidad creer que Evie podía cambiar; incluso pensar que tuviese, de verdad, la intención de cambiar. Una mano se posó suavemente en su hombro.
– ¿Se encuentra bien, Harry? -le preguntó Doug Atwater, que lo miró con cara de preocupación.
– ¿Cómo?… Ah, hola, Doug. La verdad es que no. No me encuentro nada bien.
– ¿Qué le pasa a Sidonis? Ha ido a la sección de las enfermeras a llamar al forense y a la policía. Le he preguntado qué ocurría y se ha limitado a fulminarme con la mirada. Poco le ha faltado para decirme una grosería.
Harry meneó la cabeza. Aquello era una pesadilla. El forense… la policía…
– No sé lo que ocurre, Doug. A Evie se le ha reventado el aneurisma. No hay nada que hacer.
– ¡Oh, Dios mío!
– Sidonis acaba de decir que se acostaba con ella y que Evie me iba a dejar por él. Cree que ella me lo contó anoche, y no es cierto.
– Oh, Harry. No sabe cuánto lo siento, amigo mío.
– Ya lo sé. Pero… ¿qué hace aquí a estas horas?
– Es que he ido al cine con Anneke. He pasado sólo a recoger unos papeles, y el vigilante me ha dicho lo que pasaba. He dejado a Anneke en mi despacho y he subido. ¿Por qué ha llamado Sidonis a la policía?
Harry soltó la mano de Evie y se alejó de la cama. La idea de que Caspar Sidonis tocase a su esposa le resultaba tan triste como repulsiva.
– Yo he sido el último que ha estado con ella. Debe de sospechar… aunque me importa bien poco lo que él piense.
Harry salió de la habitación seguido de Doug Atwater. Acababa de llegar la camilla para bajar a Evie a que le hiciesen el escáner.
Richard Cohen miró a Harry y se encogió de hombros.
– Harry, Caspar ha ido a llamar al forense y a la policía. Está convencido de que usted le ha dado algo a su esposa para que le suba la presión. Me parece que voy a llamar a Bob Lord y a Owen para ponerlos al corriente -dijo Cohen.
Lord era el jefe del personal médico y Owen Erdman el director del hospital.
– Llame a quien le dé la gana -dijo Harry-. Esto es ridículo.
– Ya aviso yo a Owen -se ofreció Atwater-. ¿Es que Sidonis se ha vuelto loco o qué, Richard?
– Loco, no sé -replicó el neurocirujano-, pero que está hecho una furia sí. Asegura que habló con su esposa al salir ustedes dos de casa anoche y que ella le juró que iba a decirle a usted lo suyo.
– Pues no me dijo nada.
– Escuche. No podemos quedarnos cruzados de brazos. Llamaré a Lord desde radiología. No se mueva de aquí. En cuanto haya visto el escáner subiré a hablar con usted. La especialista en electroencefalografía viene de camino, pero vive en el Bronx.
Un enfermero condujo la camilla de Evie hacia el ascensor. El técnico en respiración asistida iba junto a Evie con la bolsa de oxígeno en alto, y detrás, Cohen, Sue Jilson y dos médicos residentes a quienes Cohen les había pedido que no se alejaran de allí.
Doug Atwater miró a Maura Hughes al pasar junto a ella.
– Es la compañera de habitación de Evie -le dijo Harry-. El policía es su hermano. Sufre una crisis de delírium trémens.
– ¿Delírium trémens? -preguntó Atwater con cara de extrañeza.
– Es que está muy sedada. No puedo creer lo que ocurre, Doug.
Atwater condujo a Harry hacia un sillón de plástico y lo hizo sentarse.
– ¿Va a quedarse aquí en el hospital? -le preguntó Doug, inclinado hacia él.
– Pues… supongo que sí; por lo menos hasta que hayan hecho todas las pruebas. Cohen quiere mi autorización para que Evie pueda donar sus órganos. Probablemente voy a tener que decidirlo antes de mañana por la mañana.
– ¡Qué rabia! -exclamó Doug.
Atwater conocía al matrimonio casi tan bien como cualquiera del hospital. Había cenado en su casa un par de veces y habían salido los tres por lo menos en dos ocasiones, aunque de la última hacía ya dos o tres años. Doug era simpático, abierto y a veces -sobre todo si llevaba unas copas- muy divertido. En más de una ocasión, Evie había hablado de buscarle pareja entre sus amigas. Sin embargo, como recordaba ahora Harry, a medida que su matrimonio se deterioraba había dejado de hablar de buscarle pareja. Lo que le decía a menudo era que saliese con Doug. «Está bien que salgáis los hombres con vuestros amigos de vez en cuando», le decía. No era de extrañar, no.
– Creía que Sidonis estaba casado -dijo Harry.
– Por lo menos en el tiempo que yo llevo aquí no, aunque ha debido de estarlo. Tiene uno o dos hijos no sé dónde. Es todo lo que sé. Más bien está casado con el quirófano, su corredor de Bolsa, su agente de publicidad y, por supuesto, con su espejo. Incluso se rumorea que es homosexual.
– Me temo que no -dijo Harry, que rió amargamente.
– Bueno, Harry, he de ir a llamar a Owen. También he de pasar a ver a Anneke. ¿Quiere que hable con Sidonis?… Da igual, ahí viene.
Sidonis los abordó como si se los fuese a comer.
– El forense ha llamado al laboratorio y ha ordenado que le preparen muestras de sangre de Evie -les dijo-. Además, el inspector Dickinson viene de camino. Dice que le gustaría que no se moviera usted de aquí hasta que él llegue.
– No pienso ir a ninguna parte. De todas formas, no tengo nada que decirle a él, ni a nadie que traiga usted -replicó Harry.
– ¿Se puede saber por qué hace todo esto, Caspar? -le dijo Doug.
Sidonis le dirigió una recelosa mirada. Estaba claro que consideraba a Atwater un enemigo.
– Ah… ¿no lo sabe usted? -se decidió a contestarle Sidonis-. Evie y yo empezamos a salir hace más de un año. Anoche le comunicó a Harry que lo iba a dejar por mí. Esta tarde la ingresan aquí con una presión totalmente normal y sin que, desde hacía un mes, el aneurisma le produjese la menor molestia. Entra él en la habitación y ella está perfectamente. Se marcha, y al cabo de menos de media hora le sube la presión de un modo inconcebible y se le revienta el aneurisma. ¿No recelaría usted?
– Si no conociese a Harry Corbett, quizá sí-replicó Atwater fulminándolo con la mirada-, pero se equivoca de medio a medio. Y le diré una cosa: si lo que asegura acerca de usted y de su esposa es cierto, lo que se merece es que le partan la cara por haber destrozado su matrimonio. Y, ahora, disculpe, he de ir a telefonear a Owen Erdman para ponerlo al corriente de lo que ha hecho usted. Vuelvo dentro de un rato, Harry. Y esté tranquilo.