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– Bueno, doctor Corbett, ¿qué le parece si empezásemos por su versión de los hechos, desde la noche de la muerte de su esposa? -dijo Sam Rennick.

– Un momento, Sam -lo atajó Wetstone-, creo que hemos dejado claro por qué normas nos íbamos a regir aquí…

Harry Corbett se sentía como ajeno a todo. Tendría que escuchar, sin intervenir, a dos abogados a quienes acababa de conocer.

A medida que entraron en materia, intervino alguno de los presentes, e incluso él, un par de veces. Pero todas las voces -incluida la suya propia- le sonaban distorsionadas y, en buena parte, las palabras le parecían carentes de significado.

Todo aquello se le antojaba tan irreal como una pesadilla.

En lugar de estar atento y concentrado, Harry dejaba vagar el pensamiento. Trataba de imaginar cuántas horas -igual eran centenares- estaba destinado a pasar absorbido por una u otra clase de procedimiento legal.

Como Alicia, se veía catapultado a través del espejo, y se adentraba en un mundo en el que todo era posible, por más ilógico y absurdo que pareciese.

Inexplicablemente, pese a estar en juego su futuro profesional, pensó en una de sus pacientes, una jovencita llamada Melinda Olivera, a quien le diagnosticó, hacía poco, una mononucleosis avanzada, y a la que le puso un tratamiento tan agresivo que al día siguiente pudo asistir a la fiesta de fin de curso en el instituto.

El ejercicio de la medicina siempre se le había antojado algo muy directo. Acudía un enfermo a la consulta y uno hacía lo que pudiese por curarlo. «Aquello», en cambio, era demasiado complicado: abogados, administradores, jefes de relaciones públicas.

– No estoy de acuerdo, en absoluto -dijo con acritud Doug Atwater.

Harry estaba tan distraído que no tenía ni idea de a qué se refería.

– Hemos analizado la cuestión a fondo -prosiguió Atwater- con el gerente de la CSM, quien, a su vez, ha hablado con el director médico y con otros cargos clave, y nunca ha habido una sola queja contra el doctor Corbett, ni por su dedicación como médico, ni por cobrar abusivamente en su consulta privada, ni por su conducta personal. No veo razón alguna para que no siga en el cuadro médico de la CSM.

– Pero ¿qué pensarán los afiliados si…? -preguntó la señora Hinkle.

– Mire usted, Bárbara -la atajó Doug-, no quisiera ser grosero, pero lo que necesitamos es una enérgica declaración del hospital, en el sentido de que oficialmente no se ha acusado todavía de nada al doctor Corbett, y que, nosotros, en este hospital…

Harry apenas se enteró de lo que dijeron a continuación, aunque no, como hacía unos instantes, porque estuviese distraído. Había metido la mano en el bolsillo interior derecho de su chaqueta de sport para sacar el bolígrafo, pero no lo llevaba. Lo que sí palpó fueron dos objetos que él no llevaba al ponerse la chaqueta por la mañana. Es más: estaba seguro de no tenerlos él. Los cogió y los posó lentamente en su regazo.

– De acuerdo entonces -dijo Mel Wetstone-. La postura del hospital será de apoyo a un respetado miembro del personal médico que no ha sido condenado, ni siquiera acusado, jamás de delito alguno. Por su parte, el doctor Corbett se abstendrá de toda declaración pública sin antes consultar con la señora Hinkle. El doctor Corbett podrá seguir con su trabajo en el hospital como de costumbre. ¿Le parece a usted bien, doctor Corbett? ¿Doctor Corbett?…

– ¿Cómo? Ah, sí. Gracias a todos ustedes. Me parece muy bien.

Apenas logró desviar su atención de los dos objetos que tenía en la mano: su reloj y el llavero de Evie, que echó en falta al despertar en el apartamento del Greenwich Village.

Estaba claro que aquella misma mañana (en el atestado ascensor, probablemente) el asesino de su esposa se había pegado a él, y quizá le hubiese deslizado el llavero en el bolsillo para recordarle lo vulnerable que era (una advertencia, también, de que tuviese mucho cuidado con lo que decía y a quién se lo decía). Reparó, sin embargo, en que cabía otra posibilidad, más inquietante y sobrecogedora: que para el asesino de su esposa, él no fuese más que un entretenimiento, un peón en un macabro juego.

– ¿Cómo dice? -preguntó Wetstone.

– No sé. Estaba distraído -dijo Harry.

– Es que acabo de oírle algo así como «no voy a ser presa fácil». ¿Qué ha querido decir?

– Ah, nada -contestó Harry, que volvió a guardar el reloj y el llavero en el bolsillo-. Nada importante.

* * *

«LA PERIODISTA DE MANHATTAN

MURIÓ ASESINADA, SEGÚN EL FORENSE»

Kevin Loomis miró el titular del Times. La foto de Evelyn DellaRosa era la misma que apareció cuando publicaron su nota necrológica. Al igual que a lo largo de la semana anterior, Loomis trataba de convencerse de que el parecido con Désirée era pura coincidencia. En su fuero interno, sin embargo, no le cabía duda de que era ella. Hacía sólo un mes y medio tuvo a aquella mujer sentada a horcajadas, de espaldas, en bragas y sostenes. Relajaba la tensión de sus músculos, a la vez que le prodigaba su encanto, para sonsacarle acerca de su persona y de su vida.

Kevin leyó el artículo de cabo a rabo. Le temblaban tanto las manos que tenía que apoyarlas en la mesa para poder leer.

En la última reunión de la Tabla Redonda llegaron a la conclusión de que Désirée no representaba una seria amenaza para el grupo. Luego, sólo unos días después, la asesinaban en su cama del hospital, y aunque sospecharan de su esposo, no lo habían detenido. A lo mejor, porque no la había matado él.

Kevin sintió un escalofrío. Durante el trayecto hasta el centro de la ciudad, intentó convencerse de que su reacción se debía a los momentos de intimidad que, aunque superficiales, compartió con la mujer asesinada.

Los periódicos (había leído la noticia en todos los rotativos neoyorquinos) hablaban de desavenencias conyugales. El Daily News aludía a un amante. Evelyn DellaRosa, Désirée o comoquiera que se llamase, fue asesinada por su marido. Y eso era lo que había.

Kevin había conducido tan ensimismado que no recordaba por dónde había pasado, exactamente, desde que salió del garaje de su casa hasta llegar al edificio de la Crown, en pleno centro de Manhattan.

Dejó el coche en el aparcamiento subterráneo, en la plaza señalizada con su nombre, escrito en letras azules en la pared. Luego cogió el ascensor hasta la planta 31, en la que se encontraba su despacho y donde lo aguardaba Brenda Wallace, que apenas pudo contener su entusiasmo al darle la noticia.

– Ha llamado su esposa hace unos minutos, señor Loomis -dijo casi sin aliento-. Me ha dicho que el matrimonio que quería comprar su casa ha conseguido el préstamo hipotecario, y que el banco ha aprobado el suyo para la compra de la casa de Port Chester.

De pie en la entrada, Burt Dreiser le guiñó el ojo a Kevin y alzó los pulgares. Su expresión no dejaba lugar a dudas: había influido en acelerar las gestiones.

«Se me da bien solucionar problemas», le dijo el día que se vieron en el barco.