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Sin embargo, donde habían entrado de verdad a saco era en el pequeño estudio. Los cajones de la mesa del despacho -hechos trizas igual que el sillón- se los habían vaciado, y todo el contenido estaba amontonado junto a una pared. Los libros de la biblioteca, cuyas estanterías cubrían por completo las paredes, estaban en el suelo.

Allí había algo muy raro, pensó Harry. Les habrían entrado a robar, eso estaba claro, pero a robar con un objetivo concreto.

Fue entonces a la cocina, que estaba tan destrozada como el resto de las estancias de la casa. Harry miró en derredor y reparó en que encima de la mesa había cuatro cajas de cartón sin abrir, y en cada una de ellas había un plato de cocina china, ya frío. Encima de una de las cajas había una bandejita de papel de aluminio con un pastelillo de la suerte. El primer impulso de Harry fue agarrar las cajas y estamparlas contra la pared, pastelillo incluido, pero le pudo la curiosidad.

«La luz de la buena suerte seguirá iluminando tu camino», decía en el interior del dulce augurio.

Capítulo 10

Eran casi las ocho cuando Harry salió de su destrozado apartamento y fue a coger el autobús, de vuelta al hospital.

Los dos agentes de policía, que acudieron al cabo de media hora de llamarlos Harry, tomaron huellas dactilares e inspeccionaron las habitaciones, pero no detectaron nada especialmente revelador. Para ellos, el desvalijamiento de un piso en Manhattan tenía tan poco interés como sorprender las marrullerías de un «trilero» en la calle.

Los agentes llegaron a la conclusión de que era el típico robo de un ladrón profesional, con independencia de que supiera o no que los ocupantes del apartamento iban a volver tarde. Trataron de que Harry desechase la preocupación de que el ladrón tuviera otras intenciones, y le aseguraron que todo lo que podía esperar era que parte de lo robado apareciese en alguna casa de empeños o de reventa conocida por la policía. Por lo demás, le aconsejaron que le sacase lo máximo a su compañía de seguros, repusiera lo más imprescindible y no guardase dinero en casa.

Harry cruzó el vestíbulo del Centro Médico de Manhattan y fue pasillo adelante, hacia los ascensores del edificio Alexander entre el habitual ajetreo del centro. Se preguntó con cuántos cientos de familiares se habría cruzado a lo largo de tantos años, personas que iban allí, como él hoy, a ver por última vez a un cónyuge, a un hijo o a un familiar más o menos cercano.

Aunque su convivencia con Evie estuvo presidida, durante mucho tiempo, por la tensión y el vacío emocional, hasta la noche anterior no había abandonado la esperanza de que todo volviese a ser como al principio.

Al pasar frente al mostrador de las enfermeras de la planta, notó que lo miraban con disimulo y que cambiaban de conversación. No cabía duda de que las acusaciones de Caspar Sidonis se habían convertido ya en la comidilla del hospital.

Hasta entonces, Harry no había sido nunca objeto de murmuraciones de ninguna clase. Se le ponían los pelos de punta al pensar en cómo se habría distorsionado la versión de Sidonis al pasar de boca en boca. La verdad, pura y simple, era ya bastante dura.

También sabía Harry que, a menos que hubiese una explicación satisfactoria para la orden telefónica de que se le conectase el gotero a Evie y para la presencia del misterioso médico del que hablaba Maura, habría bastante más que murmuraciones. Bastante más.

Los padres de Evie, Carmine y Dorothy DellaRosa, estaban sentados en silencio junto al lecho. Él era cartero jubilado y ella secretaria administrativa. Llevaban casados más de cuarenta años, eran muy católicos y vivían en una pequeña ciudad de Nueva Jersey. Eran tan sencillos y reservados como su hija (la única que tenían) sofisticada y extrovertida.

Harry le estrechó la mano a Carmine y besó a Dorothy en la mejilla. El matrimonio siempre se había mostrado amable con él, pero nunca cordial ni efusivo. Gótico de Nueva Jersey, los llamaba Evie a veces.

– Evelyn ha movido los brazos -dijo Dorothy.

– Es posible. Hay reflejos que hacen que los músculos se contraigan, aunque, la verdad, es que eso no significa nada, Dorothy. Sería engañarlos -dijo Harry, contristado. Luego señaló a la vacía cama de Maura, recién hecha-. ¿Y la mujer que estaba aquí?

– La han trasladado a la planta de abajo, a la pobre -contestó Dorothy-. Han dicho las enfermeras que había una habitación disponible, y que es mejor, para no perturbar… estos momentos.

Harry era consciente de que, salvo que le hiciera a Carmine DellaRosa alguna pregunta directa -y siempre y cuando fuese él el único que pudiera contestarla-, Carmine dejaría que su esposa hablase por los dos. Harry, por su parte, pensó que era mejor no decirles nada del desvalijamiento del piso. Aunque tarde o temprano tendría que contárselo, le pareció que en aquellos momentos ya estaban bastante abrumados por la muerte de su hija y por la decisión tomada por él de autorizar la donación de sus órganos.

Evie yacía inmóvil en la cama. Le habían tapado los ojos con gasa y seguía intubada y conectada al gotero, pero el tratamiento para reducir la inflamación del cerebro (hiperventilación para que bajase su nivel de dióxido de carbono, elevar el pH de su sangre y la administración de diuréticos para facilitar la reducción de líquidos) se había interrumpido. Una segunda serie de pruebas imprescindibles -riego cerebral, electroencefalogramas y tentativas para conseguir que respirase por sus propios medios- no hicieron sino confirmar el diagnóstico de muerte cerebral.

No quedaba más que decirle adiós y aguardar a que el facultativo certificase oficialmente su muerte. A partir de ahí, el servicio de trasplantes del área de Nueva York se haría cargo de su cuerpo.

Harry le cogió una mano a Evie, la retuvo unos momentos y se preguntó si sus suegros se habrían enterado ya de lo de Caspar Sidonis. En cualquier caso, poco iban a tardar en enterarse.

Una vez que se certificase que Evie había muerto al reventársele un aneurisma, no habría necesidad de que se le practicase la autopsia, sobre todo estando en juego la suerte de múltiples trasplantes, al haber donado los órganos. Sin embargo, lo que sí exigió Harry fue un completo análisis toxicológico.

– Acaba de marcharse el padre Moore -dijo Dorothy

– Siento no haber llegado a tiempo de saludarlo.

– Le ha administrado la extremaunción.

– Muy bien.

Hacía años que Evie no se consideraba católica, y no se preocupó lo más mínimo por anular su primer matrimonio. No obstante, sus padres no se habían resignado nunca a aceptar su alejamiento de la Iglesia.

– No sé yo si está bien eso de que done sus órganos. Era tan… hermosa -observó Dorothy.

– Ya lo creo que está bien, Dorothy. Para lo que de verdad importa, Evie será igualmente hermosa cuando todo esto haya terminado. Más hermosa aún. ¿Verdad que sí? -dijo Harry.