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Cubierta con una colcha de lana, Maura Hughes dormía con la cabeza apoyada en el regazo de Harry, que acababa de apagar el televisor.

Arrellanado en el sofá, casi a oscuras, Harry le acariciaba el rostro y el pelo, que apenas asomaba.

A lo largo de la velada, Maura no hizo el menor comentario para tratar de justificarse por su manera de vivir y… de beber. Tampoco se lamentó por la horrible situación a la que se había visto abocada. Harry veía a Maura Hughes como a una heroína, aunque no le hubiesen concedido ninguna medalla. Se sentía fuertemente atraído hacia ella.

Harry movió un poco las piernas y ella gimió quedamente, ladeó el cuerpo y lo miró.

– ¿No le dejo dormir, verdad? -preguntó ella en tono atormentado.

– No. Qué va. Últimamente, he pasado más noches en este sofá que en la cama. ¿Por qué no va a mi dormitorio de invitados y duerme cómodamente?

– ¿Y no podría quedarme así?

– Si quiere.

– Sí quiero -musitó ella.

Le pesaban tanto los párpados, que no pudo sino sonreírle y dejarse vencer por el sueño, recostada en él.

* * *

Harry tenía tres pacientes en el hospital. Uno era una chica de catorce años a la que iba a darle el alta y que padecía asma.

En cuanto llegó a la habitación le anotó el tratamiento a seguir a la madre, tan joven también que parecía una niña. Sin embargo, ni sus explicaciones profesionales ni sus palabras de aliento lograron tranquilizarla. En vista de ello, Harry le dio una tarjeta de su consulta privada.

– Tenga, Naomi -le dijo-. Le anoto al dorso el teléfono de mi casa. Si surge cualquier problema con Keesha y le sale el contestador automático en la consulta, puede llamarme a casa. De todas formas, ya verá como su hija va a encontrarse perfectamente.

La joven se guardó la tarjeta en el bolsillo de atrás de los téjanos, le agradeció a Harry su atención y se despidió de él con un abrazo.

Sus otros dos pacientes eran hombres. Uno era ya anciano. Lo habían vuelto a enviar a Harry después de pasar tres días sin sufrir alteraciones importantes en la unidad de cardiología. Era un viejecito desdentado que padecía de una divertida confusión mental desde que Harry era su médico, hacía ya más de quince años. Con la adecuada atención, tenía muchas probabilidades de poder marcharse a su casa aquella misma semana.

El anciano le dio unas palmaditas a Harry en la espalda, lo llamó «doctor Carson» y le dijo que no desesperase porque, si perseveraba, algún día llegaría a ser un gran médico.

Harry sonrió contristado al pensar en la normalidad con que cumplía con la rutina de su diaria ronda de visitas, hasta hacía poco. Ahora, en cambio, yendo de un lado para otro por el hospital, no le pasaban inadvertidos los cuchicheos ni las miradas. Se sentía señalado con el dedo por casi todos.

«Es ése. El médico que mató a su esposa. Es inconcebible que lo dejen rondar por el hospital de esta manera…»

Corbett cogió el ascensor hasta la quinta planta del edificio Alexander. Era el mismo ascensor en el que bajó con su abogado Mel Wetstone; el mismo atestado ascensor en el que tuvieron al asesino de Evie por compañía. En esta ocasión iba solo.

El último paciente que debía visitar ocupaba la habitación 505. Era un arquitecto de treinta y tres años llamado Andy Barlow que dio seropositivo durante dos años y luchaba contra una neumonía (Pneumocystis carinii), primer síntoma de que se le había declarado el sida en toda su virulencia.

Durante los dos años pasados sin enfermar, Barlow siguió con su trabajo en un taller de arquitectura de la ciudad; dedicó innumerables horas a colaborar, voluntariamente, en un asilo para personas sin hogar, y encabezó la campaña contra el extendido uso de intercambiar jeringuillas y para que se mejorase la atención a los enfermos de sida en la Seguridad Social.

«Otro verdadero héroe», pensó Harry cuando entró en su habitación.

Andy Barlow estaba conectado a un balón de oxígeno. No tenía tan buen aspecto como a Harry le hubiese gustado. Su rostro estaba demacrado y ceniciento, y tenía los labios morados. Estaba sentado e inhalaba el oxígeno ligeramente vencido hacia delante. Pese a ello tuvo una amable sonrisa para Harry.

– Hola, doctor -le dijo con la voz entrecortada por la tos.

– Hola -correspondió Harry, que se acercó una silla y se sentó a su lado.

Corbett hojeó los diarios informes clínicos de Barlow (análisis de sangre, niveles de oxígeno, radiografías), que daban mejor impresión que la observación ocular del paciente. A juzgar por los datos, había razones para sentirse mínimamente esperanzado.

– ¿Qué hay de nuevo? -preguntó Barlow.

– Eso que llaman el «perfil» de los datos indica que ganamos la partida -contestó Harry.

– Dígaselo a mis pulmones.

– ¿Tan mal se encuentra?

– La verdad es que no -repuso Andy, que hizo una pausa para respirar antes de proseguir-. No me cuesta tanto respirar, ni toso tanto -añadió, aunque un pequeño acceso de tos lo interrumpió entonces y le arrancó otra sonrisa-. Lo dicho: esto me pasa por hablar demasiado.

Harry le examinó la garganta, el pecho, el corazón y el abdomen.

– No está mal -exclamó Harry, sinceramente esperanzado-. ¿Y la cabeza?

– Supongo que saberme seropositivo desde hace dos años ayuda -contestó Andy, que se encogió de hombros con resignada expresión-, pero tengo un cabreo… y un cierto acó… quinamiento, la verdad.

– Y yo también -dijo Harry.

– Lo sé. Y le agradezco mucho el interés que se toma.

Andy Barlow no era el primer paciente de sida que Harry atendía; por lo menos había atendido diez casos. Los hábitos saludables, el ejercicio, la medicación preventiva y los tratamientos de choque de las infecciones habían mejorado de modo notable la calidad de vida de los enfermos y se la había prolongado. No obstante, varios de sus pacientes ya habían muerto. La primera infección pulmonar de Barlow significaba dar un nuevo paso hacia su negro futuro. Ya no había lugar a dudas respecto de si iba o no a desarrollar la enfermedad. A partir de ahora, médico y paciente debían afrontar las cosas de otra manera.

Harry fingió volver a reconocerle el pecho hasta estar seguro de dominar sus emociones.

– Verá, doctor, no me interprete mal -dijo Andy-. Creo que le temo menos a morir que a estar permanentemente enfermo. He pasado tanto tiempo en hospitales y cuidado a tantos enfermos, que me aterra la idea de vivir como ellos.

– Me hago cargo. Le prometo hacer todo lo que pueda para que salga pronto de aquí, y para que no tenga que volver a ingresar. En cuanto a enfermar a menudo, ya sé que nada de lo que yo le diga podrá disipar su preocupación. Intente pensar sólo que el presente es lo único que usted tiene; que, en realidad, es lo único que de verdad tenemos todos. Lo mejor que puede hacer es vivir cada día con la mayor plenitud.

– No deje de recordármelo.