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Su primer impulso fue salir de allí de inmediato y olvidarse de todo aquel turbio asunto. Ya sabía de su esposa y de su alter ego más de lo que hubiese querido saber. Temblaba sólo con pensar lo que podía descubrir en las páginas mecanografiadas y en los archivos del ordenador de la sala de estar, pero era consciente de que no podía dejarlo correr. Se había visto empujado a una pesadilla, y la única manera de librarse de ella era… despertar del todo. En el dormitorio apenas cabían la coqueta y la cama, muy grande e impecablemente hecha. Una de las paredes la ocupaba un armario de dos cuerpos, con puertas correderas que simulaban persianas.

Miró debajo de la cama y luego abrió la puerta de un cuerpo del armario. Los trajes de noche (había catorce) eran elegantes, atrevidos y nada baratos. En el suelo del armario, había varios pares de zapatos a tono con los vestidos, todos ellos de las zapaterías de lujo en las que Evie solía comprar. En el otro cuerpo había toda clase de ropa interior, sumamente provocativa, aunque no para Harry, a quien siempre lo excitó más el cuerpo de Evie bajo una sencilla combinación o pijama. Quizá su austero gusto en materia de lencería explicase que Evie rara vez se pusiera la poca ropa interior de fantasía que tenía, o a lo mejor se debiera a que los gustos de ella fuesen distintos a los de Désirée.

Más perplejo y entristecido que furioso, Harry volvió al salón para echarles un vistazo a las páginas mecanografiadas que, probablemente, le habían costado la vida a su esposa.

Cogió una de las carpetas, cuya etiqueta decía sólo Introducción. Contenía varias páginas. Leyó la primera:

ENTRE LAS SÁBANAS

El poder y la extraordinaria influencia del submundo del sexo en EE.UU.

Los hombres me consideran hermosa, y las mujeres también. Desde que me percaté de ello, le he sacado partido. Soy inteligente, culta y me intereso por muchas cosas, pero lo que más me interesa es el sexo. El sexo y el poder. A lo largo de las páginas de este libro el lector descubrirá cómo yo (y las muchas mujeres con quienes he trabajado y a quienes he entrevistado) exploto el atractivo físico y el sex appeal para atraer y controlar a los demás, tanto hombres como mujeres. Descubrirá el lector cómo decisiones empresariales millonarias -que han supuesto ganar o perder fortunas- se tomaron por la única y exclusiva razón de complacer a alguna de nosotras. Descubrirá el lector que altos cargos públicos fueron destituidos y otros nombrados, simplemente porque una de nosotras lo pidió. A veces se nos paga para que ejerzamos nuestra influencia (grandes sumas). En ocasiones, utilizamos nuestra influencia con jueces, políticos o empresarios, sólo para demostrar que la tenemos.

¿Merecemos esta influencia? El lector juzgará…

Harry dejó la carpeta a un lado y abrió la de Correspondencia. Contenía cartas de directores literarios, de varias de las editoriales más importantes, que expresaban su gran interés por los capítulos de muestra de Entre las sábanas, de Désirée. Las cartas iban dirigidas al apartado de correos de un agente literario de Manhattan llamado Norman Quimby.

Corbett no le había oído nunca a Evie mencionar al tal Quimby, y dudó de que existiera. Había también cartas de productores de programas de TV. Estas últimas iban dirigidas a Evie, a distintos apartados de correos. Le ofrecían que, si podía contar con Désirée y con todo el material que decía tener, considerarían la posibilidad de ofrecerle la presentación de un programa. Los productores le prometían, también, ponerle a su disposición todo tipo de salvaguardas tecnológicas para proteger la identidad de Désirée, a la vez que conservaban el halo de misterio (en otras palabras, le daban garantías de deformación de imagen y voz). Un productor le decía:

… Creo que es una idea estupenda hacer de la identidad de Désirée el secreto mejor guardado desde Pearl Harbor. Si hacemos coincidir la serie de programas de TV con la aparición del libro, la publicidad que se nos hará será enorme, un fenómeno parecido al de Christine Keeler, con unos toques de todo lo que rodeó a Marilyn y a los Kennedy. No me es posible precisarle cifras todavía, pero si nos puede mostrar lo que ya tiene, estoy seguro de que nos pondremos de acuerdo.

Harry cogió una de las cintas de vídeo. En la etiqueta sólo decía «i». Repasó las carpetas que había en el suelo y vio una que llevaba la etiqueta «Vids». En el interior había seis textos de una extensión de dos o más páginas. Por todo título llevaban un número. Cogió el titulado «i» e introdujo la cinta en el vídeo.

Harry leyó:

La mujer que aparece en la grabación se hace llamar Briana.

Tiene treinta y un años y fue miss en una importante universidad del sur del país. Durante el día, ejerce de fisioterapeuta en una clínica de las afueras de Washington, D.C., y por la noche trabaja para una agencia de azafatas de compañía. Por sus servicios cobra 2000 dólares por noche. Sólo tiene unos cuantos clientes y no está obligada a trabajar. Reparte las ganancias a partes iguales con la agencia. Hace poco quedó embarazada de su novio y decidió dejar el trabajo en la agencia. La grabación -una especie de regalo de «jubilación» que Briana se hizo a sí misma- la efectuó con una cámara oculta detrás de un espejo de su apartamento, y la propietaria de la agencia no estaba al corriente. Briana actuó por su cuenta y riesgo, pero un poderoso lobby tabaquero ya había contratado sus servicios. Por influir en el voto de un senador, que aparece con ella en esta grabación, cobró 50.000 dólares, y por el vídeo, otros 50.000. Su cara y su voz, así como las del senador, han sido electrónicamente deformadas…

Harry vio con morbosa fascinación que una joven de grandes y preciosos pechos y cuerpo de adolescente se dejaba desnudar por un hombre cuyo cuerpo… adolecía (de casi todo). A fuerza de llamarlo «senador», de bromear y dejarle hacer de todo, le arrancaba la promesa de retirar su apoyo a un proyecto de ley para gravar con más fuertes impuestos las labores de tabaco.

Era una joven increíblemente atractiva, seductora y muy experta (tanto, que el senador no le duró más allá de dos minutos cuando empezaron a hacer el amor).

La deformación electrónica de voces y rostros hacía imposible identificar al hombre. Harry se preguntó si la grabación sería auténtica o sólo una escenificación preparada por Désirée. ¿Estaría Désirée en alguna grabación? Por desgracia, las probabilidades de que así fuese eran bastante altas. Harry decidió posponer la visualización de las demás grabaciones hasta haber leído lo que contenían las carpetas y las hojas manuscritas.

Miró el reloj. Eran casi las dos. Dio en silencio gracias a su profesión, que le proporcionaba la frescura mental imprescindible durante toda una jornada de trabajo, aunque hubiese pasado la noche anterior en vela.

Seguiría allí hasta el amanecer. Luego pasaría por su apartamento para ducharse y cambiarse de ropa, antes de ir al hospital para su diaria ronda de visitas, y en cuanto las terminase y hubiese cumplido con sus visitas del consultorio, regresaría al Village.

Le echó un vistazo a las carpetas y hojeó las páginas mecanografiadas para ver por dónde empezaba. Reparó en unos folios (no más de diez) sujetos sólo por una ancha goma elástica. La primera hoja llevaba adherido un Post-it con letra de Evie. Decía: Ejecutivos (notas preliminares). Véase también: Diario de Désirée.