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«¿Qué nombres?»

«¿Qué lugares?»

«¿Qué cintas?»

«¿Qué más?»

«¿Qué más?»

«¿Qué más?»

* * *

Harry sintió que emergía de las profundidades de un cálido, oscuro e impenetrable mar.

Notaba la cabeza y el pecho hinchados, y veía burbujas que se disipaban a medida que, lentamente, palabra por palabra, su encuentro con los matones y con el inquisidor se reprodujo en su mente.

Podía mover los brazos. Levantó uno y luego el otro, libres ya de ligaduras. Tampoco tenía ya atadas las piernas. Se llevó la mano a los ojos y se arrancó las dos tiras de esparadrapo con cuidado.

La habitación estaba completamente a oscuras. Contuvo una espasmódica arcada y se sentó en el borde de la cama. Luego fue a tientas hasta una ventana y subió la persiana. El sol de la mañana, ya muy entrada, le hirió los ojos. Se los protegió con el brazo y aguardó. Al cabo de unos instantes, pudo mirar en derredor. Estaba en el dormitorio de Désirée, vestido, aunque descalzo. Los zapatos estaban junto a la cama. Le habían quitado el reloj.

En la cara interna del codo izquierdo, tenía la señal de una inyección intravenosa.

En el dormitorio no quedaban más que los muebles. Se habían llevado la ropa del armario, los cosméticos y los productos de tocador de la coqueta. No habían dejado nada, ni en el cuarto de baño ni en el salón. Se habían llevado todas las pertenencias de Evie. El ordenador había desaparecido. Incluso se habían llevado los preservativos. El llavero de Evie tampoco estaba, aunque sí el suyo y la cartera (encima de la mesa).

Harry se dejó caer en el sofá con un fuerte dolor de cabeza, que sospechó que no iba a desaparecer así como así. Cogió el teléfono y llamó a su consultorio. Mary Tobin sintió un gran alivio al oírlo.

– Lo he llamado a todas partes, doctor Corbett -dijo su enfermera-. Incluso a la policía.

– ¿Qué hora es?

– ¿Cómo dice?

– Le he preguntado que qué hora es, Mary.

– Casi las doce. ¿Se puede saber dónde está?

– Luego se lo explicaré. Ahora tengo que ir a casa. No llegaré al consultorio hasta las tres. Haga lo que pueda con las horas de los pacientes. Podría pasarme algunos para el sábado.

– ¿Se encuentra usted bien?

– Verá… Me he encontrado mejor. Luego se lo contaré.

Harry se puso los zapatos, echó otro infructuoso vistazo por el apartamento y volvió a casa.

Después de tener la respuesta al misterio de Evie en sus manos, su imprudencia había echado a rodar, por lo menos, la ocasión de ponerse él a salvo. Con todo, sabía ahora mucho más acerca de quién fue, de verdad, Evie DellaRosa. Y tenía otro dato: la voz suave de un hombre culto que hablaba con ligero acento el inglés británico.

Capítulo 14

A las cinco de la madrugada ya estaba Kevin Loomis vestido para ir al trabajo.

Fue sin hacer ruido a la cocina y cerró la puerta. Estar desvelado no era razón para despertar a Nancy y a los niños. Se había acostado pasadas las doce y había tardado más de una hora en conciliar el sueño. No habría dormido, de verdad, más allá de diez horas desde que vio la fotografía de Evelyn DellaRosa en la sección de necrológicas del Times. A ratos, no le cabía la menor duda de que la mujer de la foto era Désirée. Sin embargo, a veces no estaba tan seguro. Aunque se parecían mucho, la mujer de la foto daba la impresión de ser más joven, y resultaba menos atractiva que Désirée.

Se calentó una taza de café del día anterior en el microondas y se la bajó al despacho del sótano, un cuartito que había habilitado para él, rodeado de cajas, el equipo deportivo que no utilizaba en la estación, tuberías de la calefacción y montones de carbón.

Aunque no pasaba mucho tiempo allí desde que lo ascendieron, el pequeño estudio le servía para aislarse y pensar. Además, se dijo, dentro de poco tiempo ya no necesitaría aquel refugio que tan útil le había sido. Su casa del barrio de Queens estaba en una bonita calle arbolada, pero tenía sólo tres dormitorios. El cartel de «SE VENDE» llevaba mucho tiempo en la parte delantera del jardín. Un fontanero y su esposa estaban interesados en comprarla. Y en cuanto la vendiesen, él y Nancy harían la oferta definitiva para comprar un fabuloso chalé en Port Chester (doce habitaciones, tres chimeneas y cuatro cuartos de baño). El chalé ocupaba casi hectárea y era la mansión de ensueño que siempre creyeron que no era más que eso: un sueño.

Ascenso, coche nuevo, casa nueva, nuevos colegas, acceso importantes secretos… Todo había ocurrido muy de prisa, y quizá fuera eso lo que lo preocupaba. Désirée, Kelly, la Tabla Redonda… no lo inquietaban demasiado. El problema estaba en él. Por más que lo intentaba, no lograba desechar la sensación de que todo aquello le venía grande.

«La mayoría de los caballeros ocupan altos cargos desde hace años -le había dicho Burt Dreiser el día que se decidió a hacerle la oferta que cambiaría su vida tan radicalmente-. Los miembros de la Tabla Redonda forman una auténtica "piña". Al principio, lo intimidará verlos tan unidos, pero no tema. Lo he visto a usted trabajar durante años, y jamás se me hubiese ocurrido proponerlo para que ocupase mi puesto de no tener absoluta confianza en usted. Lo único que importa es que crea en lo que defiende la Tabla Redonda, que crea que nuestra causa justifica el modo que tenemos de enfocar la solución de los problemas.»

Aunque Kevin no recordaba qué le contestó exactamente a Burt Dreiser, era obvio que su respuesta debió de ser la adecuada, y sincera. A lo largo de su vida, había tomado más de un atajo (respecto de la ley, de la moral y de otros principios) para conseguir lo que deseaba o por las causas en las que creía. Y no había nada en la Tabla Redonda, ni en sus fines, que no pudiese aceptar, y más teniendo en cuenta que se jugaban mucho tanto su empresa como él. Todo sería perfecto -absolutamente perfecto- si pudiera sentirse más cómodo con todo lo que implicaba pertenecer a la Tabla Redonda.

Cogió el recorte de la nota necrológica de Evelyn DellaRosa, lo alisó encima de la mesa y lo releyó. La directora de sección de «Consumo» de la revista Manhattan Woman encajaba bien con lo que sabían de Désirée. Lo que ya no encajaba era que fuese esposa de un médico.

Aunque Désirée no hubiese llegado a hacer el amor con Kevin, él recordaba muy bien que estaba dispuesta, y enbuen grado. Gauvain reconoció haber tenido con ella algunos escarceos. Sin embargo, negaba haber llegado a hacer el amor con ella.

Kevin siempre tuvo la sensación de que Gauvain mentía. No era insólito que la esposa de un médico se prostituyese. ¿Quién no había leído o visto por TV reportajes acerca de los paraísos del sexo en zonas residenciales? Pero eso era una cosa, y otra muy distinta verse mezclado en algo semejante.

Kevin Loomis se detuvo en una línea de la esquela de Désirée.