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– No se preocupe que lo haré, si usted quiere. Bien… ahora escúcheme bien: creo que ya ha pasado lo peor de su crisis neumónica, y su radiografía y sus análisis de sangre son hoy más esperanzadores.

– Estupendo, porque soy uno de los arquitectos encargados de la remodelación del Centro Claridge de las Artes, y el día veintiuno me gustaría asistir al primer estreno.

– ¿Dentro de diez días? Tranquilo, que no hay problema, aunque tenga que acompañarlo con mi estetoscopio colgado del cuello.

– ¿Seguro?

– Le doy mi palabra.

Andy, que tenía el gotero inyectado en el brazo derecho, alargó el izquierdo y posó la mano en las de Harry, que se la estrechó y, a continuación, dio media vuelta y salió de la habitación.

Nunca se acostumbraría al calvario de pacientes como aquél, ni llegaría a verlo con distancia. Y la verdad era que no lo deseaba.

Volvió al control de enfermeras, a dejar por escrito la orden de que se le intensificase a Andy Barlow la terapia respiratoria. Detrás del mostrador dos enfermeras charlaban con la secretaria.

Harry tenía con las tres empleadas un trato muy cordial, y a una de ellas la conocía desde hacía muchos años. Sin embargo, ninguna de las tres interrumpió la conversación para saludarlo.

Anotó la prescripción en el mostrador y dejó el diario clínico de Andy Barlow encima de la mesa de la secretaria.

– Nueva prescripción -dijo Harry en voz alta.

– Gracias, doctor -repuso la secretaria sin dignarse mirarlo-. Me ocuparé de ello.

Corbett estuvo tentado de provocar que alguna de las tres se le descarase para tener ocasión de decirles que no lo juzgaran precipitadamente. No obstante, lo pensó mejor. Por más garantías que diese la Constitución, tenía claro que, para muchos, sería culpable mientras no se demostrase lo contrario. Hasta que su situación se aclarase, no encontraría más que frialdad, distancia y silencio. Y nada podía hacer para remediarlo.

Fue por la escalera hasta la planta baja y salió del hospital. La temperatura era agradable a aquella hora de la mañana y el cielo estaba despejado. Como aún faltaban veinte minutos para que llegase el primer paciente a su consulta privada, podía ir a pie y disfrutar de la bonancible mañana.

Pensó en cómo debía de estar Maura. Al marcharse él al hospital, notó que empezaba a ver con realismo cuál era su situación. Estaba irritable, descorazonada y confusa, y aunque no lo dijese, Harry advirtió que Maura debía de pensar que todo le sería mucho más fácil con una copa.

Quedaron en que ella volviese a su apartamento con una amiga suya, recogiese unas cuantas cosas y se instalase con Harry durante unos días. Mientras tanto, pensaría si llamaba o no a su hermano. Harry le ofreció contratar a un vigilante de seguridad para cuando ella decidiera volver a su apartamento.

– ¿Por cuánto tiempo? ¿Para toda la vida? -preguntó Maura.

Harry no tenía la menor intención de discutir sobre el particular; sobre todo, porque Maura tenía razón. Si alguien se proponía matarla -y más un profesional-, tendría que esconderse bajo tierra, ya que tarde o temprano la matarían. Era así de sencillo.

Cuando Harry llegó a la consulta, había una persona sentada en la sala de espera, un desconocido. Demacrado y ojeroso, tenía aspecto de persona en dificultades. Era moreno, entrecano y llevaba el pelo cortado a cepillo. Harry notó de inmediato su nerviosismo. Llevaba unos téjanos descoloridos, unos raídos zapatos de lona y una cazadora azul marino con el escudo de los Yankees bordado en el bolsillo superior.

Corbett lo saludó con una leve inclinación de cabeza antes de dirigirse al cubículo de Mary Tobin. El desconocido correspondió con una sonrisa apenas esbozada.

– ¿Quién es nuestro amigo? -musitó Harry, que consultó la agenda, en la que había varias anulaciones y ningún nombre anotado a aquella hora.

– Se llama Walter Concepción. Está en el paro y no tiene seguro de enfermedad.

– ¿Qué le ocurre?

– Tiene jaquecas.

– ¿Quién nos lo envía?

– Por increíble que le parezca, dice que leyó su nombre en los periódicos.

– Médico sospechoso de asesinar a su esposa… ¿Qué mejor recomendación podría querer un paciente?

– Bueno… -dijo Mary-, que yo sepa, nunca se ha negado usted a visitar a nadie. De modo que me he tomado la libertad de hacerle llenar la ficha y el cuestionario.

– Estupendo. No parece que vayamos a caer sepultados bajo un alud de pacientes.

– Descuide, aunque dígame una cosa: ¿cómo se encuentra usted?

«Dejando a un lado que anoche estuvieron a punto de matar a Maura, de haber presenciado un asesinato y de no tener ni puñetera idea de qué narices pasa, no me encuentro mal. Nada mal.»

– Me acuesto confuso y me levanto confuso -repuso él, no obstante.

– Como todo el mundo -replicó Mary, sonriente-. Hay que tomárselo con calma y, al final, todo se soluciona.

Harry no la había visto nunca tan tensa y cansada, pero, sin embargo, seguía allí, al pie del cañón: tranquilizaba a los pacientes que llamaban preocupados por lo ocurrido, aceptaba las anulaciones sin comentarios, ahuyentaba a los periodistas y no dejaba de preocuparse por él. Así que Harry acababa de incluirla en su lista de héroes anónimos.

Corbett cogió la tablilla de los cuestionarios, en el que, sujeto con un clip, estaba el del nuevo paciente.

Walter Concepción tenía cuarenta y cinco años. No tenía teléfono y su pariente más próximo era un hermano que estaba en Los Ángeles. Vivía en el Harlem hispano. Tal como Mary le había advertido, no estaba afiliado a la Seguridad Social. Sin embargo, dijo trabajar de detective privado.

Harry volvió a la sala de espera, se presentó y le indicó a Walter Concepción que lo siguiera a su despacho.

– ¿A qué se dedica? -le preguntó Harry en cuanto se hubieron sentado.

– Tenía licencia de detective privado, pero me metí en problemas hace unos años y me la retiraron.

Concepción hablaba con acento neoyorquino, sin el menor deje hispano. No había duda de que era norteamericano de nacimiento.

– El próximo mes de marzo se cumple el plazo que me permite volver a solicitar la licencia -prosiguió Concepción-. Entretanto, sigo con mi trabajo en parte, aunque bajo cuerda. Ya me entiende.

El nerviosismo que Harry le notó en la sala de espera resultaba ahora físicamente visible. Tenía un tic en una mejilla y le temblaban los dedos de la mano derecha.

– ¿Qué clase de problemas tuvo? -preguntó Harry-. ¿Drogas?

– Cocaína -repuso Concepción sin vacilar-. Crack, en realidad. Creía que podría controlarlo.

– Nadie puede.

– Muy cierto, aunque ya hace tres años que no pruebo una droga, ni bebo nada, ni siquiera vino. Nada. No es que crea merecer una medalla, pero he recuperado el dominio de mí mismo.