De una cosa estaba casi seguro el doctor Corbett: los análisis de las muestras de sangre de Evie, que podían tardar días o incluso semanas, revelarían algo anormal.
Al día siguiente, sacarían a Evie de allí y limpiarían la habitación. Si querían encontrar huellas dactilares del misterioso médico, tenían que intentarlo ahora.
– ¿Por qué lo llaman Genio? -le preguntó Harry a Lonnie Sims, que se encogió de hombros y miró a Tom.
– Porque… verá… -contestó Hughes-. Fue el número uno de nuestra promoción.
Despuntaba el alba al salir Harry del hospital. La sesión de trabajo con Lonnie Sims duró más de dos horas, y a juzgar por lo que Harry había observado, el tal Sims era un verdadero genio.
– La clave está en el pulgar -le había dicho Lonnie-, en ese versátil y solapado pulgar. La mayoría de los forenses, que se llaman expertos, tratan de fijar la superficie de las cosas, por lo que espolvorean por encima, pero la clave está en fijar la parte inferior.
Sims se dejó orientar por Maura y guió a Harry y a Tom para que, con lentos movimientos, reconstruyesen media docena de escenas probables. Los observaba atentamente y, cada vez que decidía marcar un punto para detectar huellas, les pedía que permaneciesen inmóviles.
Maura les aseguró que el misterioso médico no llevaba guantes de goma. Sims espolvoreó bajo las bandejas de las camas y en la cara inferior de las barandillas, e hizo otro tanto con los pomos de las puertas, las bombillas, ambas caras de las cabeceras y de los pies de las camas. No olvidó ni los apliques del cuarto de baño. Utilizó polvos especiales, una linterna de luz infrarroja, lupas y una minúscula y ultramoderna cámara fotográfica. De las cincuenta huellas que tomó, sólo algunas eran lo bastante claras.
Sims les aseguró que si Doug Atwater podía facilitar el acceso al archivo de huellas dactilares del departamento de personal, podían hacer un análisis útil.
Cuando Sims hubo cerrado la caja de aparejos y el maletín y hubo salido con Tom Hughes de la planta 9 del edificio Alexander eran las tres de la madrugada. Harry llamó entonces a Phil y a la familia de Evie. Luego se sentó junto a la cama y estuvo un rato casi a oscuras, pensando en todo… aunque en nada concreto.
– Y ahora tenga cuidado, Gene -le dijo Maura al ver que iba a salir de la habitación.
Hasta entonces no se percató Harry de que estaba despierta. Sólo había permanecido en silencio para no molestarlo durante aquellos minutos, que podían ser los últimos que pasara con Evie. Aunque también era posible que se le hubiese pasado el efecto de los calmantes. Quizá las espeluznantes imágenes del delírium trémens hubieran dejado de atormentarla. O acaso tuviera la suficiente fuerza de voluntad para mantenerlas a raya durante un rato.
– Lo tendré -dijo él-. Téngalo usted también, Maura. Y gracias por su ayuda.
Al dejar la planta, Harry se detuvo en el mostrador de las enfermeras y firmó la autorización para que dispusieran de los órganos de Evie. Pensar que el corazón por el que tanto habían rezado no tardaría en latir en otro pecho mitigó un poco la profunda tristeza que sentía, pero no lograba superar su confusión ni su pesimismo.
Las calles estaban casi desiertas. Emocionalmente exhausto, Harry volvió a casa en el coche. Lo veía todo a través de una opresiva bruma.
Dejó el coche en el parking que había a una manzana de su casa.
Como de costumbre, Rocky Martino, el portero de noche del edificio de apartamentos, se había quedado dormido en su raído sillón de piel, a la vista de todo aquel que mirase a través de los cristales de la entrada.
Aunque nunca lo reconociese, Rocky tenía más de sesenta años. Tampoco reconocía beber más de lo recomendable ni hacerlo, además, durante el trabajo, como sabían perfectamente todos los vecinos. Despedir a Martino estaba en el orden del día de casi todas las reuniones de la comunidad de vecinos desde que Harry vivía allí. Pero nada grave había ocurrido durante el turno de Rocky, y como, por otro lado, era un hombre amable, no lo habían llegado a echar.
Aunque Harry pensó en llamar primero con los nudillos en el cristal o pulsar el timbre, optó por usar sus llaves. Rocky se levantó en cuanto oyó el metálico ruido de la cerradura.
– ¡Menudo susto me ha dado, doctor! -exclamó Rocky al abrirle la contrapuerta-. Creía que ya se habían recogido todos esta noche. ¿A qué hora ha salido usted?
– ¿Qué quiere decir?
– Que no lo he visto salir después de que le subieran lo del «chino».
– ¿Del «chino»? ¿Para mí? -exclamó Harry, alarmado.
– Por supuesto.
– ¿Y por qué no me ha avisado usted por el interfono?
– Pues… Bueno… Sí lo he avisado.
– ¿Y ha visto volver a salir al chico del restaurante?
Rocky estaba ya visiblemente asustado y decidido a mentir.
– Claro -contestó-. Ha subido y ha vuelto a bajar.
– ¿A qué hora ha venido? -dijo Harry dirigiéndose hacia el ascensor.
– No me acuerdo, doctor. A las diez… o quizá a las once. ¿Por qué?
Harry entró en el ascensor y sujetó las puertas para que no se cerrasen.
– Pues, verá, Rocky -contestó Harry de mal talante-, porque no he estado en casa en toda la noche, ni he pedido nada al restaurante chino.
El apartamento estaba cerrado con llave, pero eso no significaba nada. La puerta era de seguridad y tenía una alarma conectada al circuito de la comisaría del barrio, pero ni él ni Evie la conectaban nunca, salvo que estuviesen en casa. En una ocasión, Evie olvidó las llaves dentro y el conserje le abrió con la tarjeta magnética que tenía a modo de llave maestra.
Harry pensó en llamar a la comisaría y no entrar, pero estaba agotado y la policía podía tardar horas en llegar.
Al abrir la puerta lo sorprendió ver que había luz en el salón y en toda la casa. No le hizo falta pasar del recibidor para notar que habían revuelto todo el piso. Pensó que, quien fuera, podía seguir aún en el interior.
Cualquier persona sensata habría bajado de inmediato al vestíbulo para llamar desde allí a la policía, pero en aquellos momentos no era precisamente la sensatez lo que lo inspiraba. Fue pasillo adelante y casi deseó que el intruso se abalanzase sobre él. Necesitaba con urgencia pegarle a alguien.
Aunque en el apartamento no había nadie, se lo habían puesto todo patas arriba: le habían descolgado todos los cuadros; los cajones de cómodas, coquetas y mesillas de noche estaban por el suelo; los colchones estaban fuera de las camas y todo lo que contenían los armarios encima; incluso le habían levantado las alfombras. Daba la impresión de que buscasen una caja de seguridad, en cuyo caso se habrían llevado una desilusión. Nunca tenían mucho dinero en casa, y las joyas que tanto atesoraba Evie -que eran, con mucho, su pertenencia de mayor valor- estaban en la caja de seguridad de un banco. Con todo, Harry echó en falta muchas cosas. El joyerito de Evie estaba vacío, y su abrigo de visón no aparecía por ninguna parte; también les habían robado la cubertería de plata, algunos objetos de cristal auténtico, varios cuadros pequeños y un dibujo de Picasso, que Evie conservaba de su primer matrimonio y que podía valer unos quince mil dólares.