– ¿Y lo deja con vida después de haberle visto usted la cara?
– No le vi la cara. Ni a los otros dos tampoco -replicó Harry, que reparó en que el cinismo de Dickinson se tornaba en incredulidad-. Los dos matones llevaban el rostro cubierto con una media -añadió-. Cuando apareció el supuesto médico, yo tenía los ojos tapados. Maura Hughes es, que yo sepa, la única persona que le ha visto la cara.
Harry no había tardado mucho en comprender por qué no lo mató el misterioso médico. Bajo el efecto del potente hipnótico que le administró, reveló todo lo que sabía, o sea: prácticamente nada. Comprendió que, cuando lo sorprendieron, apenas les había echado un vistazo a los materiales del reportaje, y en lo poco que había visto y leído, no había nada que pudiera inculpar a nadie (ni nombres, ni fechas, ni lugares). Si el médico tenía confianza en sus métodos (y había sobradas razones para pensar que era un hábil interrogador), se percataría de que Harry no representaba ninguna amenaza.
Además, Harry caía ahora en la cuenta de que había una razón más importante para no haberlo matado. Si Caspar Sidonis no hubiese irrumpido en escena con su ira y sus sospechas, nadie habría puesto en duda que la muerte de Evie se debió a causas naturales. Las hemorragias eran una frecuente complicación de los aneurismas y, por lo mismo, a nadie sorprendían. El forense no habría titubeado en extender el certificado de defunción por muerte natural. Sin embargo, debido a la insistencia de Sidonis, se hizo un exhaustivo análisis de la sangre del cadáver. Encontrarían Aramine y, de inmediato, las sospechas recaerían sobre Harry. Si desaparecía, o era asesinado, la investigación sobre el caso se intensificaría.
De modo que le ahorraban morir a manos de los gladiadores, sólo para echarlo luego a los leones.
– Dígame entonces, doctor, ¿cómo sabe que el hombre del apartamento es el mismo que mató a su esposa? -preguntó Dickinson.
– Con seguridad, no lo sé. Y ahora, ¿querría hacer el favor de marcharse?
– Tengo un mandamiento judicial para registrar su consultorio y su apartamento, y buscar el fármaco del que hemos hablado.
– ¡Qué tontería! Si yo hubiese hecho lo que usted dice, no sería tan estúpido de tener aquí una provisión de Aramine.
– Mire, doctor, ya fue lo bastante estúpido como para matar a su esposa y creer que no lo iban a descubrir. Es un grado de estupidez suficiente como para tener una provisión de Aramine. ¿Lo ve, Graham? Ya se lo dije. Estos médicos toman a los demás por tontos, por eso siempre cometen errores, y por eso los descubren.
El joven agente se rebulló en la silla, visiblemente violento, y desvió la mirada.
– ¿Va a registrar el consultorio mientras atiendo a mis pacientes?
– No sería necesario si usted nos dijese la verdad. Sé lo de las relaciones de su esposa con esa eminencia. Sé que ella planeaba dejarlo a usted. Sé lo del seguro de vida que pretende cobrar. Sé lo del fármaco que utilizó. Y sé que fue usted el último en verla con vida. ¿Qué le parece? Quizá fue en un arrebato. Ella era una mujer hermosa y no pudo soportar perderla. Así, de pronto pasa usted por el botiquín, piensa en el aneurisma que padece, ve el Aramine a mano y… asesinato en segundo grado. Es de lo que se le acusará. Nada más. La pena por un asesinato en segundo grado no es muy grave, por lo que podría estar en la calle en cinco años. Incluso podría no cumplir la pena, si tiene un buen abogado.
Dickinson se fijó en la Estrella de Plata que Corbett tenía enmarcada en un cuadrito. Debajo de la condecoración decía: «Mató a tres enemigos en combate».
Harry notó que el inspector acababa de reparar en aquella frase. De pronto, cayó en la cuenta de que podía esgrimir ante él un sólido argumento.
– Dígame una cosa, teniente. Si sabe todo eso acerca de mí, y tan seguro está de que asesiné a mi esposa, ¿por qué no se ha presentado aquí con una orden de detención?
– ¿Cómo dice?
– Es evidente que el juez no está dispuesto a concederle la orden de detención contra mí bajo la acusación de asesinato, a menos que demuestre usted que tengo una secreta provisión de Aramine. ¿Me equivoco?
No había más que verle la cara a Dickinson para advertir que Corbett no se equivocaba.
– ¿Y qué? -exclamó el inspector sin perder la calma-. Dentro de dos semanas se reunirá el gran jurado, y le garantizo que, con los elementos de prueba que estoy en condiciones de presentar, no vacilarán en procesarlo. Empecemos con el registro, Graham.
– Un momento, agente -dijo Harry, que tras pasar a la ofensiva no pensaba ceder-. Me parece que no se trata sólo de eso, ¿verdad? Se ha encontrado también con lo de Maura Hughes. El juez ha creído su versión de que, después de salir yo, entró otra persona en la habitación. Es eso, ¿no?
– Usted mató a esa mujer, Corbett.
– Ya. Han creído a Maura Hughes. Ya lo veo.
– A ella no -dijo el inspector, que a duras penas pudo contener la ira que le producía su frustración-. A quien han creído ha sido al condenado «yalero» de su hermano. El muy imbécil se ha permitido pasar por encima de mí. Puso una denuncia. Así, sin encomendarse a Dios ni al diablo. Le aseguro yo que antes le darán la placa de inspector a Charles Manson que a él. Pero no se haga ilusiones. En realidad, no han creído la versión de ese imbécil; lo único que ha conseguido es que esperen a hacer ciertas comprobaciones. Y por lo que se refiere a esa alcohólica que esgrime usted como testigo, su hermano no podrá testificar en su nombre porque, en cuanto la oigan quienes han de oírla y la calen, nadie creerá que haya visto más que bichos. De modo que, ¿nos va a dejar hacer nuestro trabajo o no?
– Supongo que no tengo más remedio.
– Exacto, Corbett. No le queda otro remedio. Es usted un engreído de mierda. Detesto a la gente como usted. Usted mató a su esposa. Y también detesto a los asesinos. Esto no ha hecho más que empezar, doctor. Tome buena nota: lo voy a crucificar. Y tarde o temprano pagará. No lo dude. Vamos, Graham, empecemos con el registro.
Dickinson y Graham tardaron dos horas en registrar todas las dependencias del consultorio. Harry aguardó unos minutos, hasta asegurarse de que el inspector no iba a regresar. Luego se sirvió una taza de café tibio, cogió un bagel de los que se hacía traer de la panadería judía de la esquina y volvió a su despacho.
Harry sacó de la cartera una nota y llamó a Maura Hughes.
– Soy el doctor Harry Corbett, el marido de Evie, señorita Hughes. ¿Me recuerda?
– Sí que lo recuerdo, sí.
Aunque sin llegar a farfullar, su tono le pareció a Harry algo entrecortado y bronco.
– ¿Qué tal se encuentra? -le preguntó Corbett, que pensó que acaso hubiese bebido.
– No del todo bien.
– Lo siento.
– Pero sí que estoy algo mejor.
Harry se percató de que no iba a pasar de una conversación intrascendente si él no iba al grano.