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Se reúnen cada dos semanas en el hotel Camelot. Jóvenes, bonitas e influyentes. A mí me eligió Page, junto a otras seis mujeres, que pueden considerarse entre las más bonitas y deseadas de la ciudad. Cobrábamos 1000 por noche, en metálico. Cada una de nosotras era asignada a un ejecutivo. En mi primera noche, un martes, me enviaron a la habitación de…

Harry se sobresaltó. Acababa de oír un ruido procedente del rellano, estaba completamente seguro. Alguien escuchaba tras la puerta. Dejó los papeles donde estaban, fue de puntillas hasta la ventana y subió un poco la persiana sin hacer ruido. Esta daba a un callejón, y había escalera de incendios. No obstante, tanto aquella ventana como la contigua estaban protegidas por barrotes y aseguradas con un candado.

Volvió a la mesa en la que había dejado el llavero de Evie y, mientras examinaba las llaves, oyó llamar. Dio dos pasos hacia la puerta y se detuvo. Volvieron a llamar, esta vez con insistencia.

Corbett miró en derredor. Era imposible ocultar en un momento los papeles de Désirée.

– ¿Quién es? -farfulló Harry, que se acercó más a la puerta para oír quién era.

– Soy Thorvald. Paladín Thorvald. Tengo que hablar con usted.

Aunque Harry no lo oyó muy bien, entendió el apellido.

– ¿Cómo ha entrado?

– Es muy importante.

Harry volvió a mirar en derredor, se encogió de hombros y descorrió el cerrojo. En cuanto giró el pomo de la puerta, irrumpieron dos hombres con sendas cazadoras de piel. Uno era alto y fornido como un profesional de lucha libre y el otro era mucho más bajo pero roqueño. Llevaban el rostro cubierto con una media.

– Se me da bien imitar voces -dijo el más alto, que empujó a Harry hacia el interior del apartamento.

La reacción de Corbett fue puramente refleja. Soltó un directo que impactó en pleno rostro del imitador y lo estampó contra la pared. Luego, le dio una patada en la rodilla al otro, que cayó de costado y empezó a mascullar juramentos.

Harry echó a correr hacia la puerta, pero el más alto le puso la zancadilla y lo hizo caer de bruces.

– ¡Socorro! -gritó Harry.

Corbett gateó hacia la entrada, pero el gigantón lo agarró de los tobillos y tiró de él hacia dentro.

Harry gritaba, tratando de soltarse. Pese a sus 82 kg, el gigantón, que tenía el rostro ensangrentado, lo arrastraba como si fuese un muñeco.

– ¡Pónselo en seguida! -le espetó a su compañero sin dejar de arrastrar a Harry-. ¡Este tío está loco!

Harry logró soltarse un pie y le dio una patada en el rostro al matón, que aflojó lo bastante su presión en el otro tobillo como para que Harry pudiese deshacerse de él. Fue entonces el más bajito el que, aunque tambaleante, trató de sujetarlo. Harry estaba tan enfurecido que le propinó un tremendo codazo en el cuello, y se lo retorció con una fuerza que hubiese hecho palidecer al campeón de los pesados. Su inesperado enemigo volvió a desplomarse.

Harry fue trastabillándose hacia la puerta. Al gigantón le dio tiempo a volver a cazarlo. De nuevo forcejearon y, de pronto, Harry sintió un agudo dolor en el pecho y en la espalda. Fue el mismo dolor que sintió mientras corría en el gimnasio del hospital, pero mucho más intenso. Se le doblaron las rodillas y se le nubló la vista. Momentos después, los dos matones lo tenían inmovilizado encima de la alfombra.

– ¡Pónselo en seguida! -le espetó el gigantón a su compañero.

– ¡Está bien! ¡Está bien! Ya lo tengo. Ya está. Ya lo tengo.

Sudoroso, aturdido y casi cegado por el insoportable dolor, Corbett notó el dulzón y empalagoso olor del cloroformo. Al cabo de unos instantes, le metieron en la boca un rollo de gasa empapado con el rápido anestésico.

El terrible dolor que sentía en el pecho le impidió ofrecer resistencia, y a medida que perdía el conocimiento, remitió el dolor. Durante unos momentos trató de no inhalar el cloroformo, pero con casi 200 kg encima, su esfuerzo fue inútil.

«¿Se sentirá algo después de muerto?», fue lo último que pensó antes de inhalar profundamente el anestésico.

* * *

«¿Cuáles son los nombres de los documentos que ha leído?»

«¿Qué nombres recuerda?»

«¿Qué cintas ha escuchado?»

«¿Qué decían esas cintas?»

Las preguntas flotaban en las tinieblas como plumas que sólo rozasen la mente de Harry.

«¿Le habló alguna vez su esposa del reportaje?»

«¿Cómo se enteró de la existencia de este apartamento?»

«¿Hace mucho que sabe que lo tenía?»

«¿Quiénes más lo saben?»

Era una voz de hombre, suave y nada apremiante. Pero Harry estaba indefenso para negarse a contestar.

A las preguntas, que resonaban en su cabeza una y otra vez, respondía una voz que, pese a ser la suya, no parecía una voz humana.

«Empecemos de nuevo, Harry. Cuénteme todo lo que ha leído aquí esta noche.»

«Dígame todos los nombres que recuerda.»

«Todos los nombres.»

«Todos los nombres.»

* * *

Harry estaba boca arriba, atado a una cama. Le habían tapado los ojos con dos trozos de algodón, sujetos con esparadrapo. Podía mover las manos, pero no los brazos; los pies, pero no las piernas; la cabeza, pero no los hombros.

– Déjenme levantarme.

Harry lo farfulló apenas. La voz le sonó como si fuese de otro.

– Cuando me convenza de que nos ha dicho todo lo que sabe, lo dejaremos libre. ¿Quieren pasarme más Pentotal?

Harry empezaba a poder pensar con claridad. El agudo dolor del pecho había desaparecido. Y no había muerto…

– Deje de mover el brazo, Harry. Dentro de unos momentos se sentirá mucho mejor.

El hombre que lo interrogaba tenía voz de persona culta e inteligente, y no como los dos tipos que lo atacaron en el apartamento, aunque también estaban allí. Los oía respirar. Trató de imaginarlos a los tres a los pies de su cama, mirándolo.

– Aún necesitaré más Pentotal -dijo el interrogador-, y llenen esa jeringuilla hasta la mitad con la Ketamina. Aunque no creo que pueda decirnos nada más, nos aseguraremos.

Harry notó movimiento junto a su brazo izquierdo y reparó en que le inyectaban en la vena. «¿Es usted, verdad? -clamó en silencio-. ¡Usted es el médico del edificio Alexander!»

Sumido en la oscuridad, Harry notó un agradable calor y que se le iba la cabeza. Y de nuevo oyó como un lejano eco hecho de las preguntas del interrogador y de sus propias respuestas.

«¿Qué más recuerda?»