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– ¿Ha hablado la policía con usted?

– No.

– Pues conmigo sí. Acaban de salir de mi consultorio, y me parece que no tardarán en ponerse en contacto con usted. Han encontrado una sustancia extraña en la sangre de Evie. Murió asesinada.

Harry hizo una pausa, pero Maura Hughes permaneció en silencio.

– El inspector Dickinson está convencido de que lo hice yo; y yo de que fue el médico que usted vio.

Maura guardó silencio.

– ¿Sigue ahí, señorita Hughes?

– Sí, lo escucho.

– ¿Se encuentra bien?

– A si estoy bebida se refiere, ¿verdad?

«Como si la viera», pensó Corbett. Debía de estar en bata, sentada frente a la mesa de la cocina de un pequeño y destartalado apartamento, con un vaso de whisky en la mano y una botella por la mitad.

– Sí, supongo que eso es lo que he querido decir -repuso Harry, entristecido al imaginarla-. No obstante, perdóneme porque no es asunto mío. La he llamado para que nos veamos en cuanto pueda. Es muy importante para mí.

– ¿Por qué?

– El inspector Dickinson está empeñado en cargarme la muerte de Evie. Acaba de registrar mi consultorio durante dos horas, con todos mis pacientes aquí. No sé cómo me he contenido. He estado a punto de tirarle una silla a la cabeza a ese memo, como lo llamó usted.

– Lo recuerdo, sí.

– Pues bien: la única razón por la que, de momento, no me detienen es porque el juez, el fiscal o acaso algún superior del inspector Dickinson no descartan que sea cierto que vio usted salir a un hombre de la habitación, tal como denunció su hermano.

– Y lo vi.

– No lo dudo, por eso necesito verla. He de encontrar el medio de averiguar quién es, y usted es la única persona que lo vio.

– ¿Cuándo quiere que nos veamos? -preguntó Maura tras un largo silencio.

– No sé. ¿Qué tal esta noche?

– Esta noche no puedo.

– Mañana entonces -dijo Harry, que estuvo a punto de proponerle otro día porque el siguiente era su cumpleaños-. Y escúcheme bien, Maura: si se siente violenta porque ha de beber, olvídelo; no tiene por qué.

– A las siete y media -propuso ella-. Si tiene mi número de teléfono, supongo que tendrá también mi dirección.

– La tengo. Gracias, Maura.

– Ah, doctor Corbett…

– ¿Sí?

– No suele preocuparme lo que opinen los demás, pero ya que me lo ha comentado, le diré que, si doy la impresión de haber bebido, es porque tengo voz de dormida; acabo de dar una cabezada. Lo cierto es que no he probado una gota de alcohol desde que me ingresaron.

– ¡Eso es maravilloso!

– Pero estaba a punto.

– ¡No… por favor! -le encareció Harry.

– Supongo que podré abstenerme, por lo menos, hasta mañana a las siete y media. Quizá no sean verdaderas ganas de beber lo que tengo; acaso es sólo que me aburro.

– Me comentó su hermano que es usted pintora. ¿Ha vuelto a pintar desde que le dieron el alta?

– La verdad es que no. Apenas he hecho otra cosa que haraganear por la casa, dar cabezadas, compadecerme y pensar en beber.

– Pues ¿sabe qué?, podríamos cenar juntos mañana. De no ser por usted no estaría en libertad. Yo le sacaré el jugo a sus dotes de observación, y usted se distraerá un rato.

Harry se lo propuso, en la creencia de que, si estaba tan deprimida como parecía, no iba a aceptar. No obstante, notó que titubeaba.

– ¿He de ir muy elegante? -dijo ella, sin embargo.

– No es necesario, si no quiere. Salvo en el trabajo, mi indumentaria de gala son los téjanos.

– Pues, entonces, cuente conmigo -dijo Maura-. Acepto encantada.

Capítulo 16

A medianoche, oficialmente ya cincuentón, Harry celebró su cumpleaños con champaña y bombones.

Aunque a lo largo de los últimos 365 días no se le había declarado un cáncer ni lo había atropellado un autobús, había sido un año bastante calamitoso. Enfilaba la recta que conducía a los cincuenta y uno de una manera poco prometedora.

Estuvo un rato compadeciéndose, hojeó el álbum de su boda con Evie y luego optó por amodorrarse con su somnífero más fiable: Moby Dick. Al capitán Ahab tampoco le iban nada bien las cosas aquel año.

Cuando sonó el despertador, a las 5.45, llevaba despierto casi una hora. Terminaba sus ejercicios de gimnasia sueca, que hacía cuando no iba a correr al gimnasio del hospital.

Había practicado varios deportes (béisbol, atletismo -en la modalidad de cross- y baloncesto, en la facultad). No tenía condiciones para ser una estrella en ningún deporte, pero su ardor combativo lo convirtió en un ganador. Sin embargo, desde hacía diez años concentraba sus energías en combatir el envejecimiento. Y en aquellos momentos, tras las sesenta flexiones de costumbre, trataba de llegar a las setenta y cinco, encorajinado por el encono con que lo había tratado Dickinson.

La tarde anterior, al llegar a casa, se encontró con el inspector, que lo esperaba allí junto a un nuevo agente.

Dickinson hablaba con el portero de día, Armand Rojas, pero se interrumpió en cuanto vio a Harry asomar por la puerta. En seguida le mostró un mandamiento judicial para registrar su apartamento. Después de la metedura de pata de Rocky -el portero de noche- con el servicio a domicilio del restaurante chino, Harry les dio una generosa propina, tanto a Rocky como a Armand, para que extremasen las precauciones con cualquier extraño. Sin embargo, no las tenía todas consigo. Pensaba que no era imposible que el misterioso médico hubiese logrado colarse en su apartamento y dejar en cualquier rincón unas cuantas ampollas de Aramine. Y tampoco descartaba que el propio inspector Dickinson fuese capaz de hacer una cosa así.

Con gran alivio por parte del doctor Corbett, el inspector y el agente no encontraron nada (pese a que Dickinson, más irascible y frustrado a medida que transcurrían los minutos, registró el apartamento durante hora y media).

Antes de marcharse, el inspector se hartó de amenazarlo, de despotricar contra él y de repetirle que lo iba a crucificar.

La habitación de matrimonio del apartamento tenía un amplio balcón que daba a la fachada lateral de otro inmueble. Era un balcón tan espacioso que casi parecía una terraza. Habría sido un verdadero solárium de haber estado un poco más arriba.

Evie tenía muchas ideas para aquella habitación cuando estrenaron el apartamento, aunque pronto perdió interés. Los balcones de los apartamentos de los pisos superiores eran idénticos, pero tenían una vista formidable y muchas horas de sol. Con el paso del tiempo, aquella habitación pasó a simbolizar para Evie todo lo que en su vida consideraba secundario, y jamás salía al balcón.